Avanzada la cinta, ya revelados los misterios, dos hombres armados y una replicante de enorme fuerza, una «máquina» asesina, transportan a un envejecido Deckard. Reducido y esposado a la nave, poco queda del detective que se dedicó a capturar a las mismas «máquinas» asesinas que ahora deciden su destino. De pronto llega la ayuda, justo antes de llegar a las «colonias», donde multitudes de replicantes viven el infierno de vidas de trabajos forzados y torturas de las que solo se oyen rumores. La nave cae en la orilla, frente a la gran muralla de las colonias y tras un gran mar indomable que los separa de la ciudad. Su rescatista, otro replicante, busca liberarlo de la nave, empieza la lucha.

El prestigio del mar está más que establecido, el oleaje resuena en las astillas del Pequod, en la voz de Poseidón, en la soledad de Penélope. Siempre móvil, incansable, está inscrito en la tradición occidental siempre en un tono ambivalente: es un hogar milenario, la sopa primigenia, pero representa también lo que no podemos asir ni conocer. Sabemos de lo tangible, de lo estable, lo que en escala de los hombres habita nuestra normalidad, cada uno con sus caras y sus nombres. El mar, en cambio, no tiene un rostro que mostrarnos, nada más que un caos informe del que emerge alguna pesadilla o en el que nos sumergimos para no volver.

Deckard, en este contexto, se encuentra entre dos grandes masas informes, dos muertes simbólicas. Por delante, las «colonias» de replicantes y el mar que poco a poco inunda la nave hasta cubrirlo por completo. Afuera, luchan dos seres superiores a él en fuerza y juventud, pero no luchan por Deckard como tal sino por lo que sabe, lo que ha visto y vivido, todo ello a punto de hundirse junto a él en el mar. Imagen sugerente si recordamos aquel monólogo final de la mítica primera parte, aquellas lágrimas bajo la lluvia que no son más que los recuerdos que siega el olvido, la muerte.

Ya sea un robot soñador o un hombre que busca regresar a casa, nuestras memorias nos hacen ser quienes somos, crear colectividades e identidades, como un Ulises descubierto por llorar escuchando su propia historia. Es la dicotomía «experiencia-identidad» la que nos permite también hilvanar las nociones cotidianas de verdad, realidad o conciencia. De ahí que para los personajes de la saga Blade Runner, y para nosotros mismos, sea tan inquietante la sola idea de no tener recuerdos propios, de no haber vivido nuestras vidas. Sin identidad somos solo masa, como aquella «colonia» detrás de la muralla.

Ante esta duda, el discurso el Blade Runner 2049 apuesta por una identidad construida en el presente, casi una apuesta de fe donde nuestras acciones son las que nos hacen humanos. Pero no niega la necesidad de una historia que compartir, un símbolo por el que pelear. Frente al mar, los replicantes reclaman su humanidad, aferrándose a la promesa de un legado y una identidad propia y compartida. Por ello podríamos decir que, por muy futurista, el relato de Blade Runner 2049 no deja de ser continuista con nuestra forma de ver la realidad y construir nuestras identidades, pero, ¿hay otras formas de construir una identidad dentro el espectro occidental?

Divagando en torno al mar conectado a la lucha identitaria no cabe más en mí que pensar en Martín Adán y su Escrito a ciegas, donde se despliega una puesta en cuestión del ser y su afirmación y negación constante. Donde el presente, inasible, imparable, no hace de cimiento para una identidad basada en la rutina y la ficción de la cotidianidad, sino que sirve de ejemplo de aquel instante en que somos nosotros mismos y luego ya no. Como Deckard, Martin está entre dos mundos: la masa (la cultura, la ciencia, el ser social) y el mar, pero a diferencia del detective, este no ve en la orilla una salvación. La voz poética reconoce que la orilla y el mar son lo mismo, que la vida y la muerte son parte del mismo oleaje, que el animal (Martín) y el hombre (Adán) son el mismo: «Soy un animal acosado por su ser / Que es una verdad y una mentira» (vv 57-58).

Si el hombre de la aventura clásica lucha contra la naturaleza para reconocerse a sí mismo como diferente a la bestia y al monstruo, Escrito a ciegas elige a ese monstruo como signo de posible identidad, porque podemos ser todo, porque somos nada, porque lo «real» no está en nosotros, está en la poesía, está en el mar. Discurrimos así en una identidad fluida y caótica, de la que nada sabemos y que solo podemos perseguir:

La cosa real, si la pretendes
No es aprehenderla sino imaginarla.
Lo real no se le coge: se le sigue,
Y para eso son el sueño y la palabra. (vv. 40-43)

Porque mientras los protagonistas de Blade Runner 2049 buscan una afirmación, Adán nos enseña a soñar la contradicción. Lo que hacemos, nuestros roles y hábitos no bastan para describirnos la realidad, no basta la experiencia, no basta mirar al mirar el mar, hace falta reconocernos en él.

Si tomamos lo narrado en la saga Blade Runner como un ensayo social caemos rápidamente en cuenta de que mucha de su estructura nos remite a una lucha de clases, ya sea de índole económica o racial, donde quien se reivindica como igual a la clase dominante reivindica también su derecho a la justicia e igualdad. Frente a la pregunta ¿qué es el ser humano? El replicante diría: no importa qué eres sino qué haces, qué has visto, por qué has luchado.

Al otro lado, volviendo a la poesía de Adán (a veces Martín, siempre poesía), esta voz poética contesta a la misma pregunta con más preguntas. Porque mientras el relato de replicantes y humanos rehúye la pregunta por el ser en favor de gesta social, la poesía se alimenta de esa inagotable cuestión.

¿Quién soy? Soy mi qué,
Inefable e innumerable
Figura y alma de la ira.
No, eso fue al fin… y era al principio,
Antes de donde el principio principia. (vv 48-52)

 

Y entonces no es necesaria una verdad, porque el ser no es, no puede ser, ni verdadero ni falso. Describir una vida, construir una identidad, aferrarse a la orilla, poco dicen de la inefable marea.

Finalizo esta reflexión sobre Blade Runner 2049, o la excusa para hablar de Adán, ambos mundos con objetivos y referentes muy distintos, con la sensación que suele producir el hacernos conscientes de nuestra verdadera medida en el mundo, el ser intercambiables o que nuestro paso se plante en el vacío, donde nada podemos recordar. Creo que todo eso, compartido en estas dos obras bajo el signo del inconformismo, impulsa tanto a la voz poética de Escrito a ciegas como al replicante de Blade Runner 2049 a una odisea sin retorno, los hace irremediablemente humanos.

 


Poema de Martín Adán: Escrito a ciegas