Hemos recibido el relato “Pánico y pasión” de César Mundaca. Celebramos su dedicación al reino de la narrativa breve y felicitamos su iniciativa por publicar su trabajo.


Ludovico Vargas siempre fue un muchacho disciplinado y determinado. Desde los 18 años, edad en la que empezó a trabajar en la empresa textil boliviana Sasachun, decidió ahorrar de forma progresiva para solventar las travesías con las que había soñado desde niño: visitar Ciudad de México, Roma, Medellín y El Cairo. Ganaba la suma irrisoria de 720 incas, es decir, el salario mínimo vital. Valgan verdades, no alcanzaba prácticamente para nada.

Con el devenir del tiempo fue ascendiendo a los puestos de analista junior de planta, analista sénior y supervisor adjunto de operaciones. Con lo cual, sus ingresos mejoraron notablemente y su capacidad de ahorro, también.

Una semana después de recibirse como Ingeniero Industrial, por la Universidad Mayor San Francisco Solano y con $ 6.040.00 en su haber, emprendió la aventura. El destino: Ciudad de México.

Abordó el gigantesco Boeing 660 de la aerolínea azteca Zacazonapan, el martes 13 de octubre, a las 7:45 pm. Era la primera vez que Ludovico se subía a un avión. La experiencia fue terrible.

A medida que la nave fue alzando vuelo, Vargas se fue hundiendo de miedo en su asiento. Pronto, el tiriteo y la sudoración se apoderaron de todo su cuerpo. Inclusive, se cubrió la cara con un ejemplar amarillento de La región más transparente de Carlos Fuentes. Enseguida, su corazón empezó a latir a excesiva velocidad. Intentó serenarse, pero fue inútil. Era el pánico hecho hombre.

La situación empeoró cuando escuchó las clásicas recomendaciones para actuar en casos de emergencia. Aterrado, se persignó quince veces, cerró los ojos con una fuerza inusitada y se encomendó a San José de Cupertino (patrono de los pasajeros de avión).

El novel profesional ocupaba el asiento intermedio de la primera fila. A la derecha, viajaba recostada y ojeando el semanario Coyuntura, la fulgurante estrella del cine erótico español y psicóloga organizacional, Marisa Verdú. Y a la izquierda, Eloísa Duvalier. Venerable anciana haitiana que roncaba durante todo el periplo.

La primera turbulencia se suscitó a las 10:32 pm. Ludovico sufría y sufría mientras rezaba el credo, para según él, aplacar la ira de Jesucristo. Mientras tanto, Marisa disfrutaba de un sueño profundo y placentero.

Dos horas más tarde, sobrevolando cielo mexicano, una extraña tormenta sorprendió a todos. La nave fue sacudiéndose con suma violencia e ingresó en un torbellino caótico rodeado por cinco cuervos.

La tripulación no sabía qué hacer. Félix Del Olmo, uno de los copilotos, se desmayó como la protagonista de la telenovela María la del barrio. Fue reemplazado por el veterano Ezequiel Luna, quien no lograba estabilizar la aeronave. Su colega, Ramón Van Nek, optó por esconderse en el baño.

Las aeromozas intentaron calmar a los ocupantes, pero fracasaron. Niños, jóvenes, adultos y ancianos no cesaban de gritar y llorar. Excepto, la señora Duvalier que seguía con sus ronquidos.

De pronto, en un súbito acto de valentía y evocando las hazañas aéreas militares de su abuelo Santiago, Ludovico se dirigió a la cabina, tomó con fuerza el timón abandonado por Van Nek e improvisó una serie de maniobras extraordinarias que salvaron la vida de los 175 pasajeros. “Me bendijo mi abue Santi”, expresó con gran satisfacción.

En recompensa al acto heroico, Marisa Verdú sedujo al joven ingeniero y se lo llevó a la suite presidencial del mítico Hotel Casanova, donde dieron rienda suelta a sus pasiones en todas las formas, colores y sabores durante tres días consecutivos.


César Mundaca es abogado de profesión. Asiduo lector de novelas, cuentos, crónicas y biografías. Novel escritor de cuentos.