Aquella noche, le era muy difícil conciliar el sueño. Se movía de un lado para otro, tapándose y destapándose con las sábanas, cambiando la almohada de posición y nada. Incluso se levantó a miccionar para ver si calmando sus necesidades fisiológicas se encontraría más relajado para poder descansar por lo menos un par de horas antes de ir a trabajar. Miró la hora en su celular: eran las tres de la madrugada. Las tres de la madrugada, y su despertador estaba listo para sonar a las cinco y media. La habitación estaba muy oscura, aunque había dejado la ventana abierta, la ausencia de luna hacía que casi no se pudiera caminar a tientas en su cuarto. La cama cómodamente acondicionada- con sábanas limpias, almohadas suaves y grandes, y un colchón ortopédico- era un perfecto desperdicio si Manuel no lograba conciliar el sueño en ella. Felizmente su velador estaba junto a la cama, y ahí su celular, de ese modo podría utilizar la linterna del aparato, ya que le daba mucho miedo la oscuridad, y más después del terrible sueño que había tenido. No podía dejar de pensar en la pesadilla que lo había despertado a las tres de la madrugada. Un sueño terrible, uno de esos que no tenía desde que era un niño: él se encontraba durmiendo junto a su hermano, y su padre se acercaba a este último para taparle la boca y luego con un cuchillo lo apuñalaba en reiteradas ocasiones. Manuel, en su sueño, no atinó a hacer nada, simplemente dejó que mataran a su hermano y esa era la sensación que lo atormentaba al levantarse. Quizá era cierto, quizá era un verdadero cobarde y por eso no merecía volver a conciliar el sueño nunca más.