la casa de los gatos
La Pelirroja y el Negro han vuelto esta mañana.

La Pelirroja se ha sentado frente a la puerta de mi casa y se ha puesto a maullar como si le saliese una jauría de alimañas por la boca.
¡Oh! ¡Espeluznante armonía que parece brotar al unísono de las gargantas de los condenados en sus torturas, de los demonios y de las sirenas de las ambulancias en sus fatídicas carreras hacia el fatídico final! ¡Oh! ¡Espeluznante obra del Maligno!

Mientras entonaba sus infernales cánticos de parturienta endemoniada, el Negro, siempre en la retaguardia, acechaba en la sombra de las hortensias azules de mi jardín, encogido como una oscura rata malvada.

La Pelirroja y el Negro son los gatos de nuestros vecinos, Hölger y Mohamed.

Hölger es mitad alemán, mitad griego y mitad flamenco y todas sus mitades se entremezclan en su rostro como un malogrado collage. Nada en su semblante parece regirse por el determinismo de la naturaleza y tantas cosas contienen cada una de sus facciones que es imposible acordarse del conjunto de su rostro una hora después de haberlo contemplado.  Cada uno de sus ojos parece albergar cientos y miles de millones de ojos y su nariz adquiere formas diferentes y variopintas en función del ángulo y la luz. Cuando sonríe suele ocurrir que todo se estira hacia arriba o hacia abajo o hacia los lados, según se le mire por el lado griego, por el alemán o por el flamenco. Habla exactamente con la misma pasión con la que su gata maúlla, sin dejar hablar a los demás y saltando de un tema a otro sin transición, con la misma ligereza y liviandad de una escafandra acuática. Siempre se las arregla para desviar la conversación más trivial hacia los derroteros de la botánica, la música clásica y los dioses mitológicos, sus temas preferidos.

Hace un par de años, en uno de sus viajes a Etiopía, Hölger se trajo un bonito juego de tazas de jebena, unas piedras preciosas del lago Chamo y un altísimo mursi, bello y esbelto como un baobab, escoltado por sus dos gatos. Ni los gatos ni el mursi tenían nombre por aquel entonces (en Etiopía no existe tal costumbre) y tuvo que pasar mucho tiempo hasta que la sabiduría popular de este nuestro vecindario les diese un nombre a los tres. Así fue como los gatos pasaron de ser anónimos a llevar una identidad digna del color de su pelaje y la misma lógica siguió el mursi a quien bautizamos con el nombre de Mohamed.

Mohamed desconoce el arte del lenguaje oral y la palabra escrita pero maneja con graciocísima maestría el indómito arte  de la sonrisa precivilizada. Ignorante del pudor, el derecho consuetudinario y la moral pública, en los días de calor se pasea envuelto en una toalla blanca a juego con sus dientes que cubre su escultural figura de la cintura a las rodillas. Sus gatos le acompañan a todas partes y se pasean los tres en fila india por la avenida principal de nuestro barrio. La Pelirroja va siempre delante maullando sin parar, con su rabo bien estirado como la cola de un concorde supersónico a punto de despegar. Parece anunciar el pregón real y contornea su cuerpo en permanente estado de lujuria. Detrás va Mohamed envuelto en su toalla, saludando con su blanca y horizontal dentadura al jardinero, al cartero y a todos los vecinos como un orgulloso califa de los reinos de taifas, moviendo la mano de derecha a izquierda en un gesto ciertamente protocolario. Varios metros por detrás el Negro cierra la comitiva, encogido y receloso como una bruja camuflada.

***
Hölger y Mohamed se han ido de vacaciones hace dos semanas dejando los gatos a nuestro cuidado y ahora resulta que todas las mañanas y todas las noches la Pelirroja y el Negro se presentan con sus reclamaciones y exigencias diarias.

La Pelirroja lidera todas las acciones del vecindario y preside cualquier iniciativa de la vida gatuna del barrio. Conoce bien nuestras costumbres y horarios y sabe cuándo presentarse frente a nuestra puerta y reclamar sus derechos alimentarios. Ya no necesito poner el despertador por las mañanas pues con su aullido infernal penetra en mis sueños hasta convertirlos en nigrománticas pesadillas que culminan con un sobresalto seco a las seis de la mañana.

A esa hora me levanto somnoliento y le abro la puerta a la felina pareja.

