Les comparto el inicio de mi novela El agente y la psíquica.  Espero que sea de su agrado.

Les dije que no vinieran, pero aquí están. Ya no es miedo lo que sienten, sino una preocupación silenciosa. Huele y aturde menos. No quiero mirarlos. Si lloro me liberaría de pensar en lo que hay al frente. No. Se preocuparían más. Quiero quedarme en curiosidad y sorpresa. Sigo sorprendido, a pesar de los cinco segundos. Los recuerdos se hacen sensaciones. ¿Será el fin? ¿He vivido esto antes? ¿Lo he soñado? Solo estoy seguro de su realidad. No es un hombre quien me amenaza, sino algo diferente. Su presencia me da infinita tristeza. Parece que se carcajea, pero no lo siento más allá de su propia pena. Todo lo demás se hace lejano a mí, a pesar de su proximidad.

Dar un paso, dos. Decir algo. No sé la respuesta ante esto. Todo es un segundo. Reprocho mi inacción. Espero reaccionar. Otro reproche. Otro más.

El reproche es una negación de lo inactivo. Ayuda mucho reconocerse imbécil para dejar de serlo. Cambiaría todo si pudiera modificar el pasado. Tomaría uno remoto y ajeno. El propio está prohibido.