Somos andróginos.

Yo soy mujer.

Llevo la fuerza del hombre en mis adentros,

y la dulzura de una donna.

Tú eres hombre.

Muestras tu osadía ocultando adentro tu sensiblería,

que anuncia la protección de aquellos que algún día querrías.

Somos andróginos. Somos uno.

Nos invadimos los espacios

buscando colmar lo que jamás podrá ser completado

sin equilibrio.

Nos discutimos, odiamos, amamos,

y no podemos más.

Sin estar y estar.

Somos andróginos.

Entrelazados por nuestro deseo de reencontrarse,

de entregarse,

siendo uno.

/Existencia a través del Infinito, Ingrid Da, 2014/

Escribir un prólogo por primera vez, y más para un escritor reconocido quien te lleva un par de décadas en experiencia es un verdadero reto, una gran responsabilidad y, a su vez, una aventura muy atrevida. Intuyo, aún a riesgo de equivocarme, que para atribuirme este gran honor, estimado Francisco José Fernández-Cruz Sequera se había fijado en algunas características particulares que reúno: mujer poetisa, mujer emigrante, las diferencias culturales entre el Sur y el Norte de Europa, las antípodas, España-Lituania, y, obviamente, una mujer, lo opuesto y complementario de lo masculino, teniendo en cuenta, que por siglos enteros la mujer sacrificaba su vida luchando, y sigue haciéndolo en algunas partes del mundo, por ser escuchada, por tener una voz propia, e indiscutiblemente, se hubiera considerado una pérdida completa de la cordura simplemente admitir el pensamiento de que una mujer pudiera escribir un exordio para la obra de un poeta soldado, un militar diplomado en operaciones especiales.

Esta propuesta tan inusual, sin lugar a dudas, dice mucho sobre Francisco, cuya extensa trayectoria tanto profesional como literaria es admirable; un ser humano noble, sin prejuicios, y, presiento, un alma rebelde, abierto a lo novedoso. Las curiosas condiciones de nuestro primer encuentro son igual de sorprendentes como el hecho de ser la prologuista de su undécimo libro. Coincidimos en los calabozos de los Juzgados de Plaza de Castilla de Madrid una calurosa mañana de finales de julio; él, como abogado de oficio; yo, como intérprete judicial, ni siquiera atendiendo el mismo caso; no obstante, en un lugar propicio para hablar sobre la vida, la Justicia y… la Poesía. Por unos instantes, parecíamos dos poetas infiltrados. Posteriormente, indagando en su biografía, pude comprobar que este casual encuentro se dio porque Francisco ayuda a las personas sin recursos.

Soy consciente de mis limites para hablar del poemario “El tiempo de los Amores Asesinos” en términos literarios, tan bien como lo haría cualquier otro escritor o poeta nativo, ya que no soy de la misma tierra como para destacar las significativas sutilezas lingüísticas de su obra, y no conozco al autor personalmente de forma suficientemente íntima, como para tener en cuenta los antecedentes vitales de su última novedad literaria. Pero, tal vez, ahí se halla el verdadero secreto: ofrecer un punto de vista de una mujer poetisa, antípoda en sus raíces de origen, como si fuera un eco rozado por una lágrima hecha tinta (los guerreros no lloran, escriben poesía…) de su polo opuesto – un Hombre – en la eterna búsqueda de las respuestas: ¿Si realmente existe un amor que no asesine con el tiempo?, y ¿si “asesina” es realmente amor? Porque: “el amor volvió a doler, /como sólo duele el querer, /cuando se quiere de verdad” que nos dice Francisco.

Quienes escribimos poesía, lo tenemos asumido, plasmar en el papel unos versos es más intuitivo que mental. Uno no se sienta a escribir con el deseo de inventar un poema, a no ser que eso sirva de práctica o aprendizaje de algo; escribe, porque no puede no hacerlo. En “El tiempo de los amores asesinos” este hecho está desenmascarado por el poeta:

“La poesía es un destino trágico.

