La muerte de Fidel Castro esta mañana me ha traído al pensamiento a mi tía Mariluz.

Mariluz era la hermana de mi abuelo y tenía una tienda de muebles en el pueblecito en el que vivíamos. La tienda había sido en otros tiempos una ferretería de la que todavía se conservan fotos muy antiguas y estaba en la plaza Rosalía de Castro que era una de las muchas plazas que había en el pueblo, casi todas con sus fuentes en el centro y sus caños regurgitando agua.
La fuente de la plaza Rosalía estaba gobernada por una mujer de piedra. En su regazo sujetaba un montón de peces cuyas bocas abiertas de par en par escupían los impetuosos chorros de agua. Me parecían siempre aterrorizados esos peces, como si la tarea de irrigación les infligiese un doloroso tormento. La gente decía que la estatua representaba una mariscadora, pero a mí me parecía una sirena sin cola que tenía algo que ver con mi propia tía.
Las tres cuartas partes de la plaza estaban enmarcadas por tres fachadas. Una era la de la vieja casa de piedra con conchas de vieira y musgos rampantes, la otra la regentaba Sindo, el dueño del bar Rosalía, y la tercera era la tienda de mi tía. En el último lado del cuadrilátero, justo enfrente de la  tienda, había unas escaleras de piedra que separaban la plaza de la avenida principal donde el ruido de los coches se mezclaba con las notas musicales que se escapaban por la ventana de Doña Felisa, la profesora de piano.
En los días de calor, Sindo montaba su terraza y los hombres y mujeres del pueblo degustaban mostos y vermús con tapas de aceitunas y cacahuetes, mientras mi tía Mariluz jugaba al tenis contra la vieja fachada, fumando un cigarrillo tras otro e ignorando las presencias ajenas a sus espaldas. De vez en cuando su pelotita amarilla caía sobre la cabeza de alguna viejecita y Mariluz soltaba una de sus estridentes carcajadas con resonancias de tabaco negro al fondo de su garganta.

Mariluz andaba por los cincuenta cuando yo llegué a este mundo y ya debía andar por los sesenta cuando descubrí que mi tía era una mujer. Recuerdo la pregunta que años más tarde formularían también mis hermanos pequeños.
– Pero mamá, ¿la tía Mariluz es una mujer?
No es que hubiese pensado que mi tía fuese un hombre. No, no era eso. En realidad hasta ese día – y sin duda gracias a su existencia- nunca había sido consciente de que existía una ley universal que dividía tajantemente a las personas entre hombres y mujeres; sin embargo, y a pesar de que mi madre ratificó con contundencia su condición femenina, yo seguí intuyendo que mi tía vulneraba naturalmente esa ley y de paso muchas otras.

Mariluz era alta, delgada y desgarbada. Era tan enclenque como musculosa, tan vieja como joven y su piel estaba tan arrugada como bien curtida por el mar. Cuenta la leyenda que en su juventud saltaba de cabeza desde la punta del muelle y surcaba a brazadas todos los mares del pueblo hasta llegar al mar de la Isla que era el más lejano de todos. Fue de esta manera que mi tía se ganó el apelativo de sirena. Su hábitat era el océano y acudía a él como un borracho a la barra del bar. Salía del agua caminando como un viejo pájaro de mar, sus aletas en la mano y uno de esos gorros de ducha con estampados de flores coronando su atolondrada cabeza.
Su cabello era tan blanco como negro y ella misma se lo cortaba con las tijeras de la cocina sin mirarse al espejo. Lo llevaba siempre corto y el único peine que sus pelos alocados conocían era el de la mano huesuda de su dueña deslizándose de vez en cuando a través del cráneo. Tenía ojos de águila y sus pupilas agudas relucían como puñales de plata. Invierno, otoño o verano se vestía con los mismos pantalones de pana color naranja butano y unas zapatillas de tela por las que se asomaba a menudo un dedo gordo como la pata retorcida de un percebe. Paradójicamente, de cintura para arriba solía lucir suéteres de punto y angora de la mejor calidad e incluso de vez en cuando deslizaba, sutil y elegante, un pañuelo de seda de cachemira por su cuello de garza. Elegía siempre colores oscuros y sobrios que contrastaban con sus pantalones naranjas y sus  zapatillas verdes agujereadas. Solía jactarse de sus gustos refinados y de haber empezado a fumar a los once años de edad.
Conducía una bicicleta holandesa de color verde y un viejo Peugeot cargado siempre de colchones, marcos de pvc, tablas de madera y utensilios de carpintería y de playa; sus dos grandes pasiones. A veces yo la ayudaba con sus cosas y aprovechaba para revolcarme y saltar en los colchones del almacén. Los niños no parecían interesarle ni más ni menos que el resto de los humanos y guardaba una relación distante y socarrona hacia nosotros. Como al viejo Tackleton, el vendedor de juguetes de Dickens, a ella también le divertía hacernos regalos horribles y ver la expresión de espanto en nuestras caras de niños malcriados. Mi tía me trataba con el mismo tono de burla que trataba al mundo entero.
– Cristobalito (así me llamaba), ven aquí puñetera, que te voy a dar un pellizco en el culo
Mi tía era conocida en el pueblo entero por los pellizcos que iba propinando a diestra y siniestra en el culo de la gente y por las estrepitosas carcajadas que tales hazañas le causaban.

