Mi abuelo, que aparte de físico, matemático e investigador es también historiador, filósofo y literato, ha llevado siempre consigo sus cuadernos de invenciones: Unas libretas escolares en las que a lo largo de su vida ha ido anotando e ilustrando los inventos y proyectos que se le iban ocurriendo: máquinas para pelar pescado, dispositivos de seguridad aeronáutica, artefactos de burbujas y pompas de jabón, respiraderos de aire puro o armamento anti-mosquitos.
Cuando le preguntábamos que qué pensaba hacer con todo aquello, nos respondía que por supuesto patentarlo.
– Ya lo patentaré un día. Siempre hay tiempo para patentar, decía.
Hoy, a sus noventa años sigue escribiendo sus cuadernos de invenciones y sigue diciendo que ya los patentará.
Por supuesto mi abuelo no se toma muy en serio ni sus inventos ni el derecho de patente, y ello a pesar de que alguno de ellos llegó a ver la luz.
El caso más significativo es sin lugar a dudas el de la máquina de pelar pescado.
Cuenta la leyenda familiar que en cierta ocasión construyó una enorme máquina que permitía introducir el pescado con piel por uno de los extremos y sacarlo completamente limpio por el otro; creo que sin espinas y todo. Cuando yo vine al mundo, la máquina ya había pasado a la Historia y se había convertido en leyenda.
Un buen día, en uno de aquellos veranos en la sierra madrileña, mi hermano y yo jugábamos a los exploradores en las tinieblas del garaje de mi abuelo; un lugar repleto de trastos, cajas, artilugios y filas interminables de estanterías polvorientas que albergaban desde tiempos inmemoriales sus colecciones de periódicos, revistas y arañas. Por entre una de las esquinas de aquella vasta hemeroteca abandonada, vimos un bulto cubierto por una colcha blanca asomándose como un fantasma. De pronto mi tío apareció por detrás y señalando el bulto, nos dijo:
– Mirad, ahí está. La máquina de pelar pescado.
Nos quedamos mudos y paralizados ante la magnitud de tal descubrimiento.
No me atreví a dar ni un paso más ni tampoco a tirar de la colcha. Tal vez porque por primera vez en mi vida comprendí  el valor de lo sagrado y el acto impío y sacrílego de la profanación. Así que lo único que hice fue contener la respiración durante unos minutos y salir corriendo del garaje inmediatamente después.

***
Otro caso de afición a los cuadernos es el de mi padre que a sus diecinueve años se convirtió en el capitán más joven de la marina mercante. Durante aquellos tiempos de juventud navegó todos los mares y océanos de la Tierra y algún que otro río amazónico, al tiempo que estudiaba en su camarote la carrera de Derecho. Cuando yo fui concebida en uno de aquellos viajes, mi padre se vio obligado a cambiar los océanos por las leyes. A pesar de ello, nunca renunció a la buena costumbre de escribir sus diarios de bitácora, ni siquiera durante sus últimos años de rutina funcionarial al servicio de una administración local en un pequeño pueblo de mar, desde cuyo puerto contempla los barcos que vienen y van.
Cada día de su existencia, desde que surcó los primeros mares hasta hoy, está recogida entre esas páginas que siempre obedecen a la misma estructura narrativa: tras una descripción meteorológica sucinta y un análisis introspectivo de su estado de ánimo, cierra la narración alguna nota o anécdota de la jornada doméstica o profesional, sin entrar nunca en detalles.

Por mi parte, yo también he heredado esta costumbre familiar del cuaderno.
Durante mucho tiempo he ido anotando cosas por aquí y por allá, dibujos, frases sueltas, algún sueño que otro.
A pesar de no haber heredado ni el orden ni el rigor de mis predecesores, la verdad es que con la creación de mi página web nació de pronto una verdadera necesidad de dar forma a todas esas ideas que vagaron durante años por los pasadizos, túneles y galerías de mi espíritu, como fantasmas sin dueño.  Así que un buen día fui en busca de todos esos retazos de palabras que poblaban mis cuadernos y poco a poco las fui recomponiendo.
Mi  primer relato surgió hace menos de un año y medio y la verdad es que desde entonces no he parado de escribir.

La intimidad del agua es mi primera recopilación. Veinte relatos  acompañados de su correspondiente ilustración (algunas son mías y otras de los artistas y amigos Reginald Nowe y Alain Godefroid).
También han surgido dos novelas cortas: “El carpintero de la rue Wery” y “Crónicas de la Comisión Alfa” (esta segunda en camino) de las cuales espero hablar en el futuro.
Dicen que dar a luz un libro es como dar a luz un hijo. En mi caso doy a luz por primera vez y por partida doble ya que espero en los próximos días el nacimiento del pequeño muso que ha dado título a la recopilación de relatos y a quien por supuesto dedico la obra.

Como vivo en un mundo absolutamente ajeno al de la editorial y carezco de paciencia y valor para desarrollar actividades emprendedoras en un mercado tan saturado como es el del libro, he optado por dar un primer paso publicándolo en mi página web en formato pdf y de manera gratuita. Algunos de los relatos ya han sido publicados en esta revista (“El día que conocí a Fidel”, “Leo, el amigo invisible” y “La casa de los gatos”) y otros en mi blog.

Al igual que mi abuelo, yo también prefiero decir eso de “Ya lo patentaré un día. Siempre hay tiempo para patentar”.

Leer “La intimidad del agua” en formato pdf.

 

 

Anuncios