Queridos lectores:

Les comparto un tercer adelanto de Lágrimas del cielo sobre el mundo. La novela que cierra la trilogía de ciencia ficción Fines y reinicios de la Tierra.

III

Fetidez. Esa palabra se repite por mis narices y hace que vea las nubes hacia colores más oscuros.

  • ¿Son ellos?
  • Sí, querida Lena -le respondo-. Tenía un leve presentimiento, pero ahora está mucho más claro. Los monstruos están moviendo fuerzas a lo largo de la tierra… Y tenemos el mayor tesoro para ellos justo a nuestro alrededor.
  • ¡Entonces, vamos!
  • Sí, corazón. Es hora de que te lleve y veas lo mismo que yo -le digo, apuntando a mi cabeza.

 

No está lista. No está lista. ¡La vas a matar! ¡Y será tu culpa!

 

No, querido. Eres tú el que no está listo para desaparecer…

 

Lena se posa en mi cabeza. Apenas puedo sentir su presencia, de no ser por la sensación de mis órganos palpitando, la disminución del zumbido en mi oído y la percepción del bombeo de mi sangre. La voz se esconde. Mis ojos se sienten más en el interior de mi ser, como escondiéndose en la profundidad de una caverna.

La lista de cazadores se reduce frente al campo magnético de mi escudo personal. Disparo fuego por las manos. Salto y aterrizo golpeando los lugares donde se atrincheran. Se aterran de mi presencia. Siguen atacando con instinto y sin convicción. Fracasan.

Me acerco a una batalla desigual. Los invasores arrojan redes eléctricas a un hombre que cuida a su hija indefensa. Él recibe la descarga y ella grita por los dos. Arrojo una descarga similar a los agresores. Se vuelven a levantar mientras retiro las redes del hombre herido. Disparo cargas letales hacia los tres enemigos más cercanos. Tomo sus armas. La hija cura a su padre a través del tacto. Registro su habilidad. Me agradecen. Me siento más agradecido que ellos.

Recibo lecturas de la nueva Juvy. Había sobrevivido al ataque satelital. La convoco para auxiliar heridos. Demorará quince minutos. Detengo cinco disparos a mis espaldas y un sexto me hiere en el hombro izquierdo. El agresor disfruta su proeza, pero siente la opresión de mi mirada. Dispara dos, tres, cinco, diez, quince veces.

  • ¡Tú eres el monstruo! ¡Tú eres el monstruo!

Lo dejo inconsciente. La mente de Lena acaricia mi rostro y me dice que no lo escuche.

Ayudo a Diana y pongo a prueba mi nueva  habilidad de imposición de manos. Converso con ella. ¿Dónde están Evelyn y Daniel? Me alejo. ¿Por qué no le pregunto a Diana por ellos? ¿Mi piloto tendrá que ver en todo esto?

Me inspira cercanía de la batalla. Me vuelven a llamar “monstruo”. Suspiro la falta de olores agradables. Los únicos que vienen son de quien me consuela y de quienes agradecen su rescate en el medio de la consternación.  

Un golpe en la nuca me hace rodar diez metros. Pongo mi mano en ella y reconstruyo tejidos dañados. Mis ojos no ven la presencia, pero mi nariz me dice quién está casi frente a mí.

Un segundo golpe ensombrece mi frente Siento que Lena sufre mi dolor.

  • ¿Por qué no te cubres? -me increpa.
  • Porque se lo debo, querida Lena.

Un tercer golpe invisible viene hacia mí. Un golpe cargado de locura -más fuerte que el anterior- y que atrapo con mi mano izquierda.

  • ¿Ves que ya sané del todo? -pregunto al vacío agresor.

El tercer monstruo aparece. Tres metros. 50% más fuerte que el anterior. Aproximadamente cinco habilidades desconocidas, aparte de la invisibilidad. 200% de poder destructivo adicional, comparado con nuestro anterior enemigo.

El monstruo sacude su brazo y me expulsa de este. Recupero el equilibrio y aterrizo.

  • ¿Qué esperas para esconderte? -le interrogo.- ¿No me estás cazando?
  • ¡No! Te estoy invitando a unirte. Quiero que seas uno de nosotros -me responde con energía.

El golpe mental es visible, pero inocuo. Lena reacciona rápidamente.

  • ¿Unirme? ¡Pero si ya estoy completo! -le respondo. -Y que yo sepa, ustedes tienen de sobra.

El monstruo lanza una llamarada por la boca. Si fuera el rayo de Daniel podría lastimar mi escudo y atravesado mi pecho. Sigue gritando y lanzando llamas. Huelo su frustración

  • ¡Únete a nosotros! -ordena.

Levanto dos armas y disparo a discreción. Mi enemigo sufre y se regenera casi al mismo tiempo. Su resistencia también se encuentra incrementada. Detrás del humo, aterriza otro golpe hacia mí. Es mucho más fuerte que el anterior y siento el crujir de mi brazo, oportunamente colocado para bloquear el camino hacia mis órganos vitales.

El monstruo viene corriendo hacia mí. Me patea. Sangro para su beneplácito.

  • ¡Únete a nosotros! ¡Únete! ¡Tendrás todo este poder!
  • ¿Para qué ser como ustedes, si ustedes quieren ser como yo? -respondo, mientras me incorporo, nuevamente.

La frustración lo hace retroceder unos segundos. Finalmente, aparece el odio. El odio en forzamiento de sus músculos. El forzamiento de sus músculos en una nueva carrera hacia mí.

A cinco metros de distancia, sus brazos se transforman en espadas. Apunta y extiende los brazos.

  • ¡César! -me grita Lena.

La imagen de Daniel viene a mi mente por tercera vez. Existen pocas habilidades tan poderosas como las que él tiene. Sin embargo, el temor que siente en volver a lastimar le ha impedido pasar del primer nivel. Por eso dejé que el monstruo me golpeara. Por eso dejé que hablase y tratase de controlar mi mente. Tenía que sentir la amenaza frente a mí… Tenía que creer que estos poderes son necesarios para remediar un gran mal. Tenía que sentirme amenazado para salvar mi vida y complacer la mente que me había salvado.

  • Tú mandas, querida Lena.

Aunque sumamente efectiva, la habilidad de Daniel tiene una desventaja: no permite ver con claridad durante los segundos de disparo a través de los ojos. Si la combino con una descarga adicional de mi brazo sano es imperativa la presencia de Lena para dirigir y mantener la ofensiva. Muchos años después, la gente recordaría ese episodio como la Batalla de la Esperanza, porque recordaron lo que es tener una luz en medio de las tinieblas que provoqué quince años atrás. Yo, por mi parte, no supe nada más durante veinte minutos, pues Juvy declara que mi desmayo fue por agotamiento. Sin embargo, la última imagen que me queda antes de la inconsciencia fue totalmente nítida: el rostro de Lena, reprochándome por mi inmadurez.

 

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