El que tenga oídos, que oiga.
Mateo 13, 9

Una de las razones para iniciar nuestro recorrido por el camino del arte es buscar un remedio (o un atenuante) para enfrentar la soledad. Escribimos para lectores imaginarios; danzamos para espectadores y acompañantes ideales; pintamos para tratar de ver nuestra imaginación a través de una nueva mirada. Por tales motivos, privilegiamos la sintonía a la existencia; la vivencia imaginaria a los desencuentros físicos; la moral de las ideas a la inconsistencia de las decisiones ajenas. Allí, por supuesto también reside un peligro: vivir en la terquedad de lo propio, creyéndonos dueños de virtudes y verdades ganadas con nuestra propia voluntad… al menos, hasta darnos cuenta de que debemos ir por un camino muy diferente.

Mi experiencia es personal es prácticamente un resumen de las líneas anteriores. Para producir en el arte, se requiere de lo que Howard Gardner llamó inteligencia intrapersonal. Un tipo habilidad para reconocer nuestras propias emociones, habilidades y límites. Algo que, por supuesto, no se declara ni promueve en la educación tradicional o el mundo social; donde las metas se fijan en función de puntajes, posesiones y modelos de estatus social, replicados de nuestros antepasados remotos. Por lo tanto, el camino es desconocido y peligroso; pero también de voces luminosas, proyectadas a través de quienes nos acompañan.

El primer componente para descubrir este camino es el silencio. Ese alejamiento imaginario que solo se consigue cuando nos despojamos de las voces exteriores y comenzamos a escuchar las propias. Difícil camino, si no somos sinceros con lo que nos falta y cuando nuestro único termómetro será nuestra propia creación: ¿nacerá con nuestro rostro o con uno prestado? ¿Será auténtico a los ojos de la sensibilidad ajena o solo ante la nuestra?

Detengo las respuestas a este primer punto para pasar al segundo. El silencio solo existe si podemos sumergirnos severamente en el ruido.  El primero tiene más valor cuando nos ayuda a encontrar la música del segundo. ¿Música? Efectivamente. Allí donde el silencio nos hizo delicados ante la agresión del ruido. Donde lo grosero se enseñorea y trata de aplastar nuestra sensibilidad, aparece un intervalo de música cercana al silencio. Por lo tanto, debemos ser agudos en lo primero y fuertes en lo segundo. Repetir el mismo proceso cada día, como si no hubiésemos aprendido nada.

Cuando el ruido y el silencio forman parte de nuestra vida, seremos capaces de actuar en la luz de la creación. La nuestra. La que vino como un regalo que solo teníamos que abrir. Pero también la que tratamos de sustituir a través del arte. Allí encontraremos compañeros en el camino. Luces que se intensifican sin perder su singularidad. Luces que saben alimentarse del ruido y del silencio. Luces que saben brillar con sus propios colores, y que serán visibles ante todos.

 

 

 

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