La Pelirroja entra con la voz cantante y el rabo enhiesto, dejando atrás al Negro que se queda agazapado tras las hortensias del jardín de la entrada, observándome desde su ojo izquierdo que es el único ojo que suele llevar abierto. Este ojo es como el ojo de una cerradura y desprende un extraño magnetismo.
Al otro lado he visto extrañas siluetas moverse como mariposas estriadas o fuegos fatuos bañados por lo rayos amarillos de las amarillas pupilas del negrísimo gato. Alguna vez me he acercado como dejándome arrastrar por una fuerza magnética y he sentido todo mi ser sumirse en un estado parecido al de la muerte. He dejado entonces de utilizar los sentidos y he empezado a percibir con una perspicacidad singularmente sutil y a través de un canal misterioso, objetos y formas fuera del alcance de los órganos físicos.
He de señalar que según mis convicciones personales, los órganos físicos no son más que mecanismos primarios a través de los cuales nos relacionamos de forma sensible con ciertas categorías de la materia y que forman parte de nuestra naturaleza científica y rudimentaria.

Ayer mismo entré por el ojo de la cerradura felina envuelto en mi albornoz, somnoliento, despeinado y aletargado, y me he arrodillé ante el jardín de las azules hortensias. He de señalar que las observaciones que he llevado a cabo pasando al otro lado del ojo son muy difíciles de transcribir desde éste, pues allí  todo ocurre simultáneamente. La causa y el efecto, el razonamiento y la conclusión, la pregunta y la respuesta, son todo uno.
No obstante, intentaré transcribir los descubrimientos metafísicos adquiridos en el día de ayer en el universo magnético del ojo del Negro.

Como decía, al arrodillarme ante el seto de las hortensias y acercarme a la pupila amarilla de la bestia, me sentí como transportado por una enorme carga magnética hasta que la cerradura se abrió y al otro lado de la puerta me recibió una mujer tan amarilla como la órbita ocular del gato.

– Mi nombre es Lieve Van Hoof, dijo. Formo parte de la rama flamenca de su vecino Hölger, el dueño de este gato. En otros tiempos fui su madre
– ¿La madre de Hölger o la madre del gato?, pregunté.
– Eso no tiene importancia. En este lado todos formamos parte de la misma entidad, afirmó con cierta altanería al tiempo que me ofrecía un racimo de uvas.
– Pero usted ha dicho que se llama Lieve Van Hoof. En ese caso usted es una identidad individuada, respondí rechazando su oferta con la mano.
– Perdone, pero ¿acaso está usted afirmando que yo soy material?
– No exactamente, como usted sabe existen gradaciones en la materia desde las más espesas hasta las más sutiles – respondí, sorprendido de mi propia locuacidad-, desde el mineral hasta la atmósfera. En el paroxismo de la sutilidad hallamos la inmaterialidad de la materia que no por ser inmaterial deja de ser materia. En realidad, es la materia suprema.
– ¿Habla usted de Dios?
– Dios no es más que una palabra

Como si esta respuesta fuese inoportuna, la puerta se cerró de golpe y sentí un derrape vertiginoso seguido de un vacío magnético y un arañazo en mi ojo derecho. Vi al Negro corriendo tras la Pelirroja que en ese momento salía de nuestra casa con su correspondiente ración de sardinas entre  sus fauces y yo me quedé agazapado y aturdido entre las hortensias del jardín.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que mi amada esposa acudió en mi ayuda, pero si recuerdo las bromas crueles de niños sin alma al verme medio desnudo bajo mi albornoz maullando a cuatro patas como una bestia maléfica. Inga Fedorotova, tal es el nombre de mi mujer, me puso un esparadrapo en el ojo herido y esa noche me cocinó un buen plato de sardinas.

***

La Pelirroja y el Negro han vuelto esta mañana.

Los cánticos infernales, impúdicos y mefistofélicos de este ser endiablado, me han despertado una vez más. Oh! aullido inhumano!
La Pelirroja se ha introducido en mi casa en busca de su ración de sardinas y ha aprovechado para recostarse un poco en nuestro canapé, mientras nuestros propios animales (dos gatos, mi querido perro Polifemo, mis  tres diamantes de Gould y una parejita de amorosas gallinas) huyen atemorizados escaleras abajo o se ocultan en sus respectivos escondites.

No he querido acercarme de nuevo al Negro, así que he lanzado un par de sardinas desde el balcón hacia el seto de las hortensias. He esperado una reacción,  pero nada ha ocurrido. El cielo estaba todavía medioalunado y una ligera brisa matutina ha estremecido los pétalos y las hojas del seto. Eso ha sido todo.
Estaba a punto de retirarme al interior de la casa, cuando una pavorosa sombra negruzca ha saltado súbitamente sobre la barandilla de mi balcón. No me ha dado tiempo a reaccionar pues los efectos fulminantes de su magnetismo ocular han operado  sin demora sobre mi campo energético, sumiéndome de nuevo en un estado sonámbulo.

