Hace ya varios años, una universidad privada convocó a un concurso de cuento para escritores nuevos e inéditos, cuyo único premio era la publicación de los mejores trabajos en un volumen. Sorprendentemente o no, tuvo gran acogida y se organizó una jornada de lecturas para presentar a los nuevos talentos. Uno de los más jóvenes, al avistar a uno de los escasos periodistas que se animaron a cubrir el evento, después de asegurarse de aparecer en la foto, le dijo al reportero: “Pon que soy polémico”.

 

Según la Real Academia, polémica, sinónimo de controversia, es la “discusión de opiniones contrapuestas entre dos o más personas.” Y como adjetivo será, pues, todo aquello que provoca polémica. Y en este sentido se usa para decir, por ejemplo, que el indulto a Fujimori es polémico, es decir, que hay bandos enfrentados al respecto. Pero el uso del lenguaje, que siempre va más allá de las secas definiciones, tiñe a esta palabra (coherente o irónicamente), además, de otros dos sentidos contrapuestos: uno negativo y otro positivo. En sentido negativo, decir, por ejemplo, que la propuesta de un candidato presidencial de bajar el precio del gas a 18 soles por balón es ‘polémica’ (se suele agregar: “por decir lo menos”) es una manera de desautorizarla sin dignarse a discutir los detalles del asunto, de echarle una sombra de duda garantizada únicamente por el adjetivo. Decir que algo es ‘discutible’ o ‘cuestionable’ (adjetivos eximidos de cualquier relumbre positivo) no indica, literalmente, otra cosa que la posibilidad o necesidad de someterlo a discusión, pero la connotación es por supuesto muy distinta. En política, en administración, en crítica literaria o en ciencias sociales, calificar una hipótesis de ‘polémica’ equivale a tacharla de francamente mala o equivocada, pero reconociéndole, al mismo tiempo, un costado innovador, novedoso u original. Novedosa, pero falta de rigor; atractiva, pero poco seria. ¿Bajar el gas a 18 soles? Qué buena idea, pero ¿cómo se va a hacer?

 

Si nos trasladamos al imperio del espectáculo o al inframundo de la creación artística, ser ‘polémico’ se vuelve deseable, una especie de medalla que muchos intentan ganar. Así: “la polémica cantante Lady Gaga (o Madonna)”, “el polémico narrador arequipeño César Gutiérrez”, “el polémico conductor de televisión Jaime Bayly.” ¿Por qué la inversión de sentido? Obvio: porque en estos terrenos la innovación y la originalidad son un valor en sí mismas, y poco importan el rigor y la sensatez. ¿Quién quiere ser, a la hora de la hora, el “erudito poeta”, el “impecable guitarrista” o el “riguroso comentarista”? No, esto cuesta demasiado trabajo y brinda escasos réditos. Mejor cortejar el escándalo, atreverse a decir descaradamente lo que los demás piensan pero callan, violar alguno de los muchos tabúes sociales y aparecer en primera plana, o por lo menos, en una foto individual y con leyenda. Pon que soy polémico. Ya habrá tiempo para insultar a los poetas de la generación anterior, para deambular borracho por los bares buscando pelea, para escribir loas a la pedofilia e invocaciones satánicas, para inventar, en fin, cueste lo que cueste, alguna polémica. Tan difícil no puede ser.

Anuncios