Cada verso es un recuerdo, un dolor,

una ausencia hecha palabra

salida del corazón.”

La poesía, como género literario, se caracteriza por ser la más depurada manifestación, por medio de la palabra, de los sentimientos, emociones y reflexiones que puede expresar el ser humano en torno a la belleza, el amor, la vida o la muerte. Tal vez, esta sea también la principal razón, por la que los lectores casi siempre tienden a otorgar el sujeto lírico al mismo autor. La idea de sujeto lírico se refiere al ser que se expresa en un poema. Las emociones y los sentimientos de un poema se trasmiten a través de este sujeto lírico, que también recibe el nombre de yo poético. Al adoptar la voz de la primera persona (excepto en el poema: “¿Dónde van los amores que fueron?”), el autor del poemario en su rastreo poético halla las huellas de la inspiración dentro de su particular universo como si de un monólogo se tratase, sin embargo, en cada circunstancia manteniendo un tono de voz dirigido a alguien o, incluso, hacia sí mismo, y, de esta manera, consigue incitar al lector a su propia pesquisa interna, desencadenando la resonancia de los poéticos paisajes dibujados.

Los versos que presenta “El tiempo de los amores asesinos”, te invitan a transitar un sendero de ermitaño “borracho de sí mismo”, que intenta reconstruir su ser partido en pedazos, reinventándose “en noches de fiesta, buscando la mentira de un amor eterno”, y a reflexionar sobre la posibilidad de “Amarse, fuera del espacio y del tiempo, vivir la vida cerrando los ojos”. Los poemas inducen a realizar aquel acompasado paseo por las invisibles rutas de un nómada, escoltado por la punzante verdad “nacimos solos y morimos solos”, en busca de un sorbo aliviador, de un rayo sublime y frágil, fracturado tras los cristales de la imperfección del principal ropaje y sus innegables limitaciones – el cuerpo físico – que pueda iluminar su esencia, mientras transita el viaje por la vida, el amor:

“Vivir, para mí

será navegar en el mar de tu vida,

olvidando a tu lado

el temporal cotidiano

de las viejas rutinas,

vencido por el deseo,

que traza el rumbo de mis besos

en el mapa de tu piel,

buscando el puerto seguro de tus labios

en los que beber.”

Al ojear las páginas de “El tiempo de los amores asesinos”, vas a adentrarte en un universo de relojes de arena, ocultados en cada sístole de un latido, que, en muchas ocasiones, se convierte en el peor enemigo: el tiempo. Aquel indicador relativo, como revelaba Einstein, que se mueve a diferente velocidad dependiendo de la velocidad relativa a la de la luz a la que se mueve el observador. De hecho, el tiempo no pasaría en absoluto si nos moviésemos a la velocidad de la luz. La evidente incapacidad de ajustarse esta velocidad, obliga a vivir en la propia carne la realidad subjetiva, marcada por las perennes horas: las esperas que acuchillan, la soledad de plomo, la ansiedad de abrir los ojos cada nuevo amanecer, a sabiendas de que te obligará a realizar “cada madrugada un viaje al infierno”, los lapsos inundados por “el vacío que dejó tu sombra en la habitación”, la temerosa intuición de perder lo amado, que persigue a cada paso: “siempre supe no había futuro, que nuestras caricias, pronto sería cenizas” junto al desconsuelo que un alma rota arrastra tras una despedida: “Ahora, que solo no soy nada. Ahora, que el tiempo se detiene y no pasa”.

