Debo admitir que antes de escribir públicamente sobre The arrival (La llegada) conversé ampliamente de esta película con quienes comparten (o quise que compartan) la idea de que no es la historia sobre la visita de extraterrestres o sus planes secretos. Por el contrario, es la historia de la humanidad -representada en una solitaria Louise Banks, profesora de lingüística- al encontrarse con una porción significativa del saber sobre sí misma. Un conocimiento atrayente, avasallador y angustiante; pero muy necesario.

La historia de Louise es tendenciosamente enfocada. En una primera escena, se observan imágenes de su vida en términos desconocidos y acelerados: un matrimonio, una hija y mucha pérdida. Momentos después, la observamos en su trabajo en la universidad y la convocatoria para participar directamente ante una crisis: ¿por qué llegaron los extraterrestres? ¿puede traducir una lengua desconocida a través de unos segundos de grabación de audio y sin contexto comunicativo? La impertinencia del pedido dibuja completamente al resto de los seres humanos, quienes buscan solucionar el problema en los hombros de alguien más, sin preguntarse cómo funcionan sus métodos; cómo opera ese desconocido territorio del lenguaje; cómo se ha constituido la razón de ser de las más grandes teorías del aprendizaje y el pensamiento a lo largo de toda nuestra historia. Un triunfo de la humanidad, pero una falta rotunda de interés en su funcionamiento.

El cierre de este cuadro lo daría su compañero Ian Donnely, experto en física, cuando  declara sin ambages: “¿Has visto los payasos con que trabajamos?”. A partir de ese momento, ambos van juntos: con las propuestas de Louise y la fe de Ian. Ella dispone las cosas y él se mueve con la intuición de que sus ideas los llevarían al corazón del problema y su solución. ¿Cómo comunicarse con los extraterrestres? ¿El sonido o la escritura? ¿El gesto? ¿La formulación de ideas? El problema es descomunal, y mientras tratan de resolverlo, el resto menos pensante de la humanidad busca hacerse daño a sí misma. Mientras la pareja busca una porción de verdad, el resto del mundo trata de encontrar las razones (o sinrazones) para atacar a los visitantes y desconfiar de sus semejantes. Allí se encuentra nuestra gran debilidad y las grandes razones que se buscaron responder (al menos parcialmente) en The arrival.

the arrival

Sin expresar el final, o las consecuencias exactas que esta historia tiene para la protagonista, puedo considerar esta película como infaltable para comprender ese acto cotidiano, hallado en la comunicación: la comprensión de uno mismo y la de nuestros semejantes. Un acto necesario para mirar de frente y hacia aquellos que nos acompañan a lo largo de nuestras vidas. Con una verosimilitud discreta, pero efectiva, The arrival se convierte en una película para “leer” y “releer” de distintas maneras.

 

 

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