Queridos lectores:

Les comparto el cuarto adelanto de mi novela Lágrimas del cielo sobre el mundo. Espero que sea de vuestro agrado.

  • ¿Y cuál es el siguiente paso? -preguntó Diana, como una especie de saludo.

Lena volteó en dirección de la ex agente. No tuvo que leer su mente para darse cuenta de que acabó con todos los asuntos relacionados con la reducción de enemigos. Era la primera vez que la veía transpirar de esa forma. Sus manos estaban desgastadas por una combinación de lucha cuerpo a cuerpo y uso de armas.

César no miró inmediatamente a su antigua compañera. El olor del orgullo herido proveniente de ella había calado profundamente en la sensibilidad del antiguo cónsul. Una reacción que solo le podía ocurrir con personas que realmente le importaban, ya sea por amor, admiración o respeto. Por eso, la presencia de las tres mujeres resultaba mucho más temible que los tres monstruos juntos. Tenía que hablar antes que se den cuenta.

  • El siguiente paso, querida Diana, es acabar con la cacería. Y contigo de nuestro lado, lo ideal es seguir el plan C.
  • ¿Plan C? -preguntaron las mujeres.
  • Exactamente -atinó el ex agente, como si ellas hubieran descifrado su contenido.- El plan A es muy riesgoso para todos; el plan B no me lo perdonaría Lena. El C parece ser el ideal.

De pronto, el reloj de pulsera de César emitió una señal. La imagen holográfica de Barack le confirmó el milagro.

  • Y parece que ya están llegando los demás actores.

Dos automóviles aparcaron cerca del estacionamiento. En cada uno de ellos estaban las figuras de seres que la psíquica había conocido en la mente del protagonista: la imagen de un adolescente impetuoso y la de un anciano robusto. Ambos ingresaron al restaurante y se presentaron ante la dueña y los visitantes.

  • ¡Bienvenidos, amigos! ¡Parece que ya es hora de hacer historia! -saludó César-. Juvy, ¿nos acompañas?

La triada de Juvy, el joven y el anciano se alinearon al frente. La androide procedió con la entrega de una tiara a su dueño.

  • Querida Lena, ¿recuerdas la pulsera de la antigua Juvy?

La psíquica adivinó parte del juego.

  • Entonces, ¿los tres son androides que debo controlar?
  • Son y no son androides, amor. En parte, fueron diseñados para no tener voluntad y en otra, para heredar la esencia de una voluntad más pura.

Lena no conocía la imagen de Erik, pero lo imaginó causando daño a la mente de su esposo. Esa imagen se mezcló con las representaciones de tres edades distintas en su mente. Finalmente, vio nuevamente el descubrimiento de su propio potencial a través del espejo. Por eso, la oferta de conducir a los androides parecía estar en un territorio gris entre lo providencial y lo absolutamente maligno. Se lo preguntó a sí misma millones de veces. Gastó energía en no verbalizar la pregunta. ¿Esa sonrisa, frente a ella, era la de un genio hermoso o la de un monstruo más grande que los que enfrentaban? ¿Había conocido todas las presencias de su mente? Solo le quedó lanzar una pregunta para comenzar a enhebrar la verdad.

  • ¿Quién es Juvy?

César se había distraído como un niño con sus nuevos androides y solo entonces sintió la preocupación de Lena. Esta se mezcló con una vieja tristeza.

  • Juvy fue alguien que quise mucho… Alguien que me acompañó hasta antes de la explosión. -respondió, con la voz entrecortada. -Los demás, ya los conociste en mi mente.

El corazón de Lena se contrajo. La tiara en su mano no era el control de un grupo de androides. Era la vida de su esposo, entregada una y otra vez.

Un par de lágrimas saltaron de la pequeña mujer y el resto fueron retenidas con un beso impulsivo. Y luego otro, mucho más suave.

  • Ya. Ya está bien, ¿no creen? -increpó Paola.

La pareja se rió.

  • Pero todavía no nos cuentas cuál es el plan C, César. Lo vas a decir o te lo tendremos que sacar -Dijo Diana, amenazante.
  • Tú sabes muy bien, Diana. Cuando el problema es más complejo, lo mejor son las soluciones más simples. Y si nuestra complejidad es parte del problema, es hora de que la apaguemos… Al menos por un rato.

La ex agente observó un brillo nuevo en los ojos de su compañero. Un brillo contagiante que cambió sus antiguos temores por una nueva forma de pasión. Aunque no sabía todos los detalles, se sintió capaz de explicarlo meridianamente.

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