El niño jugaba con la tierra. Con su manito, unas veces, y con ayuda de un palito, otras, intentaba desbaratar una colonia de hormigas. Una a una iban saliendo desesperadas ante el peligro del invasor. Pero el niño solo atinaba a contarlas mientras reía extasiado:

Una, dos, tres, cuatro… Si así fueran las clases de matemáticas, ya sabría contar hasta cinco.

En ese momento, su madre lo llamó. El niño removió el hormiguero, gritó “¡Cero!” y se fue corriendo hacia donde estaba su progenitora.