Cuando Mario Vargas Llosa definió lo que la ficción representa para él, no pude evitar quedarme con una de sus expresiones en particular: “es una manera díscola de comportarnos”.

 

El día de hoy (ocho años después de verlo por primera vez) recordé esta expresión y encontré parte de la respuesta a la interrogante que muchas personas se hacen sobre la vida azarosa y llena de problemas que poetas como César Vallejo o escritores como José María Arguedas tuvieron que afrontar si disfrutaban de tanto talento dentro de sí.  ¿No es justo que ese talento les permitiese salir adelante como una forma de afrontar sus problemas prácticos o recibir un consuelo en sus propios avatares?

La semana pasada una alumna me hizo la pregunta sobre Vallejo. Yo le dije, casi sin pensar, que parte de la culpa era porque fue un “escritor periférico”, definiendo ello como un individuo que, conociendo el canon, necesitaba seguir sus propios impulsos creativos, sin la obligación de seguir la corriente. Y aunque esa respuesta me pareció convincente, me gustaría agregarla a la siguiente pregunta: ¿debemos asumir la escritura por nuestros propios impulsos creativos, a costa de nuestro tiempo, el canon o lo que convenientemente nos pondría en una situación favorable?

No estoy planteando cuestiones sobre si el arte debe ser social o puro. Esa pregunta ya se respondió en la década del 60. Tampoco hago referencia a los antimodelos (que no son sino una respuesta/reacción a los modelos convencionales). Finalmente, no aludo al resentimiento o la supuesta incomprensión que muchos podrían atribuir a las injusticias del mundo (y que yo podría detallar con más facilidad que la mayoría). Me refiero, en esencia, al sacrificio diario (y a veces permanente) que se tiene que pagar para sublimar nuestra disconformidad a través de una creación desprendida de esta. Una creación no reaccionaria, sino más bien constructiva, la cual debemos sustraer como un complejo proceso de reflexión y búsqueda.

Cuando me hago esa pregunta en un contexto actual es fácil hacerse repreguntas por factores exógenos a la propia literatura:

  • ¿Es necesario “condicionar” la propia creación a los criterios de un editor?
  • ¿Cuál es la “crítica” que debe regir sobre la calidad de la obra? ¿Aquella misma que vive del trabajo ajeno? ¿La que elige los temas y autores de moda? ¿La que mira a otro lado cuando un desconocido con talento aparece con una nueva propuesta?
  • ¿Qué tan valioso es realmente el número de personas que leen la obra en relación con la calidad de la lectura que unos pocos pueden hacer?
  • ¿Cómo hacer que la gente tome algunos riesgos a la hora de elegir un nuevo texto?
  • ¿Hacia dónde se dirigirá la literatura si hay menos lectores y más publicaciones?
  • ¿Es posible evitar que el entierro de un buen escritor se anticipe al descubrimiento de su obra?

Por último, ¿podemos orientar un pensamiento que nos hable de calidad del tiempo en el disfrute de la escritura y la escritura antes que en la distracción o el éxito de quienes matan diariamente una vocación creativa a través de actos pequeños y mezquinos?

Y ustedes, queridos lectores, ¿qué los impulsa a crear?