Hace algunos días comenté acerca del plagio y su percepción en la cultura, marcando una especial atención al abismo que se cierne entre las consecuencias legales de esta práctica y la permisividad social. De hecho, incorporar canciones, marcas, logos y fotografías resulta una práctica común (aunque ilegal) en nuestros días. Sin embargo, también valdría la pena dedicar algunas palabras al copyleft, conocido en nuestra lengua como “dominio público”.

Internacionalmente, una determinada antiguedad de un trabajo artístico lo convierte en un trabajo asequible para su reutilización (ver enlace). Podemos, por ejemplo, tomar “El jardín de las delicias” de El Bosco (el cual encabeza esta publicación) e incluirlo como la portada de un libro, siempre y cuando mencionemos su autoría. No ocurre lo mismo con ciertas excepciones, como la declarada por la Fundación Neruda, la cual ha retenido los derechos del poeta chileno.

El principal mecanismo para determinar el dominio público en una obra es el tiempo de fallecimiento del autor. Esta propuesta corresponde también a toda una red comercial para coleccionistas. Por ejemplo, la reproducción facsimilar (casi idéntica) de una obra importante se convierte en una alternativa de mucho atractivo para los editores y asequible para los coleccionistas. Imaginemos, por ejemplo, la reproducción de trabajos como Cinco metros de poemas, o piezas más comerciales, como las de Star Wars, The Justice League o The Avengers (salvo que se recurra a mecanismos como los de la Fundación Neruda para preservar la marca).

Algunos pensadores consideran que los derechos de autor irán desapareciendo a medida que la penetración del Internet alcance a la participación de todos los ciudadanos. Volveremos, probablemente, a una época muy similar a la de la oralidad, en la que cada obra le pertenecía a todo el mundo, y era modificada sin la intervención de nadie en particular. Gracias a los mecanismos de comunicación actuales, dejaremos de hablar de autores y pasaremos a fortalecer la presencia de los intérpretes. Y creo que es inevitable: La sociedad acepta más al extrovertido que representa un tema conocido o pegajoso y es punitiva con el observador y creador de realidades. Probablemente fue una situación inevitable cuando a la autoría se le sumó la necesidad de hablar de las propias obras y tener que convertir a sus protagonistas en figuras conocidas o líderes de opinión.

Creo que estamos ingresando al mundo de la genialidad (o improvisación) efímera, como declaró Andy Warhol:

“En el futuro, todos serán famosos mundialmente por 15 minutos”.

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