La mueblería era un lugar sin orden ni justicia. Cientos de tresillos, armarios y camas pernoctaban a sus anchas en aquel espacio descomunal. Una vieja moqueta roja escondía las irregularidades del viejo parqué creando una llanura de montículos y agujeros en donde mi hermano y yo jugábamos a las arenas movedizas. Si uno de los dos tocaba los agujeros se hundía en los pantanos de la triste moqueta y moría.
En el ala izquierda, en torno a una vieja mesa camilla, Mariluz recibía a sus innumerables amigas. Formaban estas mujeres una especie de comité de representación permanente. La representada en este caso era mi tía que siempre se las arreglaba para escapar y dedicarse a oficios más nobles como la playa o la carpintería.
– Urraca, Agustina, Margarita, atendedme cinco minutos el teléfono
– Toñita, Felisita, Pepita, quedaos ahí cinco minutos que ahora vuelvo, les decía.
Pero nunca volvía, y ellas acabaron por acostumbrarse a guardar la tienda, atender a los clientes y a pasar pedidos. Mi tía se refería a ellas como “las viejas” y nunca la vi sentarse entre ellas ni compartir sus charlas. A veces atravesaba la tienda a grandes zancadas con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo su cigarrillo y al pasar por entre el comité de viejas les gastaba alguna broma o las felicitaba por su infinita paciencia con palmaditas en la espalda, pellizcos y estridentes carcajadas. Luego se encerraba en su oficina, un lugar abarrotado de libros, papeles y botes de cristal que atesoraban sus colecciones de conchas de playa, donde pasaba horas fabricando cuadernos con recortes de periódicos y revistas y escuchando  Wagner a todo volumen.
***
Al lado de mi tía iba a menudo Margot.
Margot fue en otros tiempos el ama de llaves de mi bisabuela.
En la época en que vivía (y vivió hasta mis nueve años), mi bisabuela ocupaba el puesto central del comité de representación de la mesa camilla. Lánguida y serena observaba la plaza al otro lado del escaparate de la mueblería. Se sentaba en un sillón victoriano con estampado de flores y en su mano derecha sostenía un bastón de madera con el que parecía moderar el comité de las viejas y dominar el mundo. A veces hacía sonar una campanilla para llamar al ama de llaves.
–  ¡Margooot!, gritaba mi bisabuela como un pajarito sin fuerza
– ¡Yes, madam! Respondía el ama, complaciente y servicial como le habían enseñado sus precedentes dueños ingleses.
Tres cosas definían el carácter exquisito de mi bisabuela: su gusto por el mosto, el dalky de chocolate y el huevo à la coque que Margot traía en una bandejita especial con huevera y cucharilla de plata.
Cuando mi bisabuela murió, Margot dedicó su vida a mi tía Mariluz, no sin grandes esfuerzos y regañinas, pues allí donde durante un siglo había imperado el orden y la disciplina de los horarios, el sonido de la campanilla y las buenas costumbres, sólo quedó la ley del no sé, del espera y el ya veremos, que dejó en el viejo corazón de Margot un estigma profundo de orfandad e incertidumbre.

