Hace muchos años, un profesor de apreciación musical me dijo que el arte que estábamos apreciando en su curso era mejor que la poesía. Es interesante que, luego de tanto tiempo, y al contar esta anécdota a mis estudiantes, la mayoría de ellos opine lo mismo que yo: ¿cómo definir un arte como mejor que otro? Esto puedo hacerlo en otros contextos en los que es fácil introducir unidades de medición. Me imagino que 5 es mayor que 4, que una casa de dos años es más nueva que una de veinte o que el agua a cien grados es más caliente que a siete.

En la antigua Grecia, el término poiesis correspondía a todo acto de creación. Esto incluía el canto, la danza, la literatura, etc. Y lo que hoy conocemos como poesía se cantaba mediante instrumentos musicales. Es decir, convivíamos en una suerte de caldo polisémico, en el que la ambigüedad hacía difícil la ocurrencia de que dos artes tan emparentadas tuvieran que ser medidas bajo procedimientos especulativos.

Por otra parte, el camino que la poesía y la música han tomado en la mayoría de los casos (en los que podemos encontrar a más gente siguiendo a músicos y bandas que a poetas) hace que sus puntos a favor y en contra sean mucho más difíciles de comentar. Sin embargo, el compromiso asumido en el título de esta nota me obliga a esbozar algunas ideas.

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a) Oficio e institucionalidad

Para estudiar y ejercer la actividad musical existen distintas alternativas: El Conservatorio, la carrera en una universidad, talleres libres, etc. Esto, más adelante, se puede convertir en una actividad profesional con características variadas: el solista independiente, la banda, el compositor, el docente, el productor, etc. Todas estas opciones tienen un reconocimiento proporcional al talento, esfuerzo, recepción de su trabajo y (como en cualquier otra actividad) mucho apoyo externo.

En cuanto a la poesía, no existen carreras en el sentido oficial del término. Quien estudia Literatura aprende a ser teórico, crítico, gestor cultural, editor o docente. El campo de estudio para escribir poemas se encuentra en los talleres ocasionales, los amigos y algunos profesores motivados en la promoción de talentos. El reconocimiento, por tanto, incluye a estos últimos como agentes que definen lo que puede ser un buen o mal poema. Dicho de otro modo: a falta de instituciones que respalden categórica y legítimamente un buen trabajo, podemos encontrarnos con muchísimas sorpresas desagradables, tanto de lo que llega a nuestros ojos, como de quienes provocaron esto.

b) Código empleado

El atractivo que tiene la música a través de una secuencia de sonidos y silencios es potente y misterioso. Sabemos que afecta directamente al cerebro provocando una sensación de bienestar y placer, de contemplar la gracia de la creación y convencernos de ello con y sin palabras.

La propia literatura ha sido testigo de esta propuesta a través de leyendas como la de Orfeo y Eurídice o el flautista de Hamelin: músicos que pueden transformar la voluntad de manera sobrenatural.

En la poesía, el fenómeno es tanto diferente. Se utiliza el código lingüístico con un propósito artístico. Por lo tanto, para percibir la potencia de dicho discurso debemos pasar el tamiz de la racionalidad, de la tramposa necesidad de comprender un mensaje, a pesar de que este no sea el objetivo del poeta.

Un poema bien leído debe superar un doble escollo: por una parte, se debe sortear la costumbre de querer comprender todos los mensajes de la misma forma, como lo mencioné en el párrafo anterior; y por otra, la lectura en auténtica profundidad debe ser cultivada a través de muchos años. Por ello, durante muchos años se ha dejado pasar a poetas como Westphalen, Vallejo, Martín Adán y César Moro en su real dimensión. Más aún, porque ellos prefirieron el cultivo de su arte más que en el marketing personal, tan necesario para obtener la atención de la comunidad académica de turno.

En algunas ocasiones, el poeta debe recurrir a artilugios para que pueda ser apreciado como un lenguaje artístico: la ironía, el juego con el espacio, el abandono de la métrica, la entonación y otros elementos pueden hacerlo más atractivo. Un ejemplo de ello es la lectura del poema “Cuatro boleros maroqueros” de Antonio Cisneros.

Estas primeras distinciones en cuanto al oficio, institucionalidad y código demuestran que las razones que colocan a la música en un lugar privilegiado frente a la poesía pueden escapar de la calidad artística a la que pueden llegar estas artes. Sin embargo, la discusión apenas inicia.

En una próxima entrega comentaré otros elementos y ofreceré un pequeño resumen de este tema.

 

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