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La Hora Final era, sin duda, uno de los estrenos más esperados del año, y el público la ha recibido bien, tanto que tuvieron que aumentar las salas de 25 hasta 100. Una excelente campaña de marketing y un público que demuestra, para todos los que ahora invocan a la juventud a ver el film, que en efecto, sí le interesan las películas sobre la violencia política especialmente si están presentadas en un formato atractivo, como el thriller. Será que los jóvenes han prestado oído a los comunicadores sociales, o que no necesitan de admoniciones para interesarse en ello.

En cuanto a la crítica, ha estado dividida, con algunos nombres representativos notoriamente en contra, pero también a favor. Uno de los puntos de discusión ha sido la existencia de las subtramas en la historia. Como todos saben, el eje central de la película trata sobre el GEIN y la captura de Abimael Guzmán en 1992. Pero, ademas de ello, la película inserta varias tramas secundarias. La primera de ellas es la relación sentimental entre los agentes Carlos Zambrano y Gabriela Coronado, interpretados por Pietro Sibille y Nidia Bermejo. Las dos siguientes son las relaciones de cada uno de ellos con un miembro de su familia: el hijo (y la exposa) de Zambrano, el hermano de Gabriela. Adicionalmente, hay una cuarta subtrama sobre los intentos del SIN de Montesinos de infiltrar y neutralizar la labor del GEIN o de alguno de sus agentes.

Para Ricardo Bedoya, debió simplemente prescindirse de tales subtramas y atenerse a la línea central:

Lástima que “La hora final” no se haya decidido a seguir la ruta trazada en sus primeros minutos. Es decir, la del thriller de pesquisa, armado con los ingredientes esenciales de la trama (Páginas del diario de Satán)

Otros críticos coinciden en que determinadas subtramas no funcionan. Pero, independientemente de si funcionan mejor o peor (provisionalmente, yo creo que sí funcionan en su mayoría), a nadie se le ha ocurrido preguntarse porqué existen tales subtramas, qué función pueden estar cumpliendo en la película (la excepción es Alfredo Quintanilla, que sí ensaya algunas respuestas). Esa es la pregunta que quisiera responder. Y la respuesta es esta: Eduardo Mendoza no se plantea un thriller hecho y derecho porque no le interesa solamente aprovechar la historia, sino decir algo sobre la época de la violencia política, ofrecer un retrato y una síntesis de lo que significó para los peruanos, ya que la captura de Guzmán es el punto de inflexión -y de condensación- de una larga y dolorosa época. De las muchas películas que han abordado el tema, algunas han demostrado no tener absolutamente nada que decir al respecto, como Avenida Larco; otras asumen la voz de la historia oficial, como La última noticia, y otras ensayan una perspectiva más crítica y profunda, como La última tarde. ¿Cuál es la propuesta de Eduardo Mendoza? La respuesta está en las subtramas.

La relación de Zambrano y Gabriela es la subtrama estándar que cualquier director hubiera podido incluir, porque sirve para darle grosor a los personajes, para distinguirlos del resto del grupo y así permitir una identificación más cercana de parte del espectador. Es la que funciona mejor, y varios críticos han destacado la creatividad del director en la escena de pasión, filmada en siluetas y en medio de uno de los apagones que asolaba a la ciudad en esos años. La violencia de Sendero es la ocupación diurna de los agentes, y un sombrío aliado nocturno que favorece sus arrebatos. Es lo que los rodea y acompaña cada uno de sus actos.

La relación entre Zamora y su hijo adolescente, además de agregar otra faceta y otorgar mayor complejidad al protagonista (su decisión de contarle detalles de una operación secreta y estratégica para ganarse su confianza e interés parece moralmente cuestionable, por decir lo menos), sirve para presentar la reacción histérica de la alta burguesía peruana, únicamente interesada en liar sus bártulos y salir cuanto antes de un país que parecía caerse a pedazos. La insistencia de la exesposa (Katherina D’Onofrio) en viajar al extranjero y llevarse a su hijo es una rápida pincelada que recuerda la desesperación y el descompromiso que entonces imperaban en quienes tenían más posibilidades.

