Con la misión de velar por la educación de mis hermanos, y aprovechando mi época de desempleo, tuve el encargo de visitar centros educativos (después de más de 7 años) para buscar información, recoger libretas, renovar matrículas, hacer colas bajo el sol, equivocarme de cola, etc. En medio de mi travesía por tres colegios diferentes llegué a una constatación evidente, que en mi época de colegial apenas advertía: desde la encargada de la puerta, la secretaria de mesa de partes, los padres de familia en la cola, hasta la subdirectora que me atendió para hablar sobre la matrícula, eran mayoritariamente mujeres.

No faltaban, conmigo mismo como ejemplo, algunos varones extraviados, papás resignados, maestros que atendían alguna consulta al paso y un profesor que me hizo la entrega de los libros para el año escolar. El punto es que las que hacían que todo funcionara eran mujeres. Quizá sea el contexto socioeconómico, quizás una triste coincidencia, pero bastaba estar ahí y ver que aquello era un matriarcado. Las madres de la fila comentaban a ratos, no sin algo de malicia, sobre un director que no se aparecía para hacer su trabajo, lo cual no era del todo cierto, lo vimos llegar en su auto, detenerse a conversar alegremente con otro señor, volver a subir a su auto, irse.

¿Es esto es algo negativo? Por su puesto no. Sin embargo, me parece inocente pensar que sea algo necesariamente celebrable. No cuando tenía a esas mismas madres alrededor mío contando el mismo drama: «Estoy aquí porque mi esposo no quiso venir». Algunas habían pedido permiso en sus trabajos, algunas cargaban con sus bolsas del mercado, pero estaban ahí, en el terreno que parece que hemos olvidado pisar. Cosa que cambia dramáticamente en niveles superiores de educación, como las universidades o institutos.

Aquí la cuestión: ¿Nuestra educación escolar es institucionalmente de mayoría femenina porque creemos que las mujeres son mejores para ello o porque creemos que ellas son quienes deben hacerlo? Y así, como cuando pensamos en quién lava la ropa o prepara la comida, pensamos que quién educa a los niños debe ser de mujer, reafirmando una vez más roles de género ya obsoletos. Reafirmando la verticalidad que marca nuestras interacciones sociales desde la más temprana formación, haciendo de los educandos y los educadores otro subalterno.

Del «ángel del hogar» a la maestra

Pero más allá de esta proclama, algo altanera e imprecisa, quería adentrarme más en este rol femenino. Un estudio bastante pormenorizado y de lectura recomendada es la tesis de Edwin Ruben Bejarano Grandez, titulada Elvira García y García (1892 – 1951): Mujer y educadora dentro de los procesos modernizadores de la Educación de la Infancia en el Perú. Donde podemos encontrar un mapeo del cómo pasó la mujer de estar apartada de toda actividad académica a ocupar en la educación un lugar «natural».

Revisando este extenso estudio podemos apreciar un hecho más que interesante: La introducción y el acceso de la mujer a la educación acompaña el proceso de modernización de nuestro país tanto a nivel económico como político. La mujer siempre ha estado ligada social y culturalmente a la educación y esta relación se ha basado en su género, a las ideas de la maternidad, la sensibilidad y la moralidad.

En la mente de los nuevos gobernantes y educadores, una vez iniciada la república, la meta era crear una noción de país y una noción de civilidad que solo se podía lograr a través de la educación. Para ello había que educar a una población en general, pero también a las mujeres que les darían sus primeras lecciones en el seno del hogar. Con esta idea las primeras jóvenes ingresaron a los colegios con una currícula similar a la del varón, pero siempre diferenciada en cuanto a enseñanza técnica, al oficio del hogar, pero sin acceder a cursos relacionados a la administración de la ciudad, economía o política, exclusivos para varones.

De esta manera la razón de la mujer en la educación ha estado íntimamente a su género, a su lugar en la familia y, nuevamente, su lugar en la sociedad. Era evidente, para la sociedad de la época, que era una mujer quien debía darle el calor y la enseñanza moral a los más pequeños, enseñándoles a querer ese «segundo hogar», algo que no se les exigía a los profesores varones (140). Es decir, podemos afirmar que la mujer sale del hogar, donde era el «ángel del hogar», defensora de la moral y el confort de sus habitantes para trabajar de madre como profesora o prepararse para serlo como estudiante.

El maestro y el padre

Pero si hay algo que Bejarano ha destacado también es que desde siempre se criticó un modelo de escuela que no estuviera en contacto con la realidad (43), la inconformidad con una enseñanza que en sus primeros momentos estuvo ceñida a la teoría, sin instrumentos, sin practicidad ni ejemplo y sin profesores con un conocimiento suficiente de sus materias.

Del mismo modo, después de ya casi 200 años, los tiempos siguen cambiando y necesitamos una educación que se adapte a las nuevas formas de entender el mundo. Esto no quiere decir que haya que romper con la metáfora «casa-escuela» o «madre-maestra», lo que debe cambiar es nuestra actitud frente a ella, dejar de entenderla como un terreno de mujeres en base a pensar que es la mujer quien debe encargarse del hogar como de servir al varón y lavar los platos.

Pensemos también en los padres, que se niegan a sí mismos ese lugar dentro del hogar y el colegio, por fastidio o por temor a verse inferiores, denigrados de su papel de jefes a empleados. Pensemos también en el maestro, que no comparte ni juega ni emociona, sino que manda y se hace obedecer.

Hoy, que más que nunca entendemos que un hogar debe ser horizontal, que debe educarse con el ejemplo y respetar la identidad de quienes nos rodean, podemos también dejar de ver a quien cuida, quien limpia, quien enseña, como un subalterno, por debajo de quien abastece y controla. Porque mientras veamos el espacio doméstico como un espacio de inferiores la metáfora «casa-escuela» también estará contaminada de ese mismo prejuicio.

Estos son nuevos tiempos, necesitamos una nueva escuela.

Bibliografía:

Bejarano Grandez, Edwin. Elvira García y García (1892 – 1951): Mujer y educadora dentro de los procesos modernizadores de la Educación de la Infancia en el Perú. Tesis para optar el título profesional de Licenciado en Historia. UNMSM, Lima-Perú 2011. Disponible en: http://biblioteca.pucp.edu.pe/martin-adan/tex_esc.htm

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