El gusano recogió su cuaderno de anotaciones, agregó tinta a su pluma y escribió con habitual inspiración:

He recorrido cada extremo de esta manzana y no deja de decepcionarme. Su cáscara rojiza promete mucho; pero le falta corazón y pulpa. Prisión anodina. Falta de jugo en el fondo. Vitaminas huecas. ¡Ni siquiera tiene gajos! En resumen, nada de nada.

Esa manzana indigna fue recogida por un agricultor ignorante. Un muchacho distraído la escogió en el mercado y el contenido de esa pieza fallida acabó en el pastel de un conocido restaurante. Un crítico culinario, con solo veinte años de experiencia y cinco premios en su haber, probó peregrinamente la pieza que lo llevó a escribir una insulsa nota sobre la frescura y calidad de los ingredientes. La especie humana cayó en su embuste y ahora todos buscan abrir la manzana para ver su interior; cuando la forma correcta es preguntar a un gusano reseñista que ostenta su mal juzgada sabiduría y cobra por ser consultado sobre manzanas no profanadas.