–  Goedemorgen, ha saludado la señora Van Hoofe, con una voz de sonoridad cobriza.
– Goedemorgen, he respondido muy educadamente (he olvidado señalar que nuestras conversaciones se desarrollan en lengua flamenca, alemana y en griego antiguo, como las tres ramas genealógicas de mi vecino Hölger).
– Llevo mucho tiempo aquí, sin moverme, sabiendo cuán inútil es caminar y caminar cuando siempre se estará en el centro de lo contemplado, ha dicho. Luego ha elevado levemente el mentón y toda su figura amarilla ha adquirido un aire de monumento noble, de emblema totémico.
– ¿Es usted el antepasado mítico del hombre?, me he atrevido a preguntar
– Yo soy la perfección de la materia
– Entonces, ¿es usted Dios?
– Debe estar bromeando. Ayer mismo afirmó usted que Dios no es más que una palabra. Usted es un hombre escéptico. Un ateo.
– Soy ateo, en efecto, pero un ateo profundamente religioso
– Entonces, ¿usted cree en Dios?
– Esa pregunta carece de sentido puesto que la creencia es un acto puramente racional, una acción del pensamiento especulativo y antropomórfico.
–  Y ¿cuál cree usted que sería la pregunta correcta?
– La pregunta correcta sería ¿siente usted a Dios? y en caso de recibir una respuesta afirmativa deberíamos preguntar ¿qué es Dios para usted?
– 
Y bien. ¿Siente usted a Dios?
– Digamos que en mi estado sensorial rudimentario soy un hombre que jamás ha creído intelectualmente- como usted sabe, el intelecto es una barrera al conocimiento- y sentir lo que es sentir, siempre he sentido a medias. Sí, en mi estado sensorial siento a Dios a medias, pero en el estado magnético actual estas dualidades pierden todo su sentido.
– La realidad está más allá de la existencia y de la no existencia, ha dicho Lieve Van Hoofe atusando sus azafranados cabellos  con aire de profunda indiferencia.
– Exacto, he respondido.
– Entonces ¿Qué es para usted Dios?
– La unidad psicofísica del universo, he respondido. La materia indivisible que penetra los seres y los pone en movimiento en sus estados sensoriales rudimentarios. Es la materia suprema. Es todos los seres en uno, y al mismo tiempo es ella misma. Asimismo, todo aquello que los hombres tratan de personificar en la palabra pensamiento, no es otra cosa que la materia en movimiento. En este sentido hay dos dioses. El rudimentario o dogmático en el nivel del pensamiento que no es más que una palabra y el supremo, es decir, la materia sin constitución atómica
– ¿La materia sin constitución atómica?. Quiere usted decir ¿el espíritu?
– Exacto. Es por ello que el hombre despojado de su naturaleza corpórea y sus vestiduras atómicas, es Dios.

Una vez más, como si mi reflexión no fuese oportuna, he sido expulsado del universo magnético del ojo felino y he sido víctima de un nuevo arañazo.

Esta actitud recelosa y desagradecida me resulta ciertamente molesta y absolutamente impropia de un gato domesticado y educado en uno de los mejores barrios de una ciudad europea, así que he decidido cerrarle la puerta en el hocico y privarle de su ración de comida.
Soy un hombre de gran temperamento y una vez que tomo una decisión es imposible convencerme de lo contrario. Ni las súplicas de Inga Fedorotova, ni los irritantes aullidos infernales y lascivos de la Pelirroja, ni los rostros aturdidos de nuestros animalitos domésticos han conseguido desviarme un milímetro de mi implacable decisión.

***

Desafortunadamente no he podido cumplir mis mortíferos planes.

Ahora son las diez de la noche y acaban de llamar a la puerta. Hölger y Mohamed han vuelto de sus vacaciones antes de tiempo y han pasado por nuestra casa a darnos las gracias por la delicada atención que hemos procurado a sus mascotas. Nos han traído algunos regalos de su viaje. Un enorme saco lleno de café etíope, unas tazas de jebena y una estatua del dios Mumba.

La estatua es una preciosidad en cobre negro oxidado y representa la figura del dios Mumba dentro del cuerpo de un gato. La he puesto sobre la chimenea mientras saboreaba el delicioso café etíope. El fuego del hogar quemaba los leños, convirtiéndolos en brasas y transformando el amarillo en azul y el azul en amarillo. La hoguera ha iluminado el rostro del dios y como si le molestase el calor ha entrecerrado el ojo derecho mientras el izquierdo adquiría tonalidades de un intenso ámbar y unas siluetas han empezado a moverse alrededor de la pupila como mariposas estriadas.

– ¿Qué hace el Negro sobre la repisa de la chimenea? Ha preguntado mi dulce esposa volviendo de la cocina. La cafetera ha resbalado de sus manos e inmediatamente he caído arrodillado ante el altar de la chimenea, dejándome morir dócilmente ante las negras patas del negrísimo gato.

– ¿Y qué es para usted Dios?, ha preguntado, al otro lado del ojo amarillo del demonio, el mismo Dios en persona.

 

***
La pintura que ilustra el relato es un óleo sobre tela 50X40 (mi trabajo en pintura se puede consultar en mi página web)