Queridos lectores:

Hemos recibido la presente nota del historiador Daniel Morán. Esperamos que sea de vuestro agrado.

Universidad de Buenos Aires
danielmoran2009@gmail.com 

Heraclio Bonilla, en una entrevista en un canal colombiano, señaló que las celebraciones de las independencias en América Latina le resultaba algo paradójico y problemático, por la sencilla razón de que en su percepción dichas efemérides, antes de significar una fecha de festejos de los sectores indígenas, debería entenderse como un día de duelo nacional y global de estos grupos populares.

Esto se enlaza con lo que alguna vez Virgilio Roel Pineda comentó sobre el tiempo de la independencia; este proceso habría terminado convertido en una  cobarde traición de los grupos criollos sobre los sectores populares en 1821 y de las élites enfrentadas en Junín y Ayacucho en 1824.

Entonces, el día de duelo o la cobarde felonía no hacían más que reproducir la premisa de Jorge Basadre, de que la independencia y la instalación de la República en el Perú, en vez de hacer realidad la promesa de la vida peruana de todos y todas, no hicieron más que ahondar los problemas sociales, tales como la marginación y exclusión de los sectores indígenas y populares de nuestro país.  

Con estos argumentos, podríamos preguntarnos, antes de celebrar con desfiles, escenificaciones y grandes portadas de los medios de comunicación por 28 de julio, ¿qué significó realmente la independencia? Antes de celebrar, debo conocer el motivo de dicha celebración. Ello es algo básico entre los académicos, pero que debería serlo también entre los docentes, el MINEDU y la memoria colectiva del país hoy. ¿Por qué? Por la sencilla razón de cambiar el chip de que la historia es el estudio del pasado y lo que sucedió en 1821 es lo mismo que nos dijeron en la educación básica regular. Incluso en las universidades o institutos hace más de medio siglo. Así como el hombre forma parte de la sociedad y las sociedades cambian (aunque en muchas los problemas no) la historia se transforma con ella y en ese sentido los hechos y acontecimientos también. Por lo tanto, las interpretaciones varían o deberían diferenciarse. 

En el caso de la independencia, el significado debería vislumbrarse en la coyuntura de entonces y en la proyección actual. En otras palabras, entender esa promesa de la vida peruana, ese día de duelo, aquella traición de las élites, y diversos problemas y cicatrices que aún mantenemos sin solucionar y cerrar. Espero que entiendan que la idea no es ser el aguafiestas del 28 de julio, sino advertir los vacíos en la historiografía de un tema polémico y propiciar en base a ello un plan de acción bicentenario, pero que dicho proyecto no caiga en una piscina sin agua y en una diálogo de sordos, sino en un esfuerzo mancomunado entre historiadores, científicos sociales, docentes de historia, el MINEDU y la sociedad  peruana. 

Finalmente, recordemos que la historia no está hecha para agradar o para agredir, sino para conocer y comprender el pasado para entender nuestro presente y avizorar (previa planificación) un porvenir mejor; en esencia, enfrentarnos al 2021 con una verdadera propuesta bicentenario y no una simple utopía coyuntural o pasajera. 

Entonces, la independencia como utopía o la independencia como una gran negociación? Continuaremos…