Allá por el año 2000 o 2001 conocí a Horacio Cavallo. Ya tenía el bigote poblado característico y la misma mirada un tanto lejana. Apenas empezaba a andar en los caminos literarios, pero pronto empezó a publicar y a recibir algunos premios literarios.  Como narrador ha publicado El silencio de los pájaros (Alter ed., 2013), Cenizas (La propia cartonera, 2011), Piano solo (Trópico sur, 2011), que son relatos, y las novelas Fabril (Premio Fondos Concursables, 2009; Trilce, 2010) y Oso de trapo (Premio Municipal de Narrativa, 2007; Trilce, 2008). De su poesía, destacamos La mañana olvidada (Melón ed., 2014), Descendencia (Ed. del Estómago Agujereado, 2012), Sonetos a dos, en coautoría con Francisco Tomsich (Premio Fondos Concursables, 2008; Trilce, 2009), y El revés asombrado de la ocarina (Premio Anual de Literatura/ MEC; Ed. de la Crítica, 2006). Además ha publicado literatura infantil: Figurichos, en coautoría con Pantana en ilustración y diseño (EBO, 2014), El jorobado de las alas enormes (Trilce, 2012), Clementina y Godofredo (Premio Fondos Concursables, 2010; Topito ed., 2011). En 2013 y 2014 fue seleccionado para integrar el catálogo Books from Uruguay del Ministerio de Educación y Cultura. En 2014 recibió el Premio Morosoli de Bronce en Narrativa.

En Invención tardía, Horacio Cavallo compone una obra de búsqueda existencial, obsesiva, en torno a la figura del padre del personaje, Enrique Salerno, muerto tempranamente. De un raro existencialismo, con algo de Kierkegaard (el individuo es una integridad libre por sí misma), la novela se escribe en base a capítulos cortos y con frases breves. La narración se da en primera persona, desde un yo (el hijo de ese escritor) descompuesto en varios tiempos, que son los tiempos en que sucede esa búsqueda frenética que, sin cesar, inquirirá por él mismo, centrándose en torno a ese hecho que ha germinado en su interior la enfermedad que lo roe y lo destroza.

En primer lugar tendrá en su poder los propios escritos de su padre, “tres novelas, dos cuentarios y dos poemarios”, y estará allí la existencia del escritor Salerno, la memoria de éste, su diario personal, las fotos que han quedado y el recuerdo que de él se tiene de entre los aún vivos (como si el padre fuera un cuerpo cuyas partes estuvieran desparramadas arriba de una mesa para hacer la autopsia necesaria). Además, el trauma ha generado tal pérdida en el niño, trauma no resuelto desde ese no saber exactamente qué fue lo que sucedió, o más que nada el por qué, y que, por lo tanto, no ha podido cumplir el duelo en toda su extensión. El impacto ha sido tal que lo ha dejado débil, mentalmente; luego viene la negación de todo lo que nos iremos enterando acerca del padre, como si ello (el accidente), no hubiera sucedido, un poco después la culpa, tenaz y brutal, como si hubiera sido por él, directa o indirectamente, que su padre se haya muerto. El miedo, el miedo atroz que le provoca todo eso, le genera inseguridad, rabia y hasta depresión, pero nunca termina por aceptar del todo la muerte del padre.

Una segunda línea en torno a la novela se da con la irrupción de Lorena, que ya desde el principio nos anuncia que está haciendo una tesis sobre el escritor Salerno y es por esto que se relaciona con nuestro personaje, Agustín Salerno. Veremos que Lorena no dudará en entregarse a la pasión, pero sólo como una pasión antojadiza y calculadora: su único interés parece ser el desarrollar esa tesis y conseguir la mayor cantidad de datos, originales, fotos o lo que sea. De esta manera podríamos decir que también en ella hay una enfermedad, un egoismo frío, interesado, hipócrita. Y el mismo Agustín Salerno, después de muchas dudas, porque su razonamiento está alterado, comprende esto y actuará en consecuencia.

Horacio Cavallo

La tercera voz narrativa es él mismo, pero desde la adolescencia y la juventud, contándonos alocadas historias. Descollará en una juventud revoltosa y drogona, a todas luces desesperada y caótica. Allí surgirá la voz de Luciana, psicótica y psiquiátrica, enloquecida dentro de su propia sed. Y todas esas historias, a menudo trágicas y terroríficas, se intercalarán con los relatos que hace el padre en sus diarios. Son relatos macabros, diabólicos, enfermizos. Y a pesar de todo, en sus momentos de lucidez Agustín Salerno comprende que al final de todo “uno pasa la vida tomando conciencia de que lo más preciado es lo irrecuperable” (pág. 51). Es decir, su padre y su propia estabilidad emocional y síquica.

En todo el proceso (síquico) habrá, también, una admiración apenas soterrada hacia el padre, y el escritor crece hasta niveles muy altos de consideración. Cada línea, cada palabra, se festeja, se retiene, y su figura adquiere una categoría colosal, como si fuera un dios. El original de un cuento es la llave de la dicha, el encuentro de una foto, un pequeño detalle de él, es la sonrisa eterna.

Pero habrá aún dos golpes que minarán por entero su salud. La revelación de la amante de su padre (aunque en realidad esa mujer existe desde antes que su madre), y la tardía aceptación, pasiva, de un hermanastro, que lo despoja del lugar único: ya no es el objeto sublime del amor de su padre, y por ello pasa a ser uno más y ello lo empequeñece.

Lo macabro, lo pesadillesco, se diluye en una anécdota finalmente sencilla, en la temática más o menos clásica del hombre con dos mujeres que, a su vez, tienen un hijo suyo. Pero todo eso está trabajado y contado de buena manera, hilando y deshilando con hábil parsimonia manual, y habremos de reconocer en la novela una construcción literaria precisa, imaginativa y artesanal. Y al final habrá una invención, también, tardía.

(Invención tardía, Horacio Cavallo, Estuario editora, 1ª edición 2015, Montevideo, 131 páginas)

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