Cuando ingresé a Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos a fines del siglo pasado, lo hice con el conocimiento de que la mayoría de mis contemporáneos la veía con una combinación de recelo, hastío, extraño respeto y fascinación. Sin embargo, en la adolescencia me importaba poco (o tal vez me gustaba demasiado) sentirme diferente por elegir una carrera sin proyección económica, sin prestigio laboral y en un país con uno de los promedios de lectura por año más bajos del mundo. Ya muchos familiares y amigos me habían dicho que era una locura asumir esa carrera de la que sabía tan poco y solo con la ilusión de unos juegos florales ganados en el colegio.

Tal vez tenían razón. Tal vez hubiese tenido más puertas abiertas de haber elegido otra carrera. Tal vez podría haber ganado más premios y reconocimientos de haber trabajado en ellos en lugar de leer cinco libros por semana para los trabajos de la universidad y releer los que sí me interesaban como pasatiempo durante las vacaciones. Tal vez no habría descubierto términos como “migraña”, “cura de sueño”, “sindéresis”, “cefálea” o “exordio” o “paradigma”. Tal vez no habría conocido el cine surrealista de Buñuel, la construcción cinematográfica de atmósfera de Julio Medem, las locuras de Fellini y todos sus compatriotas o la discusión posterior a las películas de Woody Allen. Tal vez no habría sentido el deslumbramiento  al leer poemas de Westphalen, Moro, Adán, Belli, Cisneros, Hernández, García Lorca, Vallejo, Amarilis, Rilke o Varela. Tal vez no habrían sido tan llamativos si no los comparaba con gazapos que a diario aparecían como los “mejores” de las “nuevas generaciones”. Tal vez no habría sido tan romántico tomar un lonche con un sol en las incursiones al pabellón de Ingeniería Industrial de San Marcos. Tal vez no habría visto compañeros que, en la más rotunda circunspección, desean una vida literaria. Tal vez no habría visto amigos que alcanzaron una vida literaria y arrepentirse de ella. Tal vez no habría visto tantas cosas de qué escribir o tantos motivos para no dejar de hacerlo.

El día de hoy la situación no ha cambiado. La mayoría de personas ve la literatura como un bicho raro. Publicar (incluso buenos libros) es una mala inversión económica. La mayoría de funcionarios adolece de analfabetismo funcional. Nuestro premio Nobel 2016 no ha leído Moby Dick. La gente sabe más de la causa rellena que de César Vallejo. Sin embargo, la ilusión sigue presente. Todavía creo en que lo vivido no solo vale la pena. Se ha convertido en motivo de reencuentro, de conversas con amigos y una complicidad que cada vez me parece más fascinante. Por esas y otras razones estoy convencido de que  la literatura nos acerca más a lo que somos. Nos permite dudar sobre los valores que imponen las sociedades y nos permite una existencia vicaria en nuestros mayores anhelos y más profundos temores. Nos sumerge, con todo lo que representa, en un universo interior infatigable e inextingible.