Tomar ideas u obras de otros para presentarlas como propias es un delito penado moral y penalmente en toda sociedad occidental. Sin embargo, no todo el mundo lo considera así. En la actualidad, existen muchas personas que se otorgan “licencias” para la presentación de sus trabajos, con galimatías que van desde el elogio hacia autor (sin reconocer su identidad, por supuesto) hasta un malsano universalismo que establece el reconocimiento  de cualquier obra como patrimonio de la humanidad en general (pero que beneficiará a este particular, ajeno a la producción de la obra).

En nuestro país, la sanción para un individuo que cometa plagio se señala en el artículo 219º del Código Penal de la siguiente forma:

Será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cuatro ni mayor de ocho años y noventa a ciento ochenta días multa, el que con respecto a una obra, la difunda como propia, en todo o en parte, copiándola o reproduciéndola textualmente, o tratando de disimular la copia mediante ciertas alteraciones, atribuyéndose o atribuyendo a otro, la autoría o titularidad ajena.

La sanción existe, pero casi nunca es implementada con todo el rigor de la ley. Casos muy conocidos de ello son el ocurrido con el escritor Alfredo Bryce Echenique, el periodista Guillermo Giacosa y el candidato presidencial César Acuña, los cuales, con mayor o menor número de evidencias, nunca se ha cuestionado su libertad.

Plagiar es moralmente reprobable, pero es solamente el tramo final de una serie de prácticas frecuentes. Por ejemplo, entre quienes buscan el disfrute de obras literarias, musicales o cinematográficas por un precio módico (o razonable), favoreciendo indirectamente a la piratería antes que a los autores o la industria oficial. Por supuesto, quienes acuden a esta práctica suelen hacerlo debido a los desmedidos impuestos en la producción intelectual, las altas comisiones de las agencias encargadas de la publicación y la anodina gestión gubernamental respecto de estos hechos.

Empero, aun con atenuantes, no deja de ser una práctica cuestionable. Antes de una función en el cine, se muestra las características de la piratería y las consecuencias legales de esta. La información (aun sin consecuencias) está presente.

Otro ejemplo similar es el de muchos estudiantes que ingresan a la universidad creyendo que copiar y pegar (sin mencionar las fuentes) es una práctica legítima porque “en el colegio le enseñaron así”. ¿Cómo se explica esto. Muy sencillo: hacen lo que ven. Si su maestro presenta una separata con lecturas sin autor, se debe asumir que corresponden a su autoría. Descuido o no, caemos en el universalismo de que la educación (incompleta, o errada, como en este caso) es un fin más allá de todo propósito.

En la piratería, la copia mal informada y el plagio escandaloso hay una cadena de elementos culturales que seguimos pasando por alto. El sistema no es perfecto, pero sí perfectible. Juntemos un poco de valor para conocerlo y actuar en su mejora. Informemos a las nuevas generaciones sobre dicha práctica, no de forma punitiva, sino sobre la naturaleza del acto mismo. Tratemos de evaluar nuestro propio comportamiento y actitud respecto de lo que hacemos y lo que estamos formando.

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