Todos los días era lo mismo. Durante sus 25 años de casados, mi padre siempre agredió, física y psicológicamente, a mi madre. Parecía descargar todas sus frustraciones sobre su humilde presencia. Así sucedió incluso hasta el momento de su agonía.

Estaba desconcertado. Su última voluntad era que desobeciera a mamá. Los ojos de mi padre estaban abiertos, pero ya no miraban. Su dolor se percibía en la contracción de sus labios, pero su mirada ciega albergaba inusitada paz. Aún sin ver, su vista permanecía fija en el retrato de ella, a quien había insultado hasta ese mismo día.

Luego de algunos espasmos, le llegó finalmente la tranquilidad de la muerte. Para mi sorpresa, su rostro no era serio como siempre, sino irónico, como si se hubiera marchado con la convicción de que la agresión a mi madre trascendería su muerte.

Fue cuando la vi a ella en la puerta, disminuida y pasiva, llorando por mi padre; pero no sentí pena, sino rabia por su falta de dignidad. Me di cuenta que su debilidad invitaba a maltratarla y entonces supe que mi padre solo había cumplido su deber, y que yo lo seguiría cumpliendo también.

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