Cuando decimos «cultura» pensamos en historia, en tradición, en arte y, sobre todo, en libros. Hemos aprendido, quizás erróneamente, que la «cultura» es ese gran libro que todos deberíamos leer. Y por ello no sorprende que cuando hablamos de memoria o innovación suponemos que todo eso debe poder ser leído para existir, es decir, compartir un mismo código que nos permita darle validez.

Hawarikuna. Jawarinaka, es un libro. Lo tomo entre mis manos y analizo con los pocos conocimientos de diseño gráfico y edición editorial que tengo. Hawarikuna. Jawarinaka es un libro de poemas escrito en dos idiomas, pero ninguno es el mío. Un recopilatorio de más de 40 autores quechuas y aymaras, pero del que solo conozco algunos nombres, algunas frases, como quien contempla la punta de un iceberg.

El libro editado por Lluvia editores y el grupo de estudios Esandino, editado por Mauro Mamani Macedo y Alan Ever Mamani Mamani, acompañó la primera edición del festival de poesía Taki Raymi. Un libro que, junto a la música, el canto y el baile, formó parte de las celebraciones con disposición casi orquestal, en un diálogo propio entre sus participantes.

En el festival, en la mesa compartida por Sócrates Zuzunaga, Ugo Carrillo y Leo Casas, se compartieron las historias que motivaron la reflexión inicial. Los tres autores, además de compartir su amor por la musicalidad y sentimiento del idioma andino, coincidieron en una historia apenas recordada en nuestros tiempos. La historia de una niñez y juventud marcada por la persecución y castigo del uso de un idioma que no fuera el castellano. El relato de los golpes e insultos a los que eran sometidos dentro de los centros educativos. La reprimenda social que conllevaba el ser delatado por un hablar «motoso» de un niño que solo se limitaba a hablar el idioma que había aprendido a la más tierna edad. Para luego volver al canto, celebración y alegría para la que todos estaban presentes.

Si vamos a una librería y nos topamos con un libro en un idioma que no dominamos, digamos japonés o alemán, no se nos ocurriría jamás pensar que son símbolo de atraso o que nuestra incomprensión es fruto de la terquedad del editor por no imponer un solo idioma que todos podamos entender. Frente a aquellos idiomas solo asumimos nuestra limitación, nos decimos «ojalá supiera este idioma».

¿Por qué a pesar de no conocer dicho idioma su presencia no nos ofende, como sí nos escandaliza, o escandalizaba, la expresión quechua? Tal vez porque idiomas como el alemán, el inglés, el chino y muchos otros, son idiomas con un prestigio especial para nosotros, alimentan nuestra ilusión de ser parte de algo que nos enseñaron a percibir como más grande, más valioso que nuestra triste realidad. El idioma es diferente, pero el código dentro de esa forma de pensar es el mismo, el de la aspiración y el poder. El quechua, el aymara y muchas otras lenguas originarias, nos traen a la tierra, nos hablan de sentirla y amarla, algo que recién estamos aprendiendo a hacer.

Y antes que un reclamo o una crítica a la edición quechua o al lector, escribo esto como una constatación. Que Hawarikuna. Jawarinaka, un libro cuyo valor literario solo puedo sospechar, es un paso más entre los múltiples esfuerzos que han hecho este cambio de perspectiva posible, ese cambio que no ha llevado de castigar la expresión quechua a tomar un libro en quechua y decirnos «ojalá supiera este idioma». Un ojalá que podemos o no cumplir, pero que nos dice que ya no somos percibimos tan distintos, y que somos capaces aceptar nuestra incapacidad, no como una ruptura o enfrentamiento sino como una nueva posibilidad.