He tenido el privilegio de revisar el libro muestra de arte disecado, poemario ganador del Premio Copé de Plata 2015, y segundo en el quehacer de Roy Vega Jácome.

El poemario, dividido en secciones claramente contrastadas en motivos artísticos, es  una apuesta franca por un arte poética sin miedos ni discriminación. Una conjugación de apreciaciones de momentos, géneros artísticos, personas y tonos. Por tal motivo, encontraremos composiciones con una extensión cercana al haiku, el manejo del  espacio en el papel, el verso libre y el versículo.

muestra de arte disecado, escrito siempre en minúsculas, refulge en sus múltiples decisiones estéticas. Determina, también, un crecimiento importante desde lo observado en Rumores de un arpa retorciéndose en la hoguera, tanto en el manejo técnico como en la personalidad vital y multidimensional que caracteriza a su segundo libro.

Invito a todos los interesados a leer y releer este libro; no por la recomendación que pueda darles, sino por sus múltiples bondades y el alivio que causa leer muy buena poesía.

Me despido con una pequeña muestra.


ciudad de neón y acrotomofilia

(una miniatura)

y el musgo creció como un verso clarísimo en tus ojos.
enrique Verástegui

encendiste el sexto cigarrillo de la noche y comenzaste a hablar de las niñas
mutiladas en uganda. hablaste de joseph kony, del machismo imperante en
aquella zona de áfrica, de los safaris de carne humana.
lo hacías con fervor, agitando el pitillo como si fuera una diminuta bandera
incendiada. con la mano libre, dabas ligeros golpes al vaso de sangría.
mirabas mis dientes o mis labios o las espinillas de mi mentón: tus ojos
caídos siempre apuntaban a la parte baja de mi rostro, en contraste con el
tono encendido de tus palabras.

a mí me tocó hablar de los experimentos humanos y los casos de canibalismo
en corea del norte. pude ver que un leve temblor recorrió tus brazos desnudos
cuando te conté el testimonio de aquel joven que había perdido los suyos a
manos del destacamento de inteligencia de kim jong-un.
cuando las palabras se hicieron innecesarias, guardamos silencio y nos
miramos por primera vez en toda la noche. ambos lo sabíamos: nuestros
cigarrillos se habían consumido al mismo tiempo.
al salir, intenté abrazarte y no te resististe. la atmósfera olía a mar, a faros
tenues, a cambio de estación. sentí que tu piel se erizó cuando mis dedos
rozaron uno de tus hombros descubiertos.

te alejaste un poco, cruzada de brazos, casi hundiendo tus uñas en ellos,
añorando tal vez la presencia de una cajetilla fresca y segura en tus
bolsillos. no estábamos tan ebrios y nos detuvimos en una tienda a comprar
provisiones.
las palabras se hicieron necesarias de nuevo y no paramos de charlar hasta
llegar a tu casa. en el portón intentamos alargar la agonía de la noche con
sonrisas y frases enmascaradas. te entregué el libro prometido y llegó la
hora de despedirse.
ejecutamos una especie de movimiento sincronizado y nos abrazamos por
unos segundos. el rumor del océano llegaba como una música instrumental,
afónica pero hermosa, acentuando aún más el ámbar del poste que nos
iluminaba.
creo que te di un beso y te dejé ir. tú tan solo diste media vuelta, sonriendo
por última vez, y entraste. antes de verte desaparecer, yo había reparado en
tu andar tambaleante, de bebedora poco habitual.

cuando el portón se cerró, tuve la impresión de que lo que había visto
alejarse había sido un tronco sin brazos ni piernas, apenas sostenido por
una suerte de conjuro lejano.
y creí comprender por qué tu abrazo dejó un hondo vacío en mi cuerpo,
como si hubiera apretado el talle cercenado de una joven anónima y triste.

(A Fiorella Osorio Moreno)