Margot era pequeña, achatada y rolliza, con una cabeza muy redonda cubierta por una pelambrera de perfectos tirabuzones negros. Seguía a mi tía esperando sus órdenes y preguntando cosas como si la señorita querría cenar algo aquella noche. Pero la señorita se alimentaba de lo que encontraba en la cocina, pan y queso y de vez en cuando un huevo frito que en realidad nunca supo freír como es debido. Sólo en los momentos especiales con su baraja de cartas y en pleno éxtasis de una partida al solitario, Mariluz atacaba el armario de su habitación donde ella misma escondía sus propios bombones de chocolate.
Ante tal situación de anarquía, Margot se sentía desorientada y sólo en los momentos en que iba a lavar las ropas al río recuperaba su verdadera identidad. En un barreño de estaño que dirigía magistralmente sobre su cabeza, Margot transportaba la colada de la señorita, las cortinas y las alfombras de la casa con un asombroso sentido del equilibrio, del ritmo y la armonía. Ninguna lavadora pudo convencerla jamás de las ventajas de la máquina, la técnica y el progreso.
Recuerdo un día en que las vimos desde el coche de mi padre paseando juntas por el pueblo. Mi tía iba delante encorvada y cabizbaja con su bañador mojado y su gorro de la ducha. Llevaba una toalla alrededor de la cintura y caminaba descalza a grandes zancadas escupiendo humo por la boca. Margot la seguía hierática y majestuosa, digna como una estatua de alabastro con su barreño en la cabeza y su mandilón a cuadros.
– ¡Mirad! Dijo mi hermano ¡Don Quijote y Sancho Panza!
Y todos reímos
***
Un día apareció en la habitación de Mariluz la foto enmarcada de un hombre barbudo.
En su casa había algunas fotos y cuadros de ancestros y tatarabuelos, y alguna más reciente de nuestros días, pero todas habían sido puestas ahí en la época en que mi bisabuela estaba entre nosotros y no me parecía propio de mi tía dedicar su tiempo a decorar las paredes con fotos de seres queridos y sobrinos malcriados, por esa razón aquella foto resultaba doblemente misteriosa. Aquel hombre no sólo no pertenecía a la familia sino que además su foto ocupaba un lugar privilegiado en el mismísimo cuarto de Mariluz.
-¿Quién es este señor de la foto?, pregunté a mi madre en cierta ocasión
– Es Fidel.
– ¿Fidel? ¿Y quién es Fidel?
– Un imbécil hija, un imbécil

A mis diez años lo que deduje de aquello era que mi tía Mariluz tenía un novio que se llamaba Fidel y que mi madre no aprobaba la relación amorosa entre él y mi tía, más aún cuando al hilo de ciertas discusiones airadas entre ella y mi madre, en las que palabras incomprensibles como comunismo, capitalismo, socialismo y marxismo parecían contaminar la atmósfera y enfrentar a mi familia, mi tía gritaba que se iba a Cuba con el tal Fidel.
Así empezaron los viajes anuales de mi tía a la isla. Viajaba siempre en navidades para ahorrarse de paso los aburridos compromisos familiares a los que de todas formas nunca había hecho ningún caso y su colección de conchas de playa aumentó significativamente. Estas son de Cayo Santa María y estas otras vienen de Ancón y estas de Saetía, decía mi tía, como si cada concha hubiese sido adquirida en una tienda diferente. A mí aquellos lugares me sonaban a los viajes de Gulliver y esperaba que me llevase con ella en su próxima expedición. Al principio creí que se escapaba por amor, pero con los años descubrí que aquel Fidel que tanto amaba mi tía era en realidad un horrible dictador que oprimía a su pueblo y perseguía a quienes no pensaban como él.
Eso decían en la tele y en la radio. Eso decía mi familia y los profesores del colegio y todo el mundo y eso mismo acabé diciendo yo también.

