Esta noche, entre el agotamiento del fin de semana y una madrugadora siesta me enteré del fallecimiento del maestro Umberto Eco. No he querido colocar el verbo en el título porque lo que dejó a la literatura me hace sentir que está más presente que nunca. Cuando me prestaron El nombre de la rosa lo leí como un ladrón a quien todos le quieren quitar su tesoro. No dormí en toda la noche y sentí, por primera vez, lo que es un auténtico escape hacia otro mundo. No fue lo mismo con otros escritores con los que compartimos nuestro lado del charco. Fascinantes, pero nunca tanto como en la sutil transportación que Eco nos pone y que, casi con embriaguez, trato de contagiar al resto del mundo.

Eco fue un escritor lúcido como el mediodía. No es bueno llevarlo a la oralidad, pues su esencia se basa en el rito del libro abierto, en su feliz hechizo, propuesto tanto en la novela como en textos de consulta tan sólidos como encantadores. Cómo se hace una tesis sigue siendo, luego de varias décadas, una bendición para quienes sacrifican sus noches por tratar de completar un proyecto académico.

Recojo las memorias de sus palabras, publicadas en una entrevista que El País le hiciera el año pasado, para que conozcan un poco de su feliz transparencia y genial memoria.