Dulce, alegre, natural, espontánea, noble, generosa y responsable, todo eso era ella antes de su internamiento en el sanatorio mental. Todas esas cualidades ahora que estaba en casa – rehabilitándose – quedaban opacadas por su actual obsesión por el espejo. Su padre ya le había llamado la atención, diciéndole: “¿Qué tanto te miras en el espejo? Debes de seguir un poco mal, porque esa actitud no es normal”. Pero él estaba lejos de comprender el secreto que unía al espejo y su hija. Este famoso espejo estaba ubicado en el dormitorio de la joven, incrustado en la puerta principal de su ropero, y tenía las dimensiones necesarias para que pudiera verse de cerca desde las rodillas hasta la punta de la cabeza. Cada vez que pasaba por ahí, se miraba detenidamente, como tratando de encontrar alguna imperfección en su rostro: un día era un granito nuevo, otro día los labios resecos y descoloridos; y otro, la desafortunada percepción de que tenía un ojo más pequeño que el otro. Pero con el tiempo se acostumbró a esta última imperfección y más bien la encontró colaboradora de su belleza, ya que si se miraba de lejos le daba un cierto aire oriental: sus ojos parecían los de una japonesa. Así fue como la inseguridad pasó a convertirse en vanidad, pero el espejo siguió siendo el objeto inamovible de su obsesión. Este no era como cualquiera de los espejos, era “su” espejo; transparente y confidente, cuadrado y sosegado, delicado y querido; con el tiempo, se convirtió en su compañero inseparable. Sin embargo, así como la inseguridad, la vanidad también pasó, y por fin se descubrió el secreto que la unía al espejo; un día en que se miraba como de costumbre, lo descubrió: así como los peces solitarios sobreviven cuando se les pone un espejo en el acuario pues su reflejo reemplaza al compañero ausente, así ella al mirar su reflejo se sentía menos sola.