No hay nada más discutible que la definición del arte.

A lo largo de la historia hemos asistido a tantas definiciones como espíritus humanos y escuelas de pensamiento hay en el mundo. Desde los más  conservadores como Santo Tomás de Aquino para quien el arte era el recto ordenamiento de la razón, hasta el idealismo de Hegel para quien el arte no puede someterse al rigor científico porque proviene del espíritu y en este sentido es libre como un pájaro y puede transgredir cualquier norma.
A lo largo de la historia hemos asistido pues a este conflicto entre ciencia y espíritu o lo que es lo mismo, entre norma y error. Así hemos pasado de las escuelas clásicas y el espíritu académico a las corrientes subversivas como el impresionismo, el cubismo, el dadaísmo, el expresionismo o el surrealismo.

Este combate entre norma y transgresión sufre un colapso en 1917 con la presentación del  famoso urinario de Marcel Duchamp en una exposición de artistas independientes en Nueva York.  La obra de Duchamp fue ciertamente revolucionaria y abrió, en pleno vanguardismo, el debate sobre los límites del arte, estableciendo las bases del arte conceptual, es decir, la obra artística ya no como representación de lo bello o lo sublime sino como representación de una idea. A partir de la presentación de un objeto manufacturado que no es obra del artista pero que éste designa como obra artística –el  famoso ready-made–    Duchamp da un vuelco a la Historia del Arte.
El debate queda abierto, y por el orificio de su urinario brotan preguntas como chorros de agua buscando respuestas. Hasta ahí todo bien. Hemos entendido que el arte puede tener una función tanto estética como filosófica y que un objeto banal puede contener una multiplicidad de elementos artísticos: el estatus del objeto industrial, el sexo del objeto, el sentido del gesto creador etc.
Ahí debió quedarse todo, pero no fue así.
Desafortunadamente se nos olvidó tirar de la cadena.

En 1960 un tal Andy Warhol decide recuperar la idea de Duchamp, pero  ya no como idea sino como una verdadera invitación a reproducir retretes en cadena. Warhol va más allá del concepto y toma la obra manufacturada por una obra de arte en sentido literal  y, ni corto ni perezoso, abre las puertas de su Factory en cuyas cintas transportadoras circulan zapatillas, paraguas, latas de sopa o, algunos años más tarde, perros de goma, enanos de jardín, cabras y vacas en formol. Es así como el arte contemporáneo se convierte en una fábrica de productos en cadena dirigida por una élite de grandes empresarios cuyo objetivo último es la especulación. A partir del momento en que Warhol toma el mando del mercado artístico,  la batalla entre norma y transgresión deja de tener sentido. Cualquier persona puede ser artista, basta con encontrar el objeto adecuado. Ya no hacen falta clases de dibujo ni horas de academia; el uso de la cámara y el proyector se generalizan y con el tiempo van surgiendo impresiones gigantes en photoshop o proyecciones de fotografías coloreadas (movimientos fotorrealistas o hiperrealistas). El uso sin límites de la cámara, el proyector, los productos manufacturados y las instalaciones, neutralizan la norma y borran toda posibilidad de error o transgresión.

No me parece obra del azar que la última subversión en la Historia del Arte fuese nada más y nada menos que un retrete. A partir de ahí todo han sido reproducciones de esa subversión hasta alcanzar su paroxismo con la obra escatológica del empresario Jeff Koons, máximo representante de este movimiento puramente económico (ni siquiera produce él mismo sus obras sino que cuenta con una taller de trabajadores a su servicio que esculpen y dan forma a sus desbaratados proyectos).
La obra de Duchamp fue subversiva en su momento, pero la reproducción de una subversión deja de ser subversión y cae irremediablemente en la decadencia, el conformismo y la vacuidad.

En palabras de Jean Baudrillard, el arte contemporáneo se resume a una expresión y afirmación de sí mismo, sin reglas, a una defensa de intereses individuales. Y es este mismo anti-arte exaltador de la libertad individual que se vuelve enseguida intolerante ya que obliga a las personas a otorgar importancia y credibilidad a estas obras bajo el pretexto de que no es posible que sea nulo, así que debe “esconder algo”. El arte contemporáneo juega con esta incertitud, con la imposibilidad de un juicio de valor estético fundado y especula así con la culpabilidad de aquellos que no entienden nada, con aquellos que no han entendido que en realidad no hay nada que entender.

En palabras de Daniel Robert-Dufour en la obra artística hay un intercambio: yo observo la obra y la obra me observa a mí. Y me habla. Me habla sin que yo la comprenda necesariamente, pero de alguna manera penetra en los agujeros de nuestro sistema de pensamiento y convoca a nuestros sentidos. Sin embargo, el arte postmoderno ha entrado en una lógica muy diferente. En su egoísmo gregario, este arte no convoca a los sentidos, no hay intercambio.  Tan sólo exige ser contemplado de manera que ‘yo contemplo lo que quiero, cómo quiero y veo lo que quiero ver” .

Hemos llegado a un momento en que lo verdaderamente subversivo sería volver a la norma porque ella y sólo ella otorga la posibilidad de respetarla creando obras tan sublimes como las de la antigüedad, o de errar, creando obras tan humanas como las de El Greco o Van Gogh.  La norma y el error se necesitan,  se complementan y marcan los límites de la creatividad. Y como bien sabemos, en el arte como en la vida, limitarse es extenderse.