¿Alguien sabe cuándo y dónde nació Internet? Fue en 1969, en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Esa fue la primera vez que dos computadoras, una situada en el campus, y otra en Stanford, a más de 500 km. de distancia, lograron conectarse. Fue una conexión fugaz. El objetivo era simplemente establecer la conexión, lo que en la fea jerga de los informáticos de hoy se suele llamar “loguearse”. Para hacerlo se necesitaba transmitir solamente 3 letras: L-O-G. Sin embargo, después de la segunda letra, la conexión se cortó, inagurando, simultáneamente con su establecimiento, la primera caída de la red. De modo que el primer mensaje transmitido por Internet fue este: LO. Y Leonard Kleinrock, uno de los científicos involucrados en este esfuerzo, recuerda una vieja expresión del inglés del siglo XVIII usada para expresar sorpresa: Lo and Behold!. De modo que Internet nace con la sorpresa, y no ha dejado de sorprendernos hasta el día de hoy.

Así comienza Lo and Behold. Reveries of the connected world, el (pen)último documental de Werner Herzog. Herzog tiene una larga y sólida trayectoria como documentalista, con algunas obras maestras como Grizzly Man (2005) y Encuentros en el fin del mundo (2007). Estos, como muchos de sus otros documentales, se caracterizan por internarse en territorios inhóspitos y lejanos, ya sea el polo norte, el desierto, la cima de una montaña, o las profundidades de una caverna. El director ha declarado varias veces estar en búsqueda de imágenes inéditas, lejanas de las imágenes gastadas que nos ofrecen todos los días la televisión y la publicidad. Quizás por esto es conocido en el mundo del cine como una especie de “ludita” (Luddite, en inglés), es decir alguien que tiene cierta aversión por la tecnología. Herzog no tiene cuenta en ninguna red social (afirma que su red social es la mesa de la cocina, con espacio para 6 personas), no usa celular excepto cuando está en un rodaje. Es pues insólito que haya aceptado el encargo de explorar, en lugar de una tierra infranqueable, el mundo de la interconectividad en la que todos hoy vivimos. Al mismo tiempo es afortunado, pues su perspectiva externa hace que descubramos de una forma totalmente nueva aquello en lo cual andamos inmersos. Herzog se interna en el territorio de la red global como en la selva amazónica o en el pozo de un volcán: lleno de fascinación y de terror.

El documental está dividido en 10 capítulos que marcan una pauta casi musical, con giros y contrapuntos. Luego de un breve paseo nostálgico por los años tempranos cuando todas las personas que usaban internet en el mundo podían ser listados en una suerte de guía telefónica, con sus direcciones electrónicas al lado de las reales, Herzog pasa a explorar las fascinantes posibilidades que en el futuro puede permitir la conectividad y que ya se están desplegando ahora; así como también, el lado oscuro y siniestro que ha desplegado la red.

Por un lado, la enorme transformación que ha significado en nuestras vidas la aparición de la red global puede ser solo el principio de una serie de cambios por venir que aún suscitan nuestro asombro. Uno de esos campos es el de la robótica. Aunque esta ciencia tiene una historia de más de medio siglo, y en el documental no queda claro cuál sería la relación entre internet y los actuales desarrollos de la robótica, no deja de ser interesante observar a robots tan variados como los que presenta Herzog. Por ejemplo, un “chimpancé” capaz de ejecutar algunas tareas simples como abrir puertas y válvulas, y que podrías ser usado para ingresar en lugares riesgosos para el ser humano, como una central nuclear. También hay un equipo de robots que juegan fulbito de mesa, son campeones de la RoboCup, y tienen su estrella, el robot 8, a quien su creador compara con Messi y Ronaldo. Otro campo es el de los automóviles autoconducidos, que ya tienen un gran nivel de desarrollo y participan en carreras. Las preguntas que surgen son éticas: ¿Quién sería responsable en caso de un accidente? La colonización de Marte, viejo sueño futurista, se vuelve a poner sobre el tapete de la mano nada menos que de Elon Musk, el creador de Paypal y pionero de los autos eléctricos, que con SpaceX ya ha empezado a producir cohetes, con el objetivo de crear en Marte un invernadero y una colonia, con interconexión de internet con la tierra, para que sus habitantes puedan enterarse del resultado de la Serie Mundial. El concepto de “Internet del yo”, que permitiría, solo con el pensamiento y sin realizar ninguna acción manual, escribir mensajes de texto, regular la temperatura de una habitación, poner música y operar los artefactos domésticos, está respaldado por los avances de la neurociencia.

Por otro lado, Internet también sirve para que se manifiesten los aspectos más oscuros de la psicología humana, tanto a nivel individual como de los Estados. Una familia norteamericana, cuya hija perdió la vida en un accidente automovilístico, recibió correos electrónicos anónimos con fotografías de la cabeza desmembrada, detalle que los médicos forenses habían tenido la discreción de ocultar a la familia. La madre califica a Internet como la expresión del Anticristo. En un país repleto de adictos y clínicas de rehabilitación, no podían faltar los adictos a la internet, o más exactamente, a los videojuegos en línea, que cuentan historias de horror sobre cómo su vida se redujo a jugar, dormir y emborracharse, sacrificando trabajo, pareja y familia e incluso, en un caso mencionado indirectamente, comprometiendo la vida de un bebé. Más extraño es el caso de las personas que son afectadas por las ondas electromagnéticas y se ven obligadas a vivir, sino en una jaula de Faraday, en los poquísimos lugares de EE. UU. donde no hay señal de celulares ni internet. Aquí conviven junto a los astrónomos que operan los radiotelescopios, que buscan recoger señales del universo más distante, débiles señales intergalácticas que corren el riesgo de ser acalladas por el espectro eletromagnético. Los exiliados de la red se reúnen por las tardes a tocar música country. Desde las revelaciones de Julian Assange, sino antes, es sabido que los Estados, incluso los democráticos, espían a sus ciudadanos y que nuestra huella digital nos hace vulnerables. Un reticente militar dedicado a temas de ciberseguridad declara que estamos en una guerra virtual de la que ni siquiera nos hemos percatado. Los hackers son los héroes y villanos a la vez en este conflicto y uno de ellos explica cómo hasta el más sofisticado sistema de seguridad es vulnerable al error humano. ¿Qué pasaría si un día colapsara todo el sistema de internet en mundo? Algo que perfectamente podría ocurrir debido a una explosión solar, evento que se repite con relativa frecuencia en términos astronómicos. La última de gran magnitud ocurrió en el siglo XIX y afectó toda la telegrafía, el sistema más avanzado por entonces. Nos hemos acostumbrado a confiar tanto en la red, para absolutamente todo, que se estima que su interrupción total y abrupta provocaría cientos de miles o millones de víctimas reales.

Esas son algunas de las apasionantes historias que desarrolla este documental. Parte de su fuerza radica en que Herzog, en lugar de interesarse por los detalles tecnológicos, busca siempre el lado metafísico, lanza preguntas “incorrectas” e impensadas y nos deja aún más sorprendidos con las respuestas: “¿Crees que estos robots podrían competir con la selección brasilera de fútbol?” Resulta que ese es precisamente el objetivo de estos ingenieros para el 2050. “¿Crees que la Internet puede soñar consigo misma?” Neurocientíficos, astrónomos e informáticos toman en serio la pregunta y sorprenden con las respuestas.

La nueva jungla ya no es ni siquiera de asfalto, sino virtual, y sus fieras son robots y hackers. ¿Quién mejor que el intrépido soldado del cine para guiarnos por ella?

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