Estaba esta mañana viendo una de esas conferencias TED en las que un personaje público o privado nos transmite una enseñanza o un aprendizaje con moraleja al final sobre un tema concreto. Suelen ser estas conferencias bastante interesantes y didácticas y la de hoy ha llamado especialmente mi atención.

Una actriz mexicana nos hablaba de ese importante desafío humano cuya importancia ha alcanzado cuotas históricas en la era de la postmodernidad: la conquista del éxito.
Nos cuenta pues su recorrido personal y nos explica cómo y cuánto tuvo que luchar en un primer momento para llegar a ser una importante gimnasta y en un segundo momento para conquistar Hollywood y consagrarse como actriz.
Fracaso tras fracaso. Lucha tras lucha. Esfuerzo, llagas y sudor. Un arduo camino de penurias constantes, de despertadores que suenan a las cinco de la mañana, de dolor, frustración y sacrificio. Sobre todo sacrificio. Mucho, muchísimo sacrificio.

  • No fue gracias a mi talento, dice, fue gracias a mi esfuerzo y mi sudor.

Añade a continuación que el talento no es más que el resultado del trabajo y el esfuerzo y que todos aquellos que lograron el éxito lo lograron gracias a las llagas, al dolor, al trabajo constante y al sacrificio.
Bueno, pues resulta que un buen día esta chica que estaba dejando su piel y su vida a cambio de la gloria, va y se queda sin habla. Ningún médico sabe explicar qué le está ocurriendo, pero claramente ha debido sufrir un shock como resultado de tanto esfuerzo y tantísimas lágrimas. No es capaz de pronunciar una sola palabra y durante tres meses se hace el silencio en su vida.

Silencio.

Y es en este inhóspito reinado del silencio en el que surge de pronto un poema de Sylvia Plath y tras él, una obra de Kerouac y tras sus experiencias vitales en la carretera, van apareciendo otras muchas obras de arte como notas de música emergiendo de un agujero negro. Es entonces cuando se encuentra de nuevo con las pinturas de Frida, pero ya no son las mismas que había contemplado antes, porque ahora desde su enmudecimiento total es capaz de hablar con ellas y entrar en un diálogo verdadero con el arte; ese arte que hasta entonces y, sin ella saberlo, no había sido más que un instrumento para alcanzar la gloria.
Aprende pues, gracias al silencio, el lenguaje del arte. Porque el arte es silencioso y no entiende de agitación, ni aplausos, ni grandilocuencias, ni conquistas sociales, ni éxitos.  El arte no es más que el alma hablando al alma, pero para escucharla la cabeza tiene que estar en paz y calladita, lejos del ajetreo, el bullicio, el deslumbramiento cegador de los focos y los sonidos de los despertadores.
El arte es incompatible con la búsqueda del éxito porque el éxito es ruidoso, estrepitoso y ensordecedor.

La concepción del éxito es una herencia del pensamiento de tradición judeo-cristiana tan bien expresado en la máxima “muchos serán los llamados y pocos los elegidos” y tan bien enraizada en nuestra educación, en nuestro sistema de producción capitalista y en el inconsciente colectivo.
Si uno busca el éxito entendido como una conquista social (dinero, fama y reconocimiento  ajeno), bien es cierto que habrá que trabajar y dejarse la piel para formar parte de los cuatro elegidos en ese trocito de paraíso celestial. No queda otra que levantarse a las cinco de la mañana, trabajar y trabajar y vivir inquieto y agitado, es decir, en un estado de ausencia de nosotros mismos hasta conseguir el merecido aplauso o el inevitable hundimiento, arriesgándote a perder por el camino la salud, el entendimiento o el habla, como la protagonista de esta historia.

Yo creo que el verdadero éxito no está al final del camino sino que forma parte del recorrido. Los objetivos que nos marcamos no son aquellos que en realidad necesitamos. Por ejemplo, el éxito de esta actriz no es el de haber llegado a Hollywood ni conseguir buenos papeles, sino el de haber comprendido el lenguaje del arte y poder así, a través de su mutismo, hablarse a sí misma desde lo más profundo de su ser. Lo que era un medio para alcanzar un fin (el arte para alcanzar la gloria) acaba por convertirse en el mismo fin (el arte por el arte).
Desafortunadamente ella no parece haber entendido del todo el mensaje que le ha lanzado la vida, porque al final del vídeo sigue obstinada con la idea de que el talento es el resultado de la fuerza de trabajo y la acumulación de sudor.
Personalmente no estoy de acuerdo con esta afirmación.
Yo creo que el talento es la capacidad de expresarse en el lenguaje del arte, que es un lenguaje que se aprende de la misma manera que aprendemos nuestra lengua materna.
No nos ha hecho falta una academia ni una escuela para aprender a hablar, la hemos adquirido naturalmente desde el enmudecimiento previo; desde el silencio. Por supuesto con la práctica la hemos ido puliendo y mejorando y donde empezamos a decir guau-guau acabamos por decir perro y del perro pasamos al dogo, al pastor alemán y en general a una técnica más refinada,  pero ha ido creciendo con nosotros sin necesidad de ponernos el despertador a las cinco de la mañana para aprender una nueva palabra, ni de llenarse la existencia de cursillos, exámenes, competiciones, llagas, penurias y sacrificios.

El talento es igual. Es un lenguaje en el que algunas personas saben expresarse desde niños y crece naturalmente con ellos, porque por alguna razón en vez de seguir el camino del bullicio y la agitación mental, estas personas supieron permanecer en silencio y escuchar.
El talentoso tiene la necesidad de expresarse en esta lengua con la misma necesidad que tenemos de hacerlo en la lengua materna y funciona como un resorte natural. Claro que a base de expresarse y expresare adquiere un dominio magistral de su propia lengua que puede eventualmente llevarle al éxito.
El talentoso a veces no sabe ni siquiera que lo es, a veces triunfa socialmente y otras veces se queda en las sombras hablando consigo mismo con una obsesión enfermiza, pero ya sea en la luz o en las tinieblas su obra nace de una necesidad puramente expresiva y sólo la naturaleza de su propio origen puede juzgarla.
El mundo está lleno de grandes talentos fracasados y de mediocres exitosos y de estos últimos tenemos hoy un poderoso ejército puesto que vivimos en un mundo incuestionablemente mediocre.
Yo creo que el talento es un idioma y ese éxito por el que tanto hay que luchar no es más que un impostor, un ser codicioso, un vendedor de quimeras y un charlatán. Un canalla y un rufián.

El verdadero éxito no sabe de esfuerzo, ni de llagas ni de sudor.
El verdadero éxito es no tener que ponerse el despertador, hacer durante el día lo que verdaderamente nos hace felices, acostarnos sin llagas en las manos ni lágrimas en los ojos y sonreír de satisfacción personal aunque no hayamos recibido ni premios, ni aplausos, ni matrículas de honor y seamos lo más grandes fracasados sociales sobre la Tierra.