Por otra parte, la relación de Gabriela y su hermano Fidel tiene, para empezar, una función narrativa importante, la de crear un “punto ciego”, como dice Quintanilla:

Esa ambigüedad emocional de Gabriela frente a su hermano y frente a la policía –esa reserva, esa parquedad y frialdad duplicada en la del hermano que Pimentel se equivoca al ver acartonamiento- es un buen punto de partida del drama pero hay que admitir también que su desenlace dejó sin punto ciego a la historia. Punto ciego que es la fórmula del éxito de las obras maestras, al decir de Javier Cercas, y que en este caso la ambigüedad encubre y podría formularse de la siguiente manera ¿era Gabriela una policía sincera o más bien una infiltrada del senderismo?

La pregunta contribuye a mantener el suspenso y permitiría una vuelta de tuerca de 180∞ que al final no llega a ocurrir. En términos ideológicos, la subtrama sirve para mirar a los ojos al enemigo, al senderista. Parecería rara una película que quiera dar una imagen global del conflicto y que no presente a uno de los actores. Porque los otros senderistas, los visitantes y habitantes de las casas que vigilan los agentes del GEIN, los famosos, como Abimael, Elena Iparraguirre, Maritza Garrido Lecca y Carlos Incháustegui son solo figuras, eso sí compuestas con un sorprendente parecido a los modelos originales, pero sin que podamos atisbar en lo más mínimo su personalidad o forma de pensar. En cambio, Fidel nos hace entender que el Otro no es distinto a nosotros, que en Ayacucho terminar en uno u otro bando era más una cuestión de azar que de corrección moral o política, que aunque Fidel está claramente del lado incorrecto y nunca llega a justificar sus acciones con algo más que unas cuantas frases de cliché, parece razonable que Gabriela quiera protegerlo, por el hecho de ser su hermano y por tanto parte de una misma familia (país). Nelson Manrique ha celebrado que la película se aparte de la presentación unidimensional, ontológica y inmodificable del “terrorista”, y los comentadores de la derecha reaccionaria condenan precisamente que la película presente algo más que monigotes desbordantes de odio, y la acusa de ser “peligrosamente complaciente con el grupo terrorista Sendero Luminoso”. Lejos de la menor complacencia, la película deja en claro que hay límites que no se pueden traspasar, acciones que no se pueden perdonar y a ello se debe el desenlace de esta historia en particular.

La última subtrama, la de los agentes del SIN, es sin duda la más floja y la que más inverosimilitudes genera en la película, como la varias veces criticada fuga de los calabozos que, dice un crítico, parece inspirada en Misión Imposible, dentro de una película con un código realista tan cuidadoso que consideraron necesario filmar en la misma casa en que ocurrió la captura de Guzmán. De acuerdo, pero esta subtrama tiene, pese a sus falencias, una función. La función de plantear su agenda política. La investigación de la película se basó, principalmente, en entrevistas con diversos miembros del GEIN y recoge su versión de los hechos. Desde este punto de vista, no solamente Fujimori y Montesinos fueron completamente ajenos a la operación de captura, y siempre prefirieron la violencia a la inteligencia en la lucha contrasubversiva (todo esto ha sido probado con largueza, y habría que recordarlo siempre al evaluar los “grandes méritos” del fujimorato) sino que, además interfirieron directa e indirectamente en su labor. Ketín Vidal, el jefe de la DIRCOTE, otro de los héroes de la historia, que logró mantenerse a salvo de la caída del régimen, y que fue el primero en conversar con Guzmán al momento de su captura, aparece aquí como parte del siniestro complot y como servidor del invisible Montesinos. En todo caso, los agentes del SIN sirven para recordar los métodos abusivos de gran parte de las fuerzas del orden, que además se podían dirigir contra cualquiera por tener, por ejemplo, un familiar “terrorista”.

En suma, La hora final es un thriller más o menos efectivo, pero que intenta brindar una visión global de lo que estaba en juego al momento de la captura del líder de Sendero Luminoso. Ya versado en manejar varias líneas argumentativas con El evangelio de la carne, Mendoza acaso no entiende del todo que esta es otra estructura, y que la multiplicación de las subtramas debilita el tempo del thriller. Entiende, en cambio, que la violencia política fue un fenómeno mutifacético. La hora final demuestra que, pese a ser uno de los grandes temas de nuestro cine, no está agotado y todavía nos brindará, seguramente, algunas películas más. Estaremos atentos.

Rating: 3.5/5