A C, P y R por su refrescante compañía

 Por un momento esperé el amanecer, pero la oscuridad se había apoderado del tiempo, los sonidos y mi aliento. Decidí buscar un sitio confiable. Uno, tal vez dos pasos. No sabía si estaba en un corredor estrecho, un cálido salón o en la inmensidad del campo abierto. Faltaban resonancias para orientarme sobre lo que me rodeaba y nociones sobre mi propio caminar, de mis manos, de mi rostro.

Necesitaba seguir, pero me apremiaba más contar con referencias. Como mis ojos dependían de la luz, traté de concentrarme en lo que podría conseguir con mis extremidades inferiores: el tacto húmedo de la hierba, la convexidad que se siente en tierra firme, un descarado charco de agua o el tacto seco que se obtiene al pisar una loseta. Buscaba una señal que me ofrezca detalles sobre el sitio en el que me encontraba; si estaba afectado por la acción y la seguridad del hombre o alguna evidencia de no dirigirme a un abismo sin fondo. Me resultaba imposible reconstruir la imagen de ese sitio.

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La idea de caer me aterraba. Detenerme resultaba imposible. Mis pies se obstinaban a creer que podía encontrar algo diferente a una total oscuridad. Seguían buscando, no exentos de cierta resignación, una señal tangible para asirse y sostenerse en ella. Yo también quería creerles. Me habían llevado lejos de mi hogar para emprender nuevos recorridos, habían sido firmes en carreras interminables a lo largo de la ciudad en que vivía y no querían contagiar la pena de sentirse perdidos en un momento así.

De pronto recordé que todavía me quedaba probar el sentido del olfato. Los humanos podemos respirar inconscientemente; a pesar del miedo, e incluso hambrientos. Saludamos nuestra llegada al mundo con un llanto lleno de aire que sustenta nuestra vida. Inhalar y exhalar son actividades no enseñadas por los padres o la escuela. Al levantarnos, no nos preguntamos sobre ellas. Al pensar en alguien que extrañamos, llenamos el pecho de un aire familiar, una corriente que abre un sitio dentro de nosotros.

Comencé a utilizar el sentido del olfato con mayor tranquilidad y el despertar de gratas memorias. Recuerdo cuando tuve a mi primer can tratando de entender el mundo como nosotros hacemos lo propio con los ojos. Era alentador el aprender de otro ser vivo después de tanto tiempo. Hasta mis piernas estaban más confiadas al reencontrarse con su vocación de ejecutoras.

Dos sentidos funcionando deberían ser mejor que uno, creí en un principio, pero no podía determinar si realmente estaba percibiendo información bajo las plantas de mis pies o en mis glándulas pituitarias. Parecía que lo conseguido desde ambos extremos de mi cuerpo era tan incierto como mi sentido de la vista en la oscuridad. Tal vez era igual o peor que cuando empecé. Ya no sabía si mis piernas se habían movido o eran presas de una intención dentro de mí.

No recordaba el haberme levantado ni calculado el ritmo de mis pasos. No sentía superficie alguna con claridad o haber estado balanceándome al disponer mi peso de un lado a otro. No sabía si era angustia lo que sentía o el dolor de una verdad que se evidenciaba cada segundo, día o año que pasaba en esta oscuridad.

         Poder contar los pasos que creía dar hubiese resultado ventajoso; sabría exactamente la distancia recorrida por las dimensiones de mis pies. Percibir un olor sería grato; conocería la cercanía, lejanía o características de un territorio circundante. Escuchar me hubiese permitido inferir sobre seres u objetos en los alrededores. Tener nociones de hambre, sed, frío o calor me capacitarían para distinguir un tiempo o espacio claros y hasta la certeza de quién soy en este mundo. Pero todo eso formaba parte del pasado y se convertía en una sombra lejana, como podría sucederle a mi propio pensamiento.

         Había comprendido que existía un límite para mis sentidos, pero este no impedía que siga en un estado que se antojara propio. Al menos eso recordaba de mi pasado. Siempre había encontrado la solución a las cosas pensando calmadamente. Solo necesitaba un mensaje claro sobre esta realidad. Si estaba soñando, todo esto podría encontrarlo, sugerirlo. Recuperar la información de mi cuerpo. Recuperar mi cuerpo.

         Este silencio interior trajo consigo las voces que rodearon mi vida. Recordé que nunca me entregué a la repartición espontánea de palabras. Casi siempre (tal vez desde la infancia) eran los demás quienes me contaban su vida con natural frescura; a lo cual yo podría agregar un escueto colofón personal. Era una tarea sencilla mirarlos y escuchar. Dejar que lleguen a sus respuestas como por encanto. Gente satisfecha, pensaba. Nunca pude ser así en esos momentos, aunque me llenaba de serenidad el poder acompañarlos en la narración de su propia historia.

         Era grato poder acompañar a la gente. Una sensación constante, imprescindible en una soledad como esta; con el tiempo, el sonido y el espacio tan remotos. Buscar compañía. Mirarla, tocarla, sentir su olor… estar con ellos. Si tuviese seguridad de mi cuerpo, probablemente me hubiese derrumbado por esa terrible falta de presencias humanas. Caído sobre mis rodillas o en una fosa olvidada. Era lo mismo. Llorando o riendo. No importaba. En la memoria de alguien o en su olvido. Igualmente lamentable.

         En un vacío absoluto resulta sencillo percibirlo todo. Parecía mentira, pero apenas fui víctima de este, me di cuenta de un frío húmedo al lado de una de mis piernas, un olisqueo al final de mis manos, un tibio pelaje que me decía que nunca dejé de caminar, que jamás había dejado de respirar, que no había dejado de oír.

         De pronto reconocí claramente los rasgos específicos de mi cachorro. Había crecido conmigo y estuvo presente en esos momentos en los que las palabras no eran necesarias. Más de una vez, cuando lo encontraba en la puerta de la casa, sentía que sus gestos y ademanes eran una voz propia, que se articulaba a través de su corazón y me brindaban un tierno y gratuito sosiego.

         Al llegar cada día encontraba a mi compañero que aprendía y dominaba un lenguaje distinto al de su especie. Era tan claro que, con menos lógica, podría afirmar que tenía los mismos gestos de un ser humano. Se había vuelto inconfundible. En esta oscuridad, y en medio de este silencio, había encontrado nuevamente esa voz silenciosa que me dejó luego de catorce años de crecer y madurar juntos. Estaba aquí a mi lado, dotado de esa animosidad de siempre, como para miles de individuos extraviados.

         Parecía que esa voz interior hacía que el tiempo, el espacio y el sonido recuperaran efectos. No alcanzaba una orientación plena, pero sí era posible seguirla en la presencia de mi antiguo compañero. Tal vez encontraríamos la luz nuevamente. Volvería a ser una constante.

         Caminamos mucho, según creo. Sabía que tenía que seguirlo. Había sido incondicionalmente bueno desde la primera vez que lo conocí y parecía tener la seguridad del camino, el conocimiento de lo que seguiría adelante.

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         A medida que avanzaba, me di cuenta de la imagen de mi compañero. Su tamaño mediano, nunca apto para la lucha contra razas más grandes, pero sí para sentarse a mi lado sin perderse. Sus cabellos blancos con grandes manchas negras que lo confundían, en la lejanía, con una ternera. Su disposición distraída y risueña, complementaria a mi parquedad con otros. Poco a poco, su forma se extendió y definió los alrededores, como completando aquello que siempre me faltaba decir al conversar con otros.

Caminé hasta que se detuvo, o eso fue lo que me pareció. Estaba al lado del camino que habíamos seguido porque marcaba el fin del mismo. Su prolongación era un puente hecho de piedras grises, como parecía ser todo lo circundante. Era un sitio que debía cruzar solo, intuí. Debía separarme de mi guía y de esa porción de eternidad juntos. A ojos cerrados o abiertos tuve la certeza de que mi cachorro había esperado mucho tiempo para llegar a este sitio. Había sido elegido para guiarme por este camino desde siempre. Cuidarme de los peligros que, silenciosamente, acechaban en mi interior.

Lo abracé con fuerza. Me respondió como siempre lo había hecho cuando me saludaba: una entrega carente de tristeza. Tras el puente encontraría el futuro. Esa nariz fría y esas caricias con su lengua me ayudaron a no dudarlo. Él mismo me lo dijo (me di cuenta en aquel momento) cuando, como en ciertas noches y días, se quedaba aullando hacia el exterior, como si fuera a desvanecerse de un momento a otro, como un sueño. Una voz sin soledad y sin olvido antes del puente, ni luego de él.

De Los nuevos villanos

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