Voy a abrir este post con una pregunta que sonará un poco tonta, aunque creo que vale la pena hacerla en voz alta: ¿Alguna vez se pusieron a pensar en cómo las noticias parecen informarnos que todo va mal siempre? Esta pregunta un poco tonta puede ramificarse, de hecho tiene su descendencia de pequeñas preguntitas que saltan en su sitio, esperando a ser respondidas: ¿Realmente todo va tan mal? ¿Soy yo, o es que el mundo va cada vez de mal en peor? ¿De quién es la culpa? ¿Por qué el crimen y el peligro empeoran cada vez más? Tengo mis propias tesis acerca del crimen y sus motivaciones – y me refiero a robos y asesinatos ejercidos por gente “común”; a los políticos y las megacorporaciones las considero en una esfera diferente, relacionada con la esfera anterior, pero en diferentes círculos después de todo –, pero eso no quiere decir que sea de aquellos que piensan que el mundo va cada vez peor, mientras sueño con un paraíso terrenal en el que me encuentre a salvo, el edén de condominios más cerrados, de barrios asegurados por cadenas, alambrado electrificado y seguridad galopante y armada hasta los dientes, mientras yo, como el príncipe Próspero, de Poe, disfruto de mis mascaradas, ajeno a la peste ahí afuera, que sigue matando.

Soy de aquellas personas que decidió eliminar la televisión de su vida. No es un gran mérito, ya que el Internet tiene la cualidad de mantenernos informados, transmitir nuestras series favoritas, diablos, estoy atento a los procesos judiciales del momento, cortesía de Facebook. Decidí dejar la televisión porque estaba cansado de lo mismo, la programación basura, las noticias nocivas, la parcialidad de los medios y exaltación cada vez mayor de los programas de espectáculos. Debo decir que lo que veo en línea no es muy diferente. Cada vez que cierro mi correo Hotmail en la pantalla aparecen titulares de lo más variopintos, que me dicen cómo ser rico según un muchacho que invirtió en Bitcoins, los gustos de los famosos en música, algo nuevo de la selección peruana de fútbol o, por qué no, me restriegan en la cara las nuevas hazañas de los congresistas y también los crímenes de turno cometidos por alguna persona que, contra toda reflexión, nos hace creer que sí existe gente malvada en el mundo. Cuando veo todo esto suelto un suspiro de cansancio; si estoy de buen humor leo lo que me parece relevante, analizo y pienso en soluciones, claro que sin encontrar todavía nada; si estoy triste, tal vez deje los alegres titulares para más tarde. Me siento saturado y acudo, en ocasiones, a los videos de Youtube para distraerme, reírme un poco, pues sé que en esos momentos la lectura me obligará a tomar la decisión de tomar decisiones, de ser consciente y de no huir y a veces huir es tan tentador cuando observas que todo a tu alrededor parece ir mal todo el tiempo.

Entonces así como había escuchado de la fórmula “Pan y Circo” hace algún tiempo, también escuché sobre “La cultura del miedo”. Me la imaginaba, tenía mis ideas sobre ella. Funciona bien, en realidad: el miedo exacerbado nos mueve a ocultar lo mejor de nosotros. Ejemplos existen por todos lados y recordé eso que le dice el agente Tommy Lee Jones al agente Will Smith en “Men in Black”, eso de que el individuo es listo, pero la masa es tonta y cobarde. También pensé en un cómic que leí, “Maus”, en donde el miedo muchas veces se conduce como traición hacia la población de los ratones – judíos: el miedