A propósito del Premio Nobel de Literatura 2016, otorgado a Bob Dylan, “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”, recrudece el eterno debate sobre lo que se considera poesía o literatura, en general.

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Determinar qué es poesía ha sido motivo de discusión desde que fue concebida como tal en la época griega. Sus primeras manifestaciones fueron, precisamente, los cantos que poetas como el legendario Homero dieron a diferentes comunidades acerca de las proezas y hazañas de los grandes héroes. Acompañó a esta visión dos inicios de La Iliada y La Odisea que resultan sumamente ilustrativos:

“Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves —cumplíase la voluntad de Zeus—desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.”

“Háblame, oh Musa, de aquél varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria. Mas ni aún así pudo librarlos, como deseaba, y todos perecieron por sus propias locuras, ¡Insensatos! Comiéronse las vaca del Sol, hijo de Hiperión; el cual no permitió que les llegara el día del regreso. ¡Oh diosa hija de Zeus!, cuéntanos aunque no sea más que una parte de tales cosas.”

En ambos casos, observamos la invocación del poeta a la diosa inspiradora. Por lo tanto, acompañaba a la concepción del bardo armado con su lira, la postura de que la inspiración provenía de lo alto, de una musa inspiradora que, prácticamente, poseía al ser humano y hablaba a través de este.

Por lo tanto, se abría la idea de una poesía épica. Una poesía concebida para ser cantada, en una suerte de posesión, ante grandes multitudes.

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Avanzando un poco en los años, se puede afirmar que muchas manifestaciones poéticas resultan idóneas para expresar el encuentro con lo divino. Por ejemplo, El cantar de los cantares, firmado por Salomón e incluido en la Biblia, es un gran poema amoroso que representa la unión de Dios y el alma. Un paradigma difícil de entender para su época, cuyo tono resultaba sumamente sugestivo, llevó a omitir la versión en lengua castellana hasta que Fray Luis de León, en el siglo XVI, arriesgara su libertad con la primera traducción oficial y la apertura a una nueva forma de concebir la relación entre la mística y poesía, sustentada también por Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz.

Se presenta, ante nosotros, la concepción de una poesía con alta densidad semántica y profunda elevación del tema.

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Durante el Romanticismo del siglo XIX se comenzó a creer, por primera vez, que el poeta era un genio creador y, por lo tanto, su producción era producto del talento y de una inspiración autónoma frente al exterior. Cantos de libertad fueron muchos, y (aunque todavía se concebía la referencialidad propia de otros discursos del lenguaje), comenzó a idearse la concepción de poesía pura, la cual, alejándose de la lógica, comenzaría a causar, solamente, un efecto sugestivo.

Se encontró, en aquella época, el culto al ser humano y la libertad creativa del mismo.

Durante el siglo XX recrudeció el debate sobre lo que era literatura. Los formalistas rusos lo establecieron como una desviación del lenguaje, las corrientes estructuralistas plantearon formas de analizar los recursos estilísticos, los estudios socioculturales afiliaron los textos literarios a fenómenos y acontecimientos más concretos y, por lo tanto, más sencillos de explicar. Por lo tanto, fue importante no solo definir lo que es Literatura, sino también cómo estudiarla.

Por el lado de la creación, las vanguardias de inicios de siglo se alejaron del preciosismo de la palabra, la métrica y (en algunas ocasiones) del ritmo que había resultado hegemónico hasta el momento. Se vivió una corriente de experimentación sin precedentes. Ello suscitó un alto grado de libertad como no se presentó anteriormente en el mundo. Un ejemplo de esto es, precisamente, la explicación de César Vallejo sobre uno de sus más célebres libros:

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– Ah, pues Trilce no quiere decir nada. No encontraba, en mi afán, ninguna palabra con dignidad de título, y entonces la invente: Trilce. ¿No es una palabra hermosa? Pues ya no pensé más: Trilce.

Asistimos, a partir de la vanguardia a un culto a la experimentación, al refuerzo de la obra inorgánica y un alto grado de especialización por los lectores.

Por otra parte, como una cara distinta de la moneda, la cultura popular reforzó la idea del canto. Manifestaciones propias de cada nación se vieron enriquecidas por composiciones que se pueden cantar y bailar, y que resultan asequibles para un público vasto. A ellas se suma el uso de instrumentos musicales propios de la región.

Para ejemplificar esta idea, recurro a la décima, una composición tradicional de mi país, que refleja el gusto popular y su preocupación por la elocutio, tan apreciada en la época griega y poco atendida en el canon literario.

A partir de los ejemplos anteriores, quedan en pie una serie de preguntas:

¿Qué es poesía? ¿Las manifestaciones místicas? ¿La experimentación con el lenguaje como un objeto plástico? ¿La composición dedicada a lo popular? ¿Lo que la crítica señale? ¿Lo que la gente aprecie?

Sin ánimo de responder a todas estas preguntas, puedo señalar que depende de lo que estemos buscando. Algunos se inclinan por el valor estilístico (uso de figuras retóricas, coherencia interna de la propuesta, etc.); otros, por la densidad semántica (como es el caso de la poesía mística); algunos, por el tratamiento original que recibe un tema ya tratado  (tomando como referencia la poesía experimental); un contingente importante, por la forma en que representa el sentir del colectivo (cultura popular) y una gran multitud, por la repercusión musical de su trabajo.

Para ser honestos, Bob Dylan no posee todas las cualidades antes mencionadas. Al comparar las letras de sus composiciones con poetas experimentales, que busquen un tratamiento original o desarrollen una densidad temática, se encontrará en una visible desventaja. Sin embargo, se suma a su trabajo un enorme impacto social y una  importante credibilidad ante estudiosos que, con mucho agrado, defenderán su sentido del gusto frente a la aparente “pureza” de la poesía aclamada por el resto de la crítica. Después de todo, ¿no son la ambigüedad del arte, la libertad para crear y la amplitud de interpretaciones lo que da riqueza y distinción a esta manifestación, en relación con otras actividades del ser humano?

Si esta elección representa el final de una era y el comienzo de otra, es una interrogante muy difícil de contestar. Los movimientos y opiniones que se generarán a partir de ella levantarán olas hasta rincones que pueden ser coyunturales, quedándose en anécdotas que serán olvidadas en la memoria colectiva; o harán que los sólidos novelistas (casi siempre premiados en los certámenes literarios más importantes) ensayen composiciones musicales y empuñen la guitarra en busca de lo que, hasta hace unas semanas, era legítimamente suyo.