Tenía en mente a mi rico Llauca, el último partido del Boys, y el cebichito  a manos de mi viejita que me esperaba en el almuerzo; cuando de repente la vi: una jermita de la Católica, más buenaza. Tenía los ojitos verdes, la carita blanca, y sobre todo, las leggins apretaditas. Y yo como sonso estaba de cobrador de la Consorcio Vía en la ruta hacia la avenida Universitaria. ¡Pucha, qué triste mi vida!- pensé. Pero la flaca toda educadita me pagó el pasaje con sencillo, como se debe. Y yo que no podía dejar de mirarla. Al final, llegó su hora de bajar: ¡Puerta 3, San Marcos, baja!- dijo amablemente la pituquilla. Y yo, cuando  ella ya pisaba el último escalón del carro, muy cerca a su oído le susurré: ¡Chau, mi amor! Aunque esperaba una cachetada, la flaca una vez fuera del carro, solo atinó a sonreírme. Esa mamacita me sonrió a mí, al cobrador de la combi, pucha cómo es la vida, así que todo palteado pensé: ¡Qué coquetas son las mujeres!