“Strange Days” (1995), dirigida por Kathryn Bigelow – quien dirigió la recordada Point Break: ustedes saben, la pela que nos hizo pensar en surfear y reír con el golpe que propina Gary Busey (Pappas) a John C. McGinley (el director Harp y, en el futuro, el Dr. Cox en Scrubs) por “no respetar a sus mayores – y escrita por James Cameron (Alien, Terminator, The Abyss, director archiconocido) y Jay Cocks (cuyo apellido me hizo reír y tuve que buscar en Wikipedia quién era, lo que me hizo sentir avergonzado), es una película a la que no mucha gente le presta atención, pero me parece, como muchas otras que pertenecen al final del siglo XX, una película más que interesante que, con perspicacia, lee lo que sucederá en el futuro – el que estamos viviendo ahora.

Si viste “Eternal Sunshine of the Spotless Mind” y eres de los que, como yo, sigues “Black Mirror” – y tal vez piensas que el formato Netflix es más amable y quieres regresar al oscuro estilo inglés – habrás pensado, más de una vez, en cómo funciona la memoria. En el primer caso, la película que protagonizan Jim Carrey y Kate Winslet (originalmente el papel de Clementine iba a ser para Bjork, hasta ahora intento imaginar cómo hubiera sido) indaga sobre el papel del olvido. Después de todo, si algo hace nuestra memoria es borrar los recuerdos que nos hacen daño con el tiempo, ¿cierto? No, no del todo: lo que hacemos es pasar por periodos de luto, los superamos y conservamos los recuerdos sin que estos nos provoquen el daño lacerante que al principio nos mueven a karaokes a cantar baladas románticas en desesperación ebria. Si eres medio masoquista, la melancolía – usando a la ligera lo que Freud dice – es la opción en la que revives aquello que te hace sentir mal, sin superarlo. Tanto Joel (Carrey), como Clementine (Winslet) deciden borrarse del todo, no dejar huellas. La salida del olvido completo para superar no solo una ruptura, también el legado de la misma. Podría decirse que es la salida más fácil, más de uno debe haber considerado que si existiera esa opción podría inclinarse a seguirla. En una escena de la película, cuando Joel va a donde el doctor encargado de todo este asunto, el mismo tío Falcone del Caballero de la Noche, observa a una señora cargando desconsolada los recuerdos de su perro, de seguro muerto. Recuerdo que pensé “¿y qué sucederá si tiene otro? No es que la hagan olvidar su preferencia por los acompañantes caninos. Entonces, ¿no se preguntará por qué, en todos esos años, quiso un perro, pero nunca tuvo uno? Pequeñas preguntas que se sumaban, más cuando veo a la secretaria – o asistente, nunca me quedó claro –, que, con aquella mirada de muchacha enamoradiza – la única película en la que de veras me gustó Kirsten Dunst; no, me estoy olvidando de “Vírgenes Suicidas” – hablando con una persona que quiere repetir el proceso después de un mes. Pequeñas inconsistencias, pero en el fondo no afectaban la trama, así que las dejé pasar. Después de todo, realmente lo que contaba era una historia de amor problemático y, tal vez, cómo tenemos tendencias marcadas al buscar una pareja. Al final se conocen de nuevo Joel y Clementine, se aceptan como son a raíz de los audios que revelan su pasado juntos y juegan felices en la nieve sabiendo que existe el riesgo potencial de revivir todo, pues si algo se deduce por su conversación final es que se aceptan como son, no se comprometen a cambiar. Y todo con “Everybody’s gotta learn sometimes”, de Beck, como para quedarte en esto del círculo que se cierra, pero abre la interrogante de si el felices para siempre es posible. Y allí queda la pela, que te hace reflexionar sobre el amor, pero a mí me hizo obsesionarme un poco con los recuerdos.

¿Por qué es importante que recordemos?

Porque los recuerdos son mecanismos de defensa. Gracias a ellos no cometemos los errores que ya forman parte de nuestro currículum vitae.

