Pablo Guevara Miraval (1930-2006). Poeta, cineasta y docente universitario. Ha publicado Retorno a la creatura (Madrid, 1957), Los habitantes (Madrid, 1963 – Lima, 1965), Crónicas contra los bribones (Lima, 1967), Hotel del Cuzco y otras provincias del Perú (1971), Un iceberg llamado Poesía (Lima, 1998), La colisión, En el bosque de hielos, A los ataúdes, a los ataúdes, Cariátides, Quadernas, quadernas, quadernas (Lima, 1999) y Hospital (póstumo).

Véase el Pequeño homenaje, dedicado a Pablo Guevara.


Mi padre un zapatero

Tenía un gran taller. Era parte del orbe.
Entre cueros y sueños y gritos y zarpazos,
él cantaba y cantaba o se ahogaba en la vida.

Con Forero y Arteche. Siempre Forero, siempre
con Bazetti y mi padre navegando en el patio
y el amable licor como un reino sin fin.

Fue bueno, y yo lo supe a pesar de las ruinas
que alcancé a acariciar.  Fue pobre como muchos,
luego creció y creció rodeado de zapatos que luego
fueron botas. Gran monarca su oficio, todo creció
con él: la casa y mi alcancía y esta humanidad.

Pero algo fue muriendo, lentamente al principio:
su fe o su valor, los frágiles trofeos, acaso su pasión;
algo se fue muriendo con esa gran constancia
del que mucho ha deseado.

Y se quedó un día, retorcido en mis brazos,
como una cosa usada, un zapato o un traje,
raíz inolvidable quedó solo y conmigo.

Nadie estaba a su lado. Nadie.

Más allá de la alcoba, amigos y familia,
qué sé yo, lo estrujaban.

Murió solo y conmigo. Nadie se acuerda de él.


CUANDO EL AVESTRUZ, EL HUMO DEL CIGARRO O EL HUMO DEL FUSIL Y EL CONOCIMIENTO DEL HOMBRE SON UNO

I: LEVANTANDO LA CABEZA POR ENCIMA DEL HOMBRO VI LA TIERRA

Levantando la cabeza por encima del hombro vi la tierra.
Supe que era una hiena redonda como una cacerola, y en
Ella el hombre
Rondando hace años por mis zonas. Supe, también que
más allá
de mis locas carreras me había reservado
el desprestigiado papel de no ser un ave agorera, en
cambio
un pajarraco cobarde que no anuncia nada sino el miedo,
un ser que apenas si puede vencerse a sí mismo para po-
der sobrevivir,
pobre valentía, pero valentía al fin.
Entonces,
No puede desear que del horizonte llegaran también sus
gruñidos
pero éste impaciente
– cuya sombra moviente es la más bella escultura al Ser
que conozco-
inmodesto e indiscreto como siempre ya estaba por allí
dando vueltas y vueltas en los solares
y yo, Avestruz
hice lo que la naturaleza me dijo que hiciera:
luchar a patadas con la Sombra hasta la extenuación
– la avestruz tiene una patada mortal, parte un ternero en
tres,
pero tiene una debilidad, no puede nada contra todo lo
que está horizontal-
y mi sagaz enemigo –cómo lo sabría- se había adherido
indestructiblemente a la tierra, acurrucado en el suelo
en postura fetal como un bebé avestruz,
mi pata engarrada fue impotente
para destrozarle.

II: Y MI PATA ENGARRADA FUE IMPOTENTE PARA DESTROZARLE

En el suelo no era más la Sombra que había admirado,
nos caía el sol a los dos por igual, y sentí semejanza.

Me enternecía, tuve curiosidad: dos errores….
Yo no quería acercarme, sólo quería… no sé bien qué que-
ría…
pero en esos momentos no llegué a precisar
si se puso a fumar –en mi desesperación-
o fue una agresión o un disparo impensado…
Sólo sé que he sentido para siempre el Gran Dolor Desco-
nocido,
el Dolor del Hombre,
y he dado voces –sí, voces yo- y he gritado –sí, gritos
yo- por esta ferocidad
mayor que patadas de avestruz sobre el corazón.

Y he llamado diciéndome que no quiero ser más un papá-
avestruz
Ni quiero ser más ave corredora que tiembla el fin de sus
días,
quizá si el mono parlante y cantor que ahora contemplo
me podrá salvar, pues no sé si ha sido otra operación
de los hombres esta herida en mi cráneo,
esta herida de plomo el Hundimiento
que es mi salvación
NO LO SE

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