Contra su costumbre, contra su propia leyenda de animal en exilio, Juan Carlos Onetti, uno de los más entrañables escritores latinoamericanos de todos los tiempos, recibió a nuestro reportero y, a pesar del desfase temporal y la muerte,  le concedió una sustancial entrevista. El creador del mítico puerto de Santa María, habló sobre la literatura, la vida, el boom de la novela latinoamericana, las mujeres y otras cosas más.

Era una ballena blanca varada en la orilla de una inmensa cama. Pude ver que llevaba el cabello largo y desordenado cubriéndole la calvicie delantera; entre sus dedos envejecidos y temblorosos un cigarrillo rubio agonizaba, mientras un vaso de whisky era apurado a medida que avanzaba la lectura que lo ocupaba. Seguro que leía a Céline o Cervantes. En el breve instante que pude contemplarlo sin que él notara mi presencia, alcancé a distinguir cómo un gesto de aprobación reiterada asomaba de tanto en tanto en su rostro.

-Pasá, querido –  dijo al verme, como si me conociera desde siempre. – Perdona que te reciba en estas condiciones, pero así es la muerte. Te confieso que hace tres años estoy en cama y no me he mirado en el espejo.

En realidad no lucía tan mal. Atribuí su aspecto conservado al amor, a la gratitud, a la obstinada fidelidad de sus lectores que por miles se resistían a aceptarlo muerto.

-Hoy es su cumpleaños número 94 – le dije torpemente, con el temor de que diera el gran grito y me mandara a mudar -. Quería hacerle una nota para el periódico de mi ciudad.

-Onetti se me quedó mirando por un largo momento. Quizá recién terminó de darse cuenta que yo no era la persona que esperaba. Lo vi encogerse de hombros, suspirando:

-En fin… – dijo, y estiró un brazo para alzar el vaso de whisky que había dejado sobre el piso. Sorbió un trago y me señaló el borde de la cama para que me sentara.

-Hablá pibe, y sé breve.

Encendí con dificultad la grabadora. La coloqué sobre la única silla que había en la habitación y que estaba apostada a un lado de la cama. Con una tierna admiración comprobé que el mito era verdad: el único mobiliario de su habitación, de su vida, era además de esa silla, una cama monumental y desvencijada, una mesa donde comer y escribir y, por supuesto, decenas y decenas de libros sobre tablones suspendidos por tres ladrillos en cada extremo.

            -Dígame Onetti, ¿qué es la escritura para usted?

Onetti me dirigió una mirada compasiva, absolutoria, perdonavidas. En su boca de pescado asomó, divertido, el único diente que le quedaba.

-Ya dije mucho y varias veces que escribir es un acto de amor y sin eufemismos. No sé por qué pero siempre he tenido la sensación de que escribiendo uno está agarrado a la cola de la vida.

-Y de ese acto de amor – dije, viendo como su rostro se me ocultaba detrás del humo del cigarrillo -, ¿qué es aquello que valora más?

-Lo más importante que tengo sobre mis libros es una sensación de sinceridad. De haber sido siempre Onetti. De no haber usado nunca ningún truco, como hacen los porteños, o hacían cuando había plata y se lustraban los zapatos dos veces al día. O sea, manía de grandeza de los porteños, que siempre hablan de millones. Tengo la sensación de no haberme estafado a mí mismo ni a nadie, nunca. Todas las debilidades que pueden encontrar en mis libros son debilidades mías y son auténticas debilidades. Escribo para mí. Para mi placer. Para mi vicio. Para mi dulce condenación.

-Condenación que lo llevó a ser acusado de pornógrafo por la dictadura de su país – dije casi sin pensar -.

-Veo que te has informado bien – me respondió, rascándose con desgano la cabeza -. Una vez, en el Uruguay, en un concurso de la revista «Marcha» premiamos un cuento sobre el asesinato de un funcionario cometido por los montoneros, perdón, por los tupamaros. Pero resulta que en ese cuento el funcionario era homosexual y corrupto. Fui preso. En realidad estuve tres meses en un hospital para locos y me lo pasé en la cama. De ahí, yo digo, me agarró esta costumbre, o nuevo vicio: la camitis.

-A propósito de dictaduras, ¿cuál cree usted, que es la mejor novela latinoamericana escrita sobre este tema?

-Evidentemente «Yo el supremo» de Roa Bastos.

-¿Y «El Señor Presidente» de Miguel Ángel Asturias?

-Está muy mal escrita.