Una tarde de mis catorce años, mientras mi tía barajaba sus cartas, me fui a fisgonear al armario secreto donde escondía el chocolate. La caja de bombones estaba enterrada por pilas de libros y papeles entre los cuales encontré un álbum con fotos de hombres barbudos. Era una especie de revista que a modo de historieta iba relatando las andanzas de aquellos hombres y mujeres armados en un lugar llamado Sierra Maestra. Fidel, el amigo de mi tía, sonreía al lado de un tal Ernesto Guevara, una Vilma Espín y un Camilo Cienfuegos. Recuerdo que la historieta contaba algunas bromas del tal Camilo conocidas como “camiladas” y yo, todavía una niña pero casi una mujer, sentí una ligera simpatía hacia  aquellos barbudos. Eran los años noventa y las niñas de mi edad soñábamos con backstreet boys y otros rostros publicitarios del momento, pero la visión de aquellos tres hombres despertó en mí un extraño deseo, todavía tenue y hasta entonces desconocido. Miré de nuevo al tal Ernesto Guevara y de pronto me pareció el hombre más guapo del mundo.  Aparté enseguida tales pensamientos de mi cabeza y cerré la historieta de un golpe. Fui directa al salón y le solté a mi tía una de aquellas frases que ya había oído antes a mi familia: “¿Por qué no sacas la foto de ese barbudo dictador de tu habitación?”
Mariluz  dejó la baraja sobre la mesa. Me miró con un ojo medio cerrado y su cigarrillo entre los labios como si me viese por primera vez en su vida.
– Explícame las razones por las que aseguras con tanta firmeza que Fidel es un dictador, dijo.
Se las enumeré todas. La falta de elecciones, el aislamiento político, su obstinación al no querer ceder a ciertas condiciones de democracia y respeto a los derechos humanos en favor de su pueblo hundido en la pobreza, el hambre y la miseria, el sufrimiento de los homosexuales y de los refugiados en Miami. Yo me sentí orgullosa de mi respuesta, de haber demostrado a mi tía que sabía de qué hablaba, pero ella volvió a sus cartas como si yo ya me hubiese ido.  Empezó a repartirlas sobre la mesa  y sin ni siquiera mirarme, dijo:
Repites como un loro todo lo que oyes. Tu discurso es un discurso plagiado sin ningún elemento propio y sólo se sostiene a través de la reproducción, lo cual demuestra la falta de inteligencia que lo construye. En la escuela os enseñan a ser mediocres papagayos.
Y volviéndose hacia mí  me apuntó de nuevo con sus pupilas agudas como cuchillos de plata:
Las buenas respuestas sólo puedes hallarlas en ti misma. Cuando las encuentres hablamos, entretanto yo no pierdo el tiempo con papagayos mamarrachos.
Estaba acostumbrada a los desplantes de mi tía y agradecí que al menos no me hubiese llamado Cristobalito. Allá ella con su Fidel, sus partidas al solitario y sus extravagancias. En el fondo le perdonábamos sus rarezas precisamente porque era una rara y las personas raras suelen decir cosas raras e incomprensibles.

Tuvieron que pasar muchos años y muchas lecturas para llegar a entender las rarezas de mi tía.
Un día cayó en mis manos el contrato social y muchas obras siguieron a aquella.
Supe así que mientras había hombres que consideraban al hombre bueno en su estado de naturaleza, otros aseguraban que en realidad el hombre era un lobo para el hombre y que esta concepción dual era la piedra angular de la segregación ontológica y política del pensamiento humano. Fui profundizando en la historia colonial y en las venas abiertas de los países colonizados, aprendiendo así que la realidad política de un país depende de un pasado histórico que le es propio sin el cual no podemos juzgar su presente. Descubrí los complejos engranajes de la maquinaria de producción capitalista y su sistema bancario y abordé el concepto de lucro y el de plusvalía y, aunque nunca llegué a compartir el enfoque dialéctico-histórico del materialismo ni el materialismo mismo, entendí las razones filosóficas de Marx. Entendí asimismo las devastadoras consecuencias de la acumulación de capital y el significado profundo y abstracto del valor dinero tan bien reflejado en esa imagen del fotógrafo Sebastiao Salgado en la que millones de hombres, por voluntad propia, arriesgan sus vidas como bestias famélicas en busca de un poco de oro en la garganta minera de Sierra Pelada. Entendí que en nombre de la libertad, los hombres persiguen quimeras ante las cuales se arrodillan como esclavos y que la verdadera libertad reside en la sobriedad y en la disposición de nuestro tiempo de vida.
Me confronté al concepto de alienación, pero no llegué a comprenderlo realmente hasta que trabajando en un Mc. Donalds a mis veinte años, lo pude sentir en mi propia carne. Entendí muy tarde que ni los periódicos, ni la televisión, ni mis maestros podían enseñarme gran cosa sobre el hilo conductor que teje todas las épocas de la evolución humana y que sólo a través de la conquista de mi propia soberanía y a través de la extensísima historia del pensamiento humano podía llegar al epicentro de la revolución cubana que era a la vez mi propio epicentro y entender así a mi tía loca y a aquel barbudo de la foto.
***
Mariluz dejó este mundo el año en que empecé a hallar mis propias respuestas.
Fue dos meses antes de mi primer viaje a Cuba.
Nunca pude compartir con ella mis hallazgos, pero hoy varias conchas de Cayo Santa María y Ancón decoran los estantes de mi habitación y junto a ellas la foto de un hombre barbudo nos une a través de la Historia.