No, la imagen de la portada no es mi perro, pero se parece mucho a uno que tenemos en casa. En realidad, durante casi toda mi vida hemos tenido mascotas. Sin embargo, mi esposa me aclaró que recién desde hace poco tengo un perro. Un perro que me escogió como su humano, que me acompaña por toda la casa, que duerme con una oreja despierta por si decido salir del estudio donde escribo estas líneas. Recién ahora lo comprendo. Cuando paseaba al perro de la casa me daban un privilegio prestado. En la infancia nunca tuve uno.

Dios y el cine me prepararon para asumir esta responsabilidad y privilegio. Una tarde del año 2010 conocí la película Siempre a tu lado. Un perro que valora más el reencuentro con su dueño que su propia vida.Mejor dicho, un perro para el que su dueño (presencial o idealizado) es su propia vida (y les confieso que casi siempre que la veo termino con ganas de llorar, al igual que muchos de mis estudiantes con los que la hemos visto). Por supuesto, para quienes sea pesado el cine norteamericano y desean conocer la más profunda tristeza,  siempre será recomendable buscar Hachiko monogatari. La historia original del Akita.

Un hecho trascendental en la vida de personas que tienen perros es que les damos voces, interpretando lo que sus rostros nos parecen decir. “Solo le falta hablar”, decía mi suegro. Esa idea quedó impregnada en dos de mis cuentos, publicados en este mismo blog. Y las palabras con ellos son algo que terminamos no necesitando. Sus mirada es transparente. Sus intenciones son claras. Sus valores se hallan profundamente en ellos y en nosotros.

Hace unos días vi la película La razón de estar contigo. Una película que transmite una explicación de cómo los perros nos necesitan de una u otra forma. Y de cómo ellos forman parte importante de nuestra vida. Veinte mil años de historia, de compañía, de apoyo mutuo y consuelo en la soledad más sobrecogedora nos hablan de un mundo compartido con ellos.

Al cerrar esta nota, miro a Laika (sí, un nombre demasiado común para un perro poco común) y su sueño parece evocar esa confianza que tiene en quien la recogió de un parque, cuando jugaba con sus cuatro hermanas. En la que tuvo su madre cuando nos encontró llevándonos a su hija y otorgándonos su bendición. Esa misma confianza que hace que un adulto vuelva a jugar como un niño y se transmita a toda la familia. Y la de una familia que, sabiéndose en primer lugar en tu corazón, sabe que tu felicidad con ellos tiene una cereza con una nariz húmeda y un corazón sencillo.

laikan-2017

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