La  historia de las disciplinas hunde sus raíces en el siglo XIX y se desarrolla a lo largo del XX, cuando con el desarrollo industrial aumenta la necesidad de especialización profesional y las universidades se van adaptando a esta nueva realidad dirigiendo el saber universal hacia el saber particular. Nace así la figura del especialista, el técnico o el experto.
La disciplina opera siempre dentro de una circunscripción, de un dominio de competencias sin las cuales se presume que el conocimiento se dispersaría y se convertiría en algo vago e improductivo, hasta llegar a proclamar como una virtud la ignorancia de cuanto quede fuera del angosto dominio del especialista (el sabio-ignorante hombre masa del que hablaba Ortega y Gasset).

El especialista desconfía de las competencias del hombre no especializado o de aquel capaz de dedicarse a varias disciplinas a la vez, tildando de dispersión lo que es en realidad curiosidad por el conjunto del saber.
El especialista trata el objeto de la disciplina como un objeto en sí mismo, dejando de lado las relaciones de solidaridad de este objeto con respecto a otros objetos tratados por otras disciplinas. Así, la ciencia navega  sin la poesía y la poesía sin la ciencia. La música ha olvidado las matemáticas y éstas la botánica. Incluso el sexo se ha especializado con la pornografía dejando de lado la mística. El escultor que además de escultor, es abogado, político o músico será visto con desconfianza y deberá adaptar su currículum a una u otra disciplina en caso de dirigir sus intereses profesionales  al mercado de trabajo. Si Leonardo da Vinci tuviese que redactar un currículum hoy en día, veríamos escrito en el campo de su profesión: pintor, anatomista, arquitecto, paleontólogo,​ artista, botánico, científico, escritor, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta y urbanista. Por supuesto ya nadie podría tomar en serio a  semejante individuo.

Este espíritu especializado es el mismo que nos lleva  a desarrollar un comportamiento obsesivo con la propiedad  privada prohibiendo cualquier incursión extranjera en “nuestra” pequeña parcela de conocimiento (se me viene a la cabeza la obcecación contemporánea con las patentes, marcas, derechos de autor y el delito de plagio, hasta llegar a niveles que rozan el ridículo. Pongo por ejemplo la apropiación de citas, como si un ser humano ya no pudiese tener la misma idea que su antecesor sin estar delinquiendo).
Etimológicamente, la palabra disciplina quiere decir azote o instrumento para auto flagelarse, por lo que podemos decir que hoy se ha convertido en un modo de flagelar a aquél que ose aventurarse en el dominio de ideas que el especialista considera exclusivamente de su propiedad privada.

Como artista no puedo concebir el estudio y el tratamiento de una sólo disciplina sin sentirme limitada.  Cualquier conocimiento en cualquier campo me resulta esencial para la construcción de una obra; desde la economía hasta la botánica pueden ser importantes a la hora de componer un retrato y ya ni qué decir de un relato. De la misma manera que el poliglotismo enriquece la lengua materna gracias a la transferencia de palabras, la interdisciplinariedad enriquece la obra del creador o del científico gracias a la transferencia de aprendizajes.  Una mente abierta en el estudio de cualquier objeto me parece esencial y esto va de la mano del autodidactismo.  ¿Qué le ha ocurrido a esta maravillosa capacidad humana de aprender por uno mismo, con sus propias manos y su propio cerebro? Vivimos en un mundo de coaches, másters y formadores que nos reducen a un estado casi vegetal en el que ya no somos capaces de emprender nada si un experto no nos lo explica antes. La especialización anula nuestra autonomía y nuestra capacidad innata de aprendizaje. Nos vuelve mediocres y nos infantiliza.

Iré incluso más lejos afirmando que, a mi modo de ver, el desconocimiento a menudo contiene más riqueza creadora que el conocimiento. Por ejemplo suele ocurrir que una mirada naïve de un amateur completamente ajeno a la disciplina sea capaz de resolver un problema cuya solución resultaba invisible a los ojos del científico especializado. Darwin por ejemplo no necesitó una formación universitaria. Ni siquiera poseía una formación específica como biólogo, aparte de su pasión innata por los animales y su afición como coleccionista de coleópteros. En palabras de Lewis Munford “Darwin escapó a esta especialización unilateral que es fatal para una plena comprensión de los fenómenos orgánicos”.

En palabras de Goethe, cuya capacidad integradora de la ciencia y la mística ha sido ejemplo para muchos pensadores desde Carl Gustave  Jung hasta Einstein “Cuando  reparamos  en  los  objetos  de  la naturaleza,  y  en  particular  en  los  vivientes, deseamos  tener  una  visión  de  conjunto  de  su ser  y  de  su  actuar,  y  creemos  que  podemos lograr   mejor   ese   conocimiento   mediante   la descomposición   de   sus   partes, pero está lógica no está exenta también de desventajas como la imposibilidad de recomponerlo o devolverlo a la vida. Por ello han existido hombres de ciencia en todos los tiempos que se han sentido impulsados a conocer  las  formaciones  vivientes en  cuanto  tales,  a  comprender  en  sus  mutuas relaciones  las  partes  externas  y  tangibles  considerándolas  como  indicaciones  de  su  interior, y  así  dominar  la  totalidad  mediante  la  intuición” (La metamorfosis de las plantas).

Por cierto, el caso más dramático de este aislamiento disciplinar me parece el de la filosofía, tratada como una parcela aparte, desconectándola de la ciencia y de las artes, hasta llegar al punto de considerar la posibilidad de suprimirla como objeto de estudio, lo cual por supuesto es un despropósito y un sinsentido , pues no hay nada más transversal que la filosofía. Ella por sí sola reside en el alma humana y sin ella no podemos  abordar ninguna de las otras disciplinas. ¡Disciplinas, digo! En realidad, sin la filosofía ni siquiera podemos abordar nuestra propia vida como seres humanos. Sin ella nos está vedado el mismo autoconocimiento que es la clave de nuestra individuación y plena realización. El pensamiento filosófico reside en el corazón de cualquier obra, teoría o religión. El pensamiento filosófico es la base de nuestra construcción como seres humanos y sin filosofía desaparece todo lo demás. La simple posibilidad de que una idea semejante pueda atravesar  la cabeza de ciertos homínidos (“especialistas” en la necedad y la majadería), ilustra hasta qué punto nuestra sociedad ha enloquecido y vive en un estado de enajenación, ceguera y demencia total.

En palabras de Edgar Morin “toutes choses étant causée et causantes, aidées et aidantes, médiates et immédiates, et toutes s’entretenant par un lien naturel et insensible qui lie les plus éloignées et les plus différentes, je tiens impossible de connaître les parties sans connaître le tout, non plus que de connaître le tout sans connaître particulièrement les parties“.

 

***

La pintura es de Goran Djurovic

Anuncios