Parafraseando la introducción de Rayuela, hay dos formas de entender esta obra. La primera es ponerse en el lugar de los padres de Cristobal: seres humanos que tienen dificultades para cuidar a su hijo y que, en un momento de debilidad, cometieron errores gravísimos. La otra, mucho más interesante, es la difícil tarea de Cristobal, un muchacho con síndrome de Asperger, conviviendo con una familia, una comunidad y un mundo de neurotípicos. Y así como ocurre con la obra citada, la primera alternativa es buena, pero la segunda es absolutamente genial.

La obra presentada en el Teatro La Plaza, basada en la novela homónima de Mark Haddon, es una pieza imprescindible. De esas que pueden conmover, emocionar y hacer reír al público vasto con la impredictibilidad de Cristobal para responder a las inquietudes de su padre, para dialogar con su maestra, leer las cartas de su madre y levantar vuelo hacia su posible futuro. En otro nivel, la obra también es efectiva para “construir” los pensamientos del muchacho a través de la prestación de actores que le interpelan, que le ayudan a soñar y que complementan un escenario instantáneo, conseguido con un perfecto juego de luces. Finalmente, en un nivel más profundo, sobresale la interpretación de Emanuel Soriano para imbuirse en su papel.

En esto último empieza el lado más complejo e interesante de la obra y el profesionalismo al resaltar (y actualizar) los rasgos del personaje: tiene repulsión al color amarillo, no soporta los abrazos, maneja una gesticulación sumamente pronunciada y es brillante haciendo cálculos. Sin embargo, existe algo más en medio de todo esto,  pues al combinar todos esos elementos resulta encantador. Sí. Porque es capaz de constituir su mundo entre muchas ideas y unas pocas personas: la maestra (Fiorella de Ferrari), el padre (Gonzalo Molina) y la madre (Gianella Neyra). Todos ellos son interpretados por el mismo actor o actriz desde el inicio hasta el final de la obra. El resto de actores tendrá tres, cuatro o cinco papeles. ¿Por qué ocurre esto? Mientras que en muchas obras puede deberse a cuestiones de presupuesto, estoy convencido de que aquí se trata de resaltar la particularidad del personaje. Cristobal es capaz de fijarse en un papel amarillo pegado en el zapato de un policía mientras es interrogado; de observar una botella de gaseosa encima de un banco marrón a cientos de metros, mientras viaja por carretera; de recordar una definición compleja leída en un libro o dicha por una persona varios años atrás. Sin embargo, no puede recordar rostros de personas si estas no están profundamente enraizadas en su vida (o incluso de percibir las emociones de las que sí lo están). Es una vida difícil, pero luminosa. Tal vez eso explique su obsesión por descifrar el misterio de la muerte de un perro. Su trabajo de detective representa también un deseo de vivir: comprender la muerte para perpetuar y homenajear la vida.

El curioso incidente del perro a medianoche es una obra magistral que se escurre por lo más profundo de nuestro ser. Es la lucha por reconstruir lo que representa vivir plenamente. Buscar la felicidad, cuidar de la familia y volver a enlazar los vínculos que estaban rotos. En ello y muchos otros detalles se esconde una inefable belleza.

Los dejo con un conjunto de entrevistas en la que los actores nos cuentan su maravillosa experiencia.

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