Julieta era una chica pizpireta.

Larguirucha, desgarbada y zanquilarga, caminaba arrastrando sus brazos a ras del suelo. De vez en cuando los levantaba para encajar sus espejuelos resbaladizos sobre su naricita respingona llena de pecas. Su cabecita loca estaba coronada por una cabellera rojiza cortada como una taza de té de la que salían dos grandes orejas como dos asas.
Tras sus espejuelos, Julieta observaba la vida desde un solo ojo pues el otro estaba oculto tras un parche de esparadrapo. Este ojo verde, hermoso y solitario parecía un bichito luminisciente desorientado que contribuía a aumentar su aire de atolondrada.

Detrás de Julieta iba siempre su amigo Leo.

Julieta se ocupó desde muy pequeña de la educación de Leo.
En un gran bolso de lana blanca Julieta arrastraba libros, enciclopedias y diccionarios que recogía en las estanterías de sus padres.
Julieta le enseñaba muchas cosas a Leo. Cosas que Leo desconocía.
Por ejemplo, Leo no conocía la palabra nube y juntos la pronunciaban sílaba por sílaba a la sombra de un sauce llorón.
– Nu-be, decía Julieta.
– Nu-be, repetía Leo.
A Leo le gustaban las nubes. También le gustaban los pomelos, los pájaros negros, la arena mojada y las palabras que no existen. En los márgenes de su catecismo y a modo de anotaciones, Julieta conjugaba para él verbos inventados.

Un día, cuando Leo ya estaba hecho casi un hombre, Julieta se dio cuenta de que su amigo era un ser imaginario.
Se lo dijeron sus padres y un médico psiquiatra especializado en trastornos esquizoides y psicopatología en niños, adultos y seres invisibles. Le dijeron que eso no estaba bien, que ya era mayor para tener amigos inexistentes, pero Julieta lo quería ya tanto que no podía dejar de imaginarlo.
Se intentaron todos los métodos posibles para borrar a Leo de su imaginación. Se organizaron terapias, constelaciones familiares y sesiones de meditación e hipnotismo, pero Leo seguía ahí como si nada y tan invisible como siempre.
Desesperados, acudieron finalmente a las técnicas infalibles de la psicomagia e inspirados en las ideas de Jodorowsky, obligaron a la pobre Julieta a encerrar a su amigo en el congelador de la cocina.
Las lágrimas de Julieta se derramaban por su ojo ciclópeo, reluciente como un diamante de Dresde, al ver a su querido amigo desaparecer entre pizzas, helados y cubitos de hielo.

El plan no salió como lo hubiesen esperado, pues Leo se volvió tan frío, distante y glacial que Julieta acabó por enamorarse locamente y ya nadie pudo convencerla jamás que era malo seguir imaginándolo.

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pintura de René Magritte

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