aaj2305121
José María Arguedas, autor del poemario Katatay

Hace algunas semanas, comenté acerca de un planteamiento ajeno que me sugería la siguiente idea: la música es un mejor arte que la poesía. Esta afirmación, además de ligera, genera discrepancias en todas direcciones, pero permite establecer algunas ideas que comparen estas dos manifestaciones artísticas.

En la entrada previa a este tema comenté acerca del oficio y la institucionalidad que tienen los músicos frente a los poetas, y las bondades del código musical frente al empleo de palabras.

José María Eguren, pilar de la poesía peruana, no fue ajeno al poder sugestivo que tiene la música y del halo de misterio que la rodea. Este homenaje no es gratuito. Vive gracias a una profunda admiración que él y otrs artistas perciben en el arte de Beethoven, Davis y Bowie.

En esta oportunidad, concluiré la propuesta con dos distinciones adicionales.

c) Prestigio social y popularidad

Aunque esto varía según la cultura, la actualidad premia significativamente al compositor y (sobre todo) al intérprete. La existencia de programas como La voz (The voice, en Estados Unidos), The X Factor o American Idol nos presentan a personas comunes y corrientes, pero dotadas del don para ser expositores de las emociones, transmisores de la vida y hasta héroes para sus seguidores.

El último fin de semana vi un caso cercano a nuestro país. El vocalista Christian Yaipén, del Grupo 5, acabó de graduarse en la Universidad Berklee, la más importante en el mundo en términos musicales.

En cuanto a la poesía, por la propia falta de institucionalidad, comentada previamente, es difícil considerar un prestigio externo más allá del círculo cercano y algunos reconocimientos, (a veces) tributarios de factores extraliterarios, como concursos abiertos donde los ganadores están relacionados con la institución organizadora. Otro plano es el de la crítica a favor de una determinada tendencia, con el pasivo de no atender espacios fuera de lo canónico, como ocurrió, durante muchos siglos, con la literatura escrita por mujeres.

Los poetas no representan el móvil del prestigio social entre las artes (agregando a esto el aspecto económico y cultural). Basta con citar la pobreza o el olvido de poetas como César Vallejo, César Moro, Emilio Adolfo Westphalen y José María Arguedas (para quienes no lo conocen como poeta, les ofrezco la presente selección).

Pensando en el ámbito latinoamericano, fueron Mistral, Asturias, Vargas Llosa y García Márquez, novelistas todos, quienes avasallaron numéricamente en Nóbeles al ámbito poético, representado solo por Neruda y Paz (en parte por su obra como ensayista).

d) Registro y permanencia

Pese a todas las bondades de la musica frente la poesía, y sin contar la capacidad de registro con que contamos a través del disco compacto y las grabaciones en dispositivos móviles, estos objetos, así como la interpretación en vivo, son manifestaciones emocionantes pero efímeras. El mismo soporte físico es un objeto frágil y netamente utilitario. Pierde fidelidad en su primera grabación y ante el uso. La experiencia del concierto, por otra parte, es un ritual débilmente registrado con el dispositivo móvil, ya que solo se disfruta intensamente cuando se está frente a los intérpretes.

En cuanto a la poesía, basta con desempolvar un libro de cincuenta años o más y recordar su vivencia. A Mozart lo recordamos por partituras, pero no las leemos entrañablemente mediante estas como sí podemos hacerlo ante la épica homérica o Las Elegías de Duino, inmortalizada bellamente por Rilke.

El soporte del libro físico es una luz de permanencia. El poemario, en sí mismo, es un objeto que permanece para ser atendido luego de siglos e implacables modas. Esa es la inmanencia del texto poético: rescatable y redescubierto a pesar del tiempo, de los cánones y de navegar contra la corriente.

e) A manera de conclusión

Esta pequeña nota, dividida en dos bloques, antes que convertirse en un debate sobre cuál es la mejor arte, busca destacar los beneficios que tienen cada una de estas en un momento actual. Un realidad que promueve (con justa razón) la magia que envuelve la música, pero que reafirma la permanencia de la poesía con el pasar de los años. Esa es la clave de la supervivencia del arte que dio origen etimológico a toda creación artística, y que se seguirá transformando dentro de sí misma o de cada canto, espacio, color  y forma logrados por el ser humano.

 

Anuncios