Recuerdo que hace unos meses hablaba con un amigo sobre libros y películas, barajando nombres, exponentes que considerábamos los mejores en su género. Me hizo reír algo que me preguntó, porque va de la mano con lo que mucha gente, más que nunca en la actualidad, considera como la relación obligatoria entre el objeto artístico y el artista: “¿por qué será que te atraen tanto los hijos de puta?” Pregunta necesaria según su punto de vista; yo pensé que nunca le había dado tanta bola a esa idea: sí, entre mis escritores y cineastas favoritos a individuos están algunos que, al margen de su genialidad, tenían una historia turbulenta. Pero, sinceramente, no veía “Manhattan” y pensaba en aquel hombre malvado y anteojudo que se metió con su hija adoptiva; cuando veía “Dogville” disfrutaba y padecía el dilema de la elección contra las circunstancias, el viejo dilema de entorno y resiliencia. En mi mente no estaba el hecho de que Lars fuera racista o, como se supo hace poco, acosara a Bjork – que, por otro lado, es una de mis intérpretes favoritas. El descubrimiento de Houellebecq el año pasado fue un placer para mí y me dio pretexto para usar sus frases más picantes para irritar a mis compañeras feministas más recalcitrantes, pero para mí “Las partículas elementales” no son la consecuencia obligada de sentarme y decir que su escritor, como persona, es más que brillante. Como peruano me han preguntado sobre Vargas Llosa y siempre respondo que “Conversación en la Catedral” me parece una de las mejores novelas que he leído; “La fiesta del Chivo” me dejó en insomnio muchos días, analizando, antes de ver “Hostel”, la crueldad a la que es capaz de llegar el ser humano, y “La guerra del fin del mundo” me hizo leer, por esos milagros de la intertextualidad, “Mies Roja”, “Gran Sertón: Veredas” y aún tengo una deuda con “Os Sertoes”: novelas que describen el drama del sertón brasileño. Y también aclaro que Vargas Llosa no sería una persona con la que disfrutaría tomarme una cerveza. ¿Es eso un crimen? ¿Será que, más en estos tiempos, es obligatorio que cuando le entregas una obra de arte al mundo – y eso ya debería dejar tu nombre en la memoria: suficiente, ya puedes retirarte tranquilo – encima debes saber “comportarte” y ser políticamente correcto? Para mi placer y desgracia, sigo viendo los videos stand up de Louis C.K. Para terminar, creo que quien pierde si deja de leer a “Lolita” soy yo: Nabokov está muerto, pero su nombre es inmortal; si me dejo llevar por mis prejuicios me arriesgo a convertirme en el dedito acusador de la época, dedo cada vez más obtuso.

Después de esta introducción puedo comenzar con “Viaje al fin de la noche”. Tenía una deuda con Céline desde que comencé a leer a Bukowski, pero no me animaba porque, como me sucede a veces, cuando leo tantos comentarios favorables sobre algo tiendo a desanimarme: la expectativa es mucha y temo que, una vez abierta la caja de Pandora, no esté a la altura. Crearse expectativas es jodido, por eso trato incluso de ver películas sin siquiera leer la sinopsis, si es posible. Pero este año me dije que ya, he dejado mucho tiempo al viejo Céline y es hora de leerlo. El primer día fueron ochenta páginas de un tirón, reí, entendí por qué se le tiene como el mejor escritor francés después de Proust – para algunos – y seguí leyendo. No todo fue tan prometedor: a veces me descubría un poco cansado de aquel narrador ingenioso, Ferdinand Bardamu, que se desviaba de la historia con digresiones cruelmente deliciosas, pero que me hacían romperme la cabeza: muchas de ellas luchaban de forma directa con mis ideas, debía esforzarme para no ponerme en el plan prejuicioso de taparme los oídos en forma de ojos y dejarlo ahí, pero como soy terco y estoy leyendo un artículo sobre evitar la información a propósito seguí con la lectura. Y sigo creyendo que gané mucho. Fue de esas lecturas en las que las horas invertidas han dado réditos.

Del elenco de personajes que integran la novela, los más significativos me parecieron Ferdinand, el narrador – y álter ego de Céline –, su inseparable – para bien o para mal – compañero de guerra y modelo a seguir en diversos momentos, León Robinson – y se debe prestar atención al apellido, ya que Robinson es, en un momento, el viajero empedernido que guía a Ferdinand – y, finalmente, aparecido al final de la novela, Baryton, el regente del asilo de enfermos mentales donde termina trabajando Ferdinand. No quiero hacer un resumen de la novela, no me sentiría bien, busco más dar impresiones y, quizá, animar a los que leen a que se interesen en leer algo más que palabras en la pantalla del celular. El caso es que Robinson, después de pasar penurias, viajar a las colonias africanas – antes que Bardamu – escapar a Estados Unidos, volver a París, arruinarse la salud y descender al crimen, llega a entender, con asco, al mundo. Para mí existe un claro paralelo en estos personajes: Baryton, antes de la llegada de Ferdinand, vivía con el solo propósito de ahorrar dinero, manejar el asilo de enfermos mentales y guiar a su hija como próxima heredera del negocio. Pagaba poco a sus empleados, cuidaba el centavo, era ya viejo y sentía que su vida había acabado, como la de Memo, el personaje de Ribeyro en “Tristes querellas en la vieja quinta”, en ese mantenerse sabiamente en la mediocridad. Ferdinand, sin buscarlo, trastorna todo cuando Baryton le solicita que le enseñe inglés a su hija. Este aprendizaje que hace sufrir a la niña enciende a Baryton, lo lleva a soñar, aprende con esmero y se embarca en lecturas que, para desagrado de Ferdinand, lo hacen desviarse del viejo Baryton y sus conductas de siempre que, aunque detestadas por Ferdinand, al menos son predecibles. Al final, viejo y todo, dejará el asilo en manos de Bardamu y se irá de viaje por el mundo. El paralelismo entre Baryton y Robinson se rompe aquí: el primero, después de una vida tranquila, la vida del caracol, comenzará a viajar para conocer el mundo; Robinson, después de viajar y observar costumbres, o la repetición de los peores vicios, siente asco del mundo y lo que lo rodea: está decepcionado del amor, la rutina, se convierte en el héroe trágico que lleva a reflexionar a Ferdinand sobre el poder de las ideas: “¿Cuántas vidas me harían falta para hacerme una idea más fuerte que todo en el mundo?”, se pregunta, mientras reconoce las suyas como manifestaciones anárquicas, pero son estas reflexiones desordenadas, cínicas, divertidas y rebeldes las que dirigen el relato.

“El esclavo debe ser, cueste lo que cueste, algo, incluso muy despreciable. Un conjunto de pequeñas lacras crónicas, morales y físicas justifican la suerte que le agobia. La tierra rueda mejor de este modo, ya que cada uno se encuentra en el sitio merecido”. El libro está plagado de frases como estas, lapidarias, ingeniosas, rompe cráneos. Frases que están muy bien escritas y que en su elegancia son crudas, crueles y no dejan indiferente. Pero no me la pasaré citando a Céline. Eso sí: mi interés estaba despierto y, como le sucede a mucha gente, revisé algunos videos en Youtube sobre Céline y me encontré con entrevistas y también las noticias sobre su pasado de colaboracionista nazi. Mientras leía, escuchaba comentarios sobre mi lectura del “facho de Céline”. Me reí, seguí un poco el juego, pero eso no quita que sea uno de los mejores libros que he leído. La memoria es importante, recordar nuestra historia para no repetir los errores cometidos siempre será vital, pero me molesta esa tendencia a juzgar con animosidad nuestro pasado sin siquiera darle la oportunidad de explicarse, sin una disposición abierta al entendimiento. Cada vez que hablo sobre la democracia ateniense alguien me recuerda que fueron esclavistas, sin recordar que se debe analizar también el contexto y sin considerar siquiera que tal vez en el futuro la gente se ría de nosotros por cargar el celular junto a los testículos a pesar del riesgo de cáncer. Entender no es justificar, pero si recordar la historia nos previene – idealmente – de repetir los errores, entender las motivaciones detrás de estos nos pone en guardia contra la demagogia y el discurso maniqueo de esto es bueno y esto no, pues la resistencia o acción siempre tiene más fuerza cuando sabes por qué estás resistiendo o por qué debes moverte. Siento que, defendiendo los derechos de los demás, nos estamos convirtiendo en soldados, personas que no piensan el por qué hacemos lo que hacemos, considerando – con simpleza boba – como indiscutible todo lo que creemos que debe ser bueno o adecuado. La gente tiene miedo de expresar sus opiniones. Y por esto cuando Céline iba a ser premiado hace poco – se le iba a hacer un homenaje – le cayeron encima a los que consideraban hacerlo por su antisemitismo y todo quedó allí.

Otra cosa: pienso que recordar el pasado con rencor siempre será un obstáculo para cerrar las heridas.

Céline fue un gran escritor. Sigo creyendo, a pesar de lo que sostienen otras personas, que ser un gran artista significa tener un ego mutilado, algo de obsesivo. Nadie que está feliz con el mundo se sienta horas a escribir sobre él.

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