• ¡rey! ¡Oye, rey!

rey la vio desde arriba y bajó como si solamente ella existiera en esta tierra. Y aunque lo había llevado en brazos, y a todas partes, cuando era más chico, ya sabía correr sin caerse por las laderas de los cerros. En ellas rey sabía gobernar y proteger.

  • ¡Vieja, tengo hambre! ¡Tres días que no como! ¡Vieja, ya llegué! ¡Vieja!
  • ¡Ya, cállate y pasa!

Ese saludo era casi una rutina. rey había crecido mucho, pero nunca dejó de ser un hijo. Tenía la comida servida, el espacio ganado y su rutina de sometimiento para quien le daba todo eso. Y, de alguna manera, ante los demás, siempre se supo llamar rey.

Los recién llegados lo veían como un referente. Había crecido con el poblado, como para embellecer y cruzar toda la quebrada; como una declaración de vida entre las piedras, la arena y el silencio. rey no conoció la llegada de la luz, pero esta sirvió para que todos los demás vean por él. Para que no lo tengan que extrañar tanto cuando ya no estuvo más.

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No pasó mucho tiempo para que llegase morado. Al principio creímos que se trataba del nuevo sucesor de rey, pero el tiempo desmintió esa idea. Y aunque cumplía con la misma labor de protector y de viajero, resultó menos grande y menos aventurero que él. La mayoría somos de piernas cortas, incapaces de llegar lejos. morado fue casi igual. Cuando un rey ya no está, siempre queremos seguir a otro. Pero el tiempo era distinto. La luz ya no estaba en los ojos de rey. La luz estaba en todos y en ninguno.

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La comunidad se fundó sobre la piedra. Luego se posó el cemento, el fierro y el ladrillo. Toda obra pendiente era un lugar para nosotros. Teníamos montículos de arena escalar y destruir, piedras para amontonar en otro lugar y luz para que nos vean corriendo y descansando en las sombras ubicadas en los extremos de la calle. Siempre podíamos buscar a las gemelas en la segunda esquina. Eran muy curiosas. Conocían cada casa, cada persona y sabían quiénes eran los extraños. Nunca tuvieron problemas con morado. Ellas casi siempre estaban más abajo, como señoras feudales que reposaban en el cuidado de la entrada y la salida de la quebrada.

morado y las gemelas conservaban sus sitios. Los tres eran colegas en la tranquilidad y en breves correrías, pero nunca miraban hacia el cerro. Las alturas eran la herencia de rey, esperando ser reclamadas por su legítimo heredero. Nosotros, los pequeños, no podemos pensar en ellas. Tenemos que seguir a nuestras madres hasta que seamos grandes y fuertes, o ganemos su bendita resignación en nuestro porte. Mis pies, aunque tenaces, no alcanzarán el recorrido de una piedra sobre la otra, sino que se conformarán con el acercamiento a otros. Hoy seguí a blanca; mañana, tal vez, estaré con morado.

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Algunas casas más abajo se establecieron los nenes. Mucho más pequeños que las gemelas, pero igualmente hermanos en el día y la alegría. Y aunque francos y risueños, siempre miraban el exterior con desconfianza.

A pesar de que los nenes eran casi idénticos (más parecidos entre sí que las gemelas), ellos vinieron muy pequeños. Por eso, aunque iguales en apariencia, lo que más destacó fue su edad y que nunca salían lejos de su casa. Nosotros podríamos estar bajando por la quebrada y buscar otro barrio, pero ellos siempre estaban jugando en la puerta. Tal vez, por esa fidelidad a su lugar fue que uno de ellos se mudó. Entonces solamente nos quedamos con el nene. Con nombre propio entre nosotros.

  • El nene será grande; entonces, le cambiaremos el nombre-decían muchos.

Tal vez el nene se quedó para eso: para dejar el feudo y ser el nuevo rey de la montaña.

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  • ¡Oye, huaipe! ¡Ven paca!
  • ¡Voy, voy!

blanca y morado me llamaron para jugar. Lo bueno es que esta vez no iríamos lejos. Siempre corrían más rápido que yo. morado era grande y delgado, con algunas pecas los brazos y gran velocidad. blanca era más grande, pero no tan delgada. Nunca supe, en verdad, si corría a su máxima velocidad, como lo hacía morado, pues parecía que quería estar detrás de él. Jugaban juntos, a sabiendas de que su sociedad debería ser sostenible. Hoy compitieron contra un peligroso enemigo común, pero no por eso perdieron el buen ánimo. Sabían con quién jugar y con quién pelear. Felizmente, conmigo solamente jugaban.

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Aunque todos los días anochece, no es así para nosotros. Algunos se van y otros llegan. Otros se quedan sentados, como esperando su turno para ver qué les toca,  pero siempre hay alguien aquí para saludar al recién llegado. Otros, para desafiar la velocidad de los automóviles, salen corriendo delante o por el costado de ellos. Algunos de nosotros, finalmente, se abocan en seguir a las demás  personas. Aquí estamos. Caminamos sin miedo al sueño, la lucha o la amistad. Aquí, acompañándonos en una suave y feliz espera, mientras encontramos -con nuestras cuatro patas, nuestro olfato y nuestro saludo de cola- a quien nos quiera. Guardianes de corto o largo aliento, pero con la misma vocación de cuidado y alegría. Somos los de la villa, celebrando los pasos de todas las personas y aguardando su retorno.

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