El poeta llama la atención de las diferentes etapas en este libro que se recorren como una montaña rusa, desarropando la complejidad de emociones que se adueñan del pecho al rendirnos al Amor y tras el duelo al perderlo: ilusión, deseo, entrega, decepción, negación, ira, incertidumbre, tristeza, y, finalmente, la aceptación. Y, sí, a veces es difícil concluir, si duele más el amor, que, de repente, da vuelta y te traiciona, ya que es una elección consciente; un amor que se marchita y se esfuma con el tiempo; o aquel, que te abandona a causa de una muerte repentina, pero sí, estando seguro, que era un amor fiel, auténtico y profundo, vivido intensamente todo el tiempo compartido. Aunque, en algunas ocasiones, y pueda sonar muy cruel, era, tal vez, la única razón por la que sobrevivió. Al final, el poder del dolor para acabar contigo depende mucho de la capacidad de soportarlo y superarlo: “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional” (Buda). En este caso, el mismo tiempo es el mejor aliado para cerrar las heridas.

Leer “El tiempo de los amores asesinos” es, a veces, como andar descalza sobre navajas afiladas intentando no cortarse los pies, intuyendo que el amor es un pájaro ciego que canta al alma sin saber que a aquel que lo escucha, y se enamora de su canto, también lo puede dañar mortalmente; Francisco cree que le puede dejar ver a través de sus ojos el mundo asombroso. Por eso toma ese riesgo, el riesgo del pájaro ciego…

Si osas profundizar en cada mensaje de los versos, puedes encontrarte contemplando “en los espejos de unos ojos,/que esconden un puñal./Encontrando a los viejos monstruos y fantasmas,/que, ya casi como amigos,/viven con nosotros en sociedad”, custodiado por una insinuación encubierta de reconocer, cuán poco sabe uno estar solo, aprisionado por la necesidad indomable de estar siempre distraído de algún modo y buscar cualquier compañía menos la suya y, en lugar de afrontar la verdad, que tarde o temprano será ineludible, marchar por las vías de escape conocidas: “He saciado en besos sucios y mentidos/la sed de embriagarme contigo,/mintiéndome la libertad”.

El lector va a descubrir, que atesoran estos poemas un tono que guarda ciertas armonías, como si fuera una partitura de letras tras sentir circulando en las venas aquel amor que sustentaba la eterna primavera: “Llueve intensamente. /Con rabia, con furia, /como la última venganza/de una primavera que termina”.

Uno de los más bellos tesoros de esta obra, y me gustaría entregarlo como una llave secreta antes de sumergirse en el océano de “El tiempo de los amores asesinos” y tras clavar la mirada en los horizontes lejanos, añorando los barcos que se fueron hacía los recuerdos del ayer, es la mención de la antigua y misteriosa leyenda china, que afirma que un hilo rojo invisible conecta a quienes están destinados a encontrarse, a pesar del tiempo, lugar, a pesar de las circunstancias, el hilo puede tensarse o enredarse, pero nunca romperse: “siguiendo el hilo rojo,/que une nuestro corazón”. ¿Y, sí, quién no ha soñado alguna vez con el Amor Eterno?

Tras todas las reflexiones que me han surgido al terminar la lectura, cabe destacar también una de las peculiaridades de este libro, que resalta al instante cuando Francisco acentúa sus raíces, pronunciándose claramente en nombre de los hombres de su región:

“Así sentimos y somos:

españoles sureños,

sin remedio ni querer tenerlo.

Cantores a la muerte y a la vida,

y a una pena honda,

que lloramos para dentro”.

A quien ha dado esta obra al mundo, quiero darle las gracias por proponerme hacer el prólogo. Es un gran honor, estimado Francisco y, sin duda, un lazo tendido entre poetas de diferentes culturas, rompiendo por completo con los prejuicios existentes. Y al futuro lector, antes de iniciar el viaje por las páginas de “El tiempo de los amores asesinos”, atestiguar la evidencia de la verdad confesada por el autor: “de los calabozos a la poesía, no hay tanta distancia”.

Ingrid Da

Poeta, Cantautora, Intérprete Judicial.

2 de septiembre, 2018, Madrid.

El poemario “El tiempo de los Amores Asesinos” está disponible:

https://editorialeas.com/shop/apolo/el-tiempo-de-los-amores-asesinos-por-francisco-j-fernandez-cruz-sequera/

Más información: info@editorialeas.com

 

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