-¿Y «El otoño del Patriarca»?

-No, esa no. Está llena de milagros. Ahí García Márquez puso todos los milagros que le habían sobrado en «Cien años de soledad».

Sin poder evitar una sonrisa, comenté:

-Un poco riguroso su juicio ¿no?

-La gran mayoría de nuestros escritores tratan de alcanzar el triunfo. Y a esto se llega de manera incidental  y nunca deliberada. Si alcanzamos el éxito nunca seremos artistas plenamente. El destino del artista es vivir una vida imperfecta: el triunfo, como un episodio; el fracaso como verdadero y supremo fin.

Onetti encendió el cuarto o el quinto cigarrillo de la jornada. Terminó de beber el contenido de su vaso y procedió, casi enseguida, a llenarlo nuevamente. Esta vez me lo ofreció.

-Disculpá – me dijo -, pero el menaje está escaso.

Volví a sonreír.

-Le prepongo jugar a las respuestas rápidas- le dije  ya un poco en confianza. Yo pregunto y usted me responde con lo primero que se le venga a la cabeza.

-Bueno – dijo resignado y dando una fuerte chupada a su cigarrillo.

-¿El mejor libro suyo?

-«Los adioses»

-Una fecha

-El 26 de julio

-Un recuerdo

-El 26 de julio en que Beth, la hija de mi tercer matrimonio, cumplió tres años de edad y la llevé a pasear. Todo estaba cerrado porque se había decretado duelo por la muerte de Evita y yo le hice creer que era en su honor. Fue muy lindo eso. Muy divertido.

-La literatura

-Una fuente de felicidad para mí.

-Larsen

-Una forma humana de piedad.

-Montevideo

-La nostalgia.

-El amor

-Dolly, mi esposa.

-Latinoamérica

-Un cuento chino.

-Borges

-Un respetable caballero.

-Santa María.

-Montevideo, Buenos Aires.

-Las mujeres

-¿Qué querés que te diga de las mujeres? ¿Querés que me divorcie?

-Un vicio

-El whisky, el tabaco, cuando los deje te mando una carta.

-El mensaje de sus textos.

-Cuando me preguntan eso, respondo con aquella frase de Humphrey Bogart, cuando lo acusaron de haber participado en una película que tenía un mensaje comunista. Dijo, y yo digo: «cuando necesito mandar un mensaje voy al telégrafo».

Vi a Onetti terriblemente cansado, aburrido, hastiado. Decidí que ya estaba bueno de interrogatorios y pesquisas.

-Muchas gracias, dije con toda la sinceridad que era capaz de demostrar. Ha sido usted muy amable.

Apagué la grabadora. Onetti me sirvió más whisky.

-Juan Carlos – me aventuré a decir; definitivamente me sentí en confianza -, ¿se da cuenta que usted y yo solo somos meros simulacros, invenciones ideadas por alguien más, y que el diálogo que hemos sostenido es una especie de collage de antiguas declaraciones suyas? ¿Se da cuenta que una conversación entre nosotros es imposible porque usted, Juan Carlos, está muerto ya hace mucho y yo no soy más que la proyección imperfecta del que escribe esta nota (dudoso homenaje, dicho sea de paso) por conmemorarse un año más de su nacimiento? Dígame Onetti, ¿se da cuenta que todo esto no es más que un simple artificio imaginado solo para demostrarle el enorme cariño que un torpe lector suyo siente por su persona?

Onetti me miró fijamente. Un rastro de ternura se irradió en su rostro.

-Sí – me dijo -. Claro que me doy cuenta.

-Entonces ha caído en el juego, en la mentira. Dígame por qué.

Onetti sonrió, llevándose una vez más el cigarrillo a los labios.

-Soy consciente del juego, de la mentira a la que se refiere usted. Sé que muchos al leer esta nota dirán que esta no es la realidad, que esto no puede pasar. Sin embargo, tendría que preguntarles por qué creen que su realidad es la realidad. Yo, usted, el tipo que escribe la nota, están desconectados con la realidad de toda esa gente que no cree esto, con la realidad de nosotros. Además, hay varias maneras de mentir, la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los contiene. Y si este sentimiento es el amor puede aceptarse cualquier cosa: el ridículo, la vergüenza, el oprobio.

No dije más. Volví a estrechar su huesuda mano y regresé a mi ciudad contento de haber logrado la mejor entrevista de mi vida. Había conversado con Onetti, con el gran lobo estepario, me había dado el lujo de tomar unos tragos con él.