“The Entire History of you”, tercer capítulo de la primera temporada de “Black Mirror” es un capítulo lacerante; para muchos, el mejor de la primera temporada, incluso de toda la serie. Recuerdo que, antes de entender qué sucedía, la tensión manejada me impresionó: la entrevista de trabajo, la mirada obsesiva en los datos para revisar la mirada del entrevistador y poder predecir los resultados y, por ende, el éxito y el futuro empleo, me angustiaron de inmediato. El extremo contrario al ejemplo anterior: ahora era el acceso total a mis recuerdos, imágenes en HD, ¿quién querría perdérselas? Y gracias a estos detalles Liam (Toby Kebbell, a quien solo conocía por “Control”, la pela sobre Ian Curtis) puede, en un rapto que la mayoría de personas consideraría “creepy” – el equivalente a revisar las fotos y los estados de tu pareja en FB obsesivamente –, descubrir no solo la infidelidad de Ffion, su esposa (Jodie Whittaker) sino que, por la escena final, podemos inferir que la hija que le chantaron no era suya. Liam le dice a su mujer, antes de desenmascararla, que las dudas son parecidas a quitar la podredumbre de una muela: sus sospechas han sido confirmadas. Discutir la validez de un aparato que puede ayudarnos a descubrir infidelidades no es lo que quiero hacer aquí: es el final, la decisión de Liam de arrancarse este “grano” que accede a todos los recuerdos, lo que me parece destacable. Liam comprende, gracias al dolor, el papel del olvido, su importancia: el grano le ofrecía el adormecimiento y la melancolía en HD, los recuerdos como imágenes vívidas en las que es feliz, su casa llena de vida, y la ausencia de dudas ante el amor de su familia. No por nada se hacen los contrastes de la casa que le ofrece el grano y la que observa en soledad. Arrancarse el grano es lo único que puede hacer para que su mente, poco a poco – en un proceso doloroso, pero que al final tendrá un final – pueda aceptar su pérdida y seguir adelante. Así, el olvido – no el olvido total de la película de Michael Gondry, sino el de superar lo doloroso, el final del luto – se vuelve la respuesta para Liam y nos hace replantearnos la importancia que tiene “darle tiempo al tiempo”.

Cronológicamente, la historia de “Black Mirror” es la más reciente (2011). Gondry y Kaufman nos entregan su película el año 2004. “Strange Days” es de 1995. No puedo hablar de una relación entre estas presentaciones, excepto la que hice en mi cabeza al pensar en esta entrada, pero sí que la preocupación por la memoria tiene ya tiempo gestándose. En la película de Bigelow podemos ver a un Ralph Fiennes dinámico, algo sufrido. A este actor lo he visto hacer de villano la mayoría de veces, desde nazi hasta mago nazi, y no quise sufrir la película con Jennifer Lopez, así que no lo localizaba como héroe romántico o antihéroe. Su actuación me pareció convincente en esta cinta, sobre todo porque no era el típico héroe invencible o antihéroe con astucia a prueba de balas: era un hombre decadente que vendía experiencias en el mercado negro y que seguía enamorado de su ex novia, sometiéndose a jornadas masoquistas en las que experimentaba el placer ausente gracias a un aparato que podía recrear sus anteriores encuentros. La ex novia, Faith (Juliette Lewis: Natural Born Killers, aquella escena sensual de corrupción con Robert de Niro, etc), encima se había ido con este tipo arrogante que se lleva mal con Lenny Nero (el personaje de Fiennes), como para ponerte de parte del pobre Nero de inmediato. Personajes interesantes, situaciones en las que piensas “hey, pero si pudiera ponerme un casco de realidad virtual y vivir orgasmos o experimentar caída libre desde mi casa, ¿por qué no? Peores cosas he hecho”, no se hacen esperar. Claro, existe un caso, el asesinato de un músico negro en un momento delicado de segregación en EEUU, y parece que la policía está involucrada, Nero solo confía en un amigo suyo llamado Max (Tom Sizemore), y Mace (Angela Bassett), una amiga suya que desde el primer momento sabes que está babeando por Nero, mientras él sigue babeando por Faith: todo se complica el último día del año 1999, porque esto sucedía en la mente de las personas por aquella época: se espera algo el primer día del 2000. Sin embargo, no voy a profundizar o sintetizar la película; primero, porque quiero que sea vista, es una buena pela; segundo, porque lo que me interesa aquí es hablar sobre cómo se enfoca la memoria.

En la película los clientes de Nero no son el problema: quieren lo último en experiencia y acuden a Nero para conseguirla. Las drogas recreacionales siguen existiendo porque siempre necesitamos un desvío de nuestra realidad, cargada de contradicciones y relativismo. Se ha tocado este tema en el arte en general. El personaje que carga con la desgracia de ser prisionero del pasado, nuevamente, pasado en HD, mejor incluso, pues los recuerdos funcionan haciéndote sentir lo que la persona ha sentido cuando le sucedía lo que ves, es Nero: todas las noches va a su cama, se conecta, y revive los mejores momentos de su relación con Faith, desde los más tiernos hasta los más sensuales, llegando incluso a moverse de un lado a otro con su cajita con el nombre de Faith pegado en ella. La droga que Nero necesita no es la reminiscencia, pues recordar es volver a vivir bajo la neblina, sino la recreación: una y otra vez vive lo que vivió en el pasado, por lo mismo condenado a no prestarle atención a nada más. Rescatar a Faith de un peligro que presiente – y lo presiente porque cree conocerla, pero solo conoce a la Faith de las recreaciones, no la Faith del presente – es, una vez más, aferrarse a sus recuerdos. Por eso, cuando Mace rompe su caja de recuerdos las palabras que le vomita a Nero no son solo valiosas, también el centro de la película: los recuerdos están hechos para desvanecerse, están diseñados así por una razón. Mi traducción tal vez no es la más fiel, pero ese es más o menos el mensaje. Nero ha estado viviendo con el botón de retroceso bajo su índice todo el tiempo. Es hora de dejar la casettera – recuerden, 1995, aunque, claro, al mismo tiempo tecnología futurista.

Estamos 2018. Hasta ahora no hemos podido acceder a la vida detrás de los ojos de alguien más, pero podemos acceder a nuestras conversaciones virtuales, todas, si queremos – la copia de nuestras interacciones en FB -, y también presenciamos, gracias a Internet, la crueldad en muchas partes del mundo, mientras estamos cómodos en nuestras casas, sin peligro, convirtiendo noticias de guerras en películas de acción, mientras compartimos nuestra indignación con mensajes de apoyo sintiendo que somos activistas. El presente – futuro para 1995 – no es realidad virtual o experimentación de sensaciones ajenas de manera simultánea, pero sí se ha convertido en plataformas desde las que vemos al mundo, perdidos en nuestros avatares. Los recuerdos están hechos para desvanecerse, pero no para borrarse. Y el problema es que estamos frente a lo hedonístico del placer sin culpas, sin consecuencias. Combinación entre Eterno Resplandor… – borrar, eliminar todo lo que me hace mal desde la raíz – y Strange Days: la atadura al placer sin consecuencias, sin riesgos, del ordenador: el desarrollo cada vez mayor de la pornografía es el equivalente a un hombre en su cuarto, vestido con el piyama e imaginándose vivir una aventura erótica mientras se desconecta cada vez más del mundo y sus riesgos. El aislamiento, creo que las tres entregas muestran como los seres humanos ambicionan más un mundo sin dolor y la única manera en la que conciben esta posibilidad es el aislamiento, sea uno sin memoria, uno con memoria perfecta o uno con la experimentación directa de sensaciones que hacen obsoleta – e innecesaria – la búsqueda de sensaciones afuera, en el mundo. No por nada vivimos cada día más encerrados.

En mi opinión, esta película es muy interesante por esa razón: indaga en nuestras motivaciones no solo para recordar, sino para hundirnos en los recuerdos. No sé de quién escuché que el pasado, una vez que se aleja de nosotros, comienza a brillar. Creo que estoy parafraseando – y muy mal – “Watchmen”, pero la idea es esa. En esta época en la que de manera constante dejamos testimonio de todo lo que hacemos, no es nada raro obsesionarnos con nuestro aspecto pasado, lo que decíamos antes – y deseábamos –, quiénes eran nuestros amigos. Quizá como intento para confirmarnos en lo que somos o creemos ser, quizá porque en el fondo tenemos algo de masoquistas; el problema siempre es no prestarle atención a cuál es la misión de la memoria, ayudarnos a crecer. Si los recuerdos nos atan, estamos quitándoles su misión.

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