Abres la ventana del cuarto de hotel porque el humo te está matando. Toses conteniendo el pecho con ambas manos e inclinas tu cuerpo hacia adelante. Flexionas las rodillas y en un último intento sacas la tranca, descorres el pasador, dejas que el aire entre. Aspiras una enorme bocanada, hinchas tus pulmones, te levantas moviendo los brazos hacia atrás, hasta tocar ambos omóplatos entre sí y gritas tu nombre con todas las fuerzas. El espejo te devuelve la aparición que iluminó la mañana, la muchacha esbelta con los ojos hinchados que te hacen ver un tanto deprimida, escupiendo arrastradas flemas. Una lágrima, solitaria, que cae por el esfuerzo al fin del invierno.

Los rayos del tímido sol bordean las copas de los árboles, los paseantes van hacia las ferias y los parques, pero no hacia Paso Liviano, donde todas las cosas se suspenden armoniosamente. Consideraste el peso del aire que estabas respirando, la textura indefinible. Te estrechaste en torno al sonido, puesto que si el viento sonaba, ¿qué traía si no aire? Lo escuchaste cada vez más alto y agudo cuando ululó con fuerza. Rachas intermitentes.

“Yo soy Esber” le repitieron las resonancias de las edificaciones, y como un eco buscaste las calles de adoquines, los remolinos de aires en las esquinas; observaste absorta la luz matinal, de un tenue púrpura, los chicos peleando desde temprano, la vida que viene envuelta en el silencio grave de la gente.

Dejaste esa gripe viral detrás, las dos semanas y media absuelta de todo pecado anterior y el viaje desde las lejanas montañas a la costa. Dejaste los deslices necesarios, resbalamientos de la cama al baño. Apuraste el paso porque, como si casi no hubiera tiempo, deberías almorzar en la isla flotante, límite y faro. Allí habías estado, por una única vez, con tu hombre, y luego no lo habías vuelto a ver, como si hubiera desaparecido en medio del agua. En un par de ocasiones, fijando la vista, pareciste entreverlo pero su imagen se alejó rápidamente, envuelto en la niebla perpetua de Paso Liviano.

Los más viejos del pueblo, encogidos de frío, atisbando un sol inocuo, siempre discutían sobre el punto, sin llegar a acuerdos. Si Livio había pasado por allí, efectivamente, y si Livio venía a ser el fundador del lugar, hasta de regiones inescrutables, más allá de donde se perdía la vista. Otros, más conocedores de teorías especulativas, decían que era un filósofo existencialista. Y hasta había quien lo creía un ser sobrenatural, puesto que dicho paso, desde donde él se perdía en lo que era su morada (que nadie había visto nunca), era una lengua de tierra de unos cien metros de largo por cuarenta de ancho, en forma irregular, casi haciendo eses, y la liviandad vendría por el hecho de aparentar estar suspendido sobre el agua, aunque en realidad estaba oculto la mayor parte del año, exceptuando los ciclos de marea descendente, y por lo tanto nadie podría vivir en un lugar así. Alguien —uno de esos escépticos contumaces que habitan los parajes solitarios— dijo algo sobre la estupidez de haberle puesto un nombre tan extraño al pueblo, tan fuera de lugar allí donde vivían esos hombres recios y sus toscas mujeres.

Esber recordó que tendría dos días mientras el paso fuera transitable, mientras hubiera luna nueva y antes que comenzara la temporada de lluvias. A medida que caminaba el miedo le fue ganando. ¿Qué le diría? ¿Qué haría si él quisiera volver con ella? ¿Y si no la reconociera? Había sido un día y una noche, solamente, extasiados de sí mismos. Y, sobre todo, al otro día él salió a mitad de la mañana, extrañamente apurado y ansioso, dijo que se verían más tarde en la isla. Pero la tarde se hizo noche y el agua se descolgó violentamente, haciendo imposible el paso. Entonces había transcurrido un año.

Te sentaste en la misma mesa y pediste el plato del día. No quisiste preguntar nada porque el dueño sabía por qué estaba allí. En el saludo, afectuoso, comprendió que la recordaba. Eso te pareció una buena señal. Al terminar el almuerzo, el dueño se sentó a tu lado y trabó conversación.

—Está más delgada, parece que voy a tener que traerle otro plato —le dijo, sonriente, como sólo un hombre feliz puede vivir en un islote en el medio del Paso Liviano, olvidando el riesgo de ser arrastrado por alguna corriente colosal.

—Voy para el otro lado —le señaló la orilla izquierda, estaqueada con un gran cartel, inclinado por el permanente viento, de bienvenida—, me parece que la última vez tomé el rumbo equivocado y me perdí.

—¡Oh! No me diga que es por Livio, es muy liviano, y usted no es la primera que…

—¿Cómo? —comenzó a sospechar una estupidez mayor, y encendió un cigarrillo para ocultar su turbación. Tosió dos veces—. ¿Que Livio qué?

El dueño del restaurante se puso el índice en sus labios, reclamando silencio. “Escuche la voz del viento”, le dijo, y le relató, entera, la historia del hombre. Así supo que lo que había sucedido con ella era lo que sucedía con una mujer por año. Y dijo más:

—¿Conoce el mito de Sísifo? Sísifo cargaba una piedra hasta lo alto de una montaña y cuando estaba a punto de llegar esa roca caía por la pendiente. Así, una y mil veces, eternamente, Sísifo tenía que hacer lo mismo. Nadie sabe de dónde vino, pero desde hace quince años Livio se encuentra con una mujer y al otro día las deja plantadas, esperando esperas viejas, y se fija bien hacia qué lado van. Entonces toma el camino opuesto.

El silencio pareció agobiante.

—Además él no vendrá, ya debe saber que estás aquí… los viejos todo lo comentan.

Te sentiste herida, burlada, humillada.

—¿Y qué tengo qué hacer? —gritaste y al final volviste a toser, como si algo se te quisiera arrancar del pecho—. Mierda.

El hombre miró hacia la ventana y le señaló la niebla que a esa hora ya comenzaba a caer.

El viento te dio de lleno en la cara cuando miraste hacia la chica, un viento cálido que rozaron tus mejillas, acariciándote.

—Voy al otro lado —confirmaste con voz grave—.

Y no te detuviste al cruzarte con la próxima víctima. Ni después.

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