A Jacky, in memorian

  • Siempre te visitaré y te querré. Pero no me preguntes por ellos. ¿Está bien?
  • Sí, mamá.

¿Cuánto tiempo habría pasado hasta que recibiste esa visita? ¿Una semana? ¿Dos meses? Habrías contado el tiempo con los dedos para olvidar el dolor; pero tu mente estaba siempre en otras preguntas. ¿Qué pasará primero? ¿Ellos vendrán a verme? ¿Iré yo? ¿Dónde estarán? Sabías que solo podrías encontrarlos con tus ojos cerrados, y eso no era suficiente.

No eras infiel a tu madre real. Cualquiera diría que la llamaste mamá porque era la madre de tu esposo; pero si te lo preguntasen, tendrías muchas razones secretas para hacerlo. Ella te acompañó en el camino de conocerlo. Armó, junto con sus otros hijos, un espacio para que vivieses con él. Hizo el camino más seguro antes y después del altar. Aquella mujer fue el puente para que formaras tu familia; para que vieses crecer a tu hijo rodeado de amor. Todo aquello que una madre no puede hacer cuando tienes que dejar tu casa para hacer un espacio a lo nuevo. Esa mamá estaba nuevamente allí; aún cuando no podías tener una respuesta de ella más allá de esta habitación.

El día en que lo conociste te diste cuenta de que había vivido más que tú; que había tenido sueños, alegrías y decepciones. Pero habían cosas que estaban totalmente claras: era noble, temperamental y hermoso. Mientras tú todavía estudiabas, él ya ejercía su carrera; cuando todavía te gustaba andar en grupo, él ya había descontado a los amigos casuales; a la vez que conocías su fortaleza, notabas que, poco a poco, te convertías en la dueña de todas sus debilidades.

    Él caminó siempre hacia tu casa. Todos estaban cerca: tus padres, tus hermanas y primas. Era un sitio tranquilo, pacífico y acompañado por todo lo que habían hecho. El viento caminaba con ustedes. La gravidez llegó luego. El tiempo se detuvo unos cuantos meses y continúo -como un sueño- en forma de una nueva vida. Vivían en dos casas, y en ambas seguían siendo ustedes. En una se casaron; en la otra capturaron su tiempo algunos años más.

El cambio llegó después, cuando hicieron maletas y cambiaron de tierra. Era un sitio demasiado cálido e incierto, pero estabas con tu esposo y tu hijo. Vivieron tranquilos y temperamentales. Se quisieron entre ustedes y se dieron para los otros.

La variedad de hogares es vasta, pero siempre los construyes para que puedas echar tu mirada y encontrarte con ellos. Viviste más de veinte en uno, más de cinco en otro y más de cuatro en el último, pero siempre supieron ser hogares.

El viaje, en cambio, puede ser como un contrato con el exterior. Ves el frío que hay entre uno y otro espacio. Se apagan las luces en medio de la nada y deseas, muy en el fondo, abrir tus ojos a la luz. Es lo mismo con esta habitación. Te queda mucho tiempo en lo desconocido. ¿Cuánto más? No lo sabes. La señora que te quiere como a su hija tampoco lo sabe. Lo único que sabes es que Dios te ha dado amor en los demás, que siempre te lo ha dado en quien está más cerca a ti.

Para construir tu hogar, primero debes reposar una piedra en el lugar correcto. Todo lo demás va creciendo en cada uno de sus aspectos. Esta habitación, tranquila para los otros, es un lugar construido para ser extraño. Tienes capturados su olor y sus sonidos, pero tu imaginación solo dibuja garabatos de lo que no te dan tus ojos. Te han dado casi tres meses en la oscuridad de este viaje.

     Aunque lo habías pedido de mil formas, tu corazón te lo dijo suavemente, como si no los hubieses esperado tan ansiosamente. Habían llegado.

  • Es hora, querida.
  • ¿Por qué se demoraron tanto?
  • Tenían que preparar tu lugar, y nosotros teníamos que avisar a mamá de que ya no irás a su casa.
  • Pero, ¿no nos extrañará?
  • Sí. Nos llamará muchos años, pero sabrá, muy en el fondo que estaremos bien, y que la esperaremos hasta que llegue su momento.
  • ¿Pero, la veremos algún día?
  • La esperaremos y la veremos; a ella y a todos los demás.

Nuevamente junto a ti, tu amor te invitó a abrir tus ojos. Has finalizado tu viaje al nuevo hogar, tu morada libre de impurezas, tu familia grande, cercana y nuevamente junta. Llegaste, como siempre, como en el principio, para ser bienvenida.