Escuché que moriste
desde la sólida voz de tu enfermera hasta el frío etéreo en la grupa de animales aéreos.
Allí, en ese rumor de jardín, no había vibraciones injustas.
Solo un recuerdo de lugares hallados entre las postales de mayo y las impresiones de junio.

Por eso quise preguntarte si realmente estabas muerto. Todos los saludos eran tibios. Todas las vidas eran rápidas. Todos los aires sometidos a la sal apropiada.
Supuse que me explicarías si habías muerto.

Pero te hablo en el desierto.
No escuchas mi respiración ensordecedora en medio del tráfico.
No me ocultas las heridas que te hicieron ayer y que propalaron con fotografías de carne y de jardín.
No replicas los insultos que te lanzan en el medio de la noche, cuando la lluvia te hace caminar por planetas silvestres.
No sé si acabas de morir o quieres seguir agonizando en el reflejo de quien eres detrás del espejo.
No sé si buscas salir de allí, o dejar que sean otros los que sigan hablando en las crónicas o las noticias que se escurren en imaginarios efímeros.
No sé si prefieres callar definitivamente o responder por todos los siglos que acabaste en la sequedad del insomnio.
No sé qué tanto quieras renacer, ahora que sabes hasta dónde puede rebotar una luz. Hasta dónde puede ser incoloro un espejo. Hasta cuándo se convierte el fuego en una estatua rupestre.

Hasta qué límite el mar se habrá alejado de sus primeros anfibios.
Hasta qué espacio me encuentro yo en lugar de ti.

No lo sabré

Ni aunque el tiempo me lo diga en tu rostro
o el sol se canse de blanquear esta tierra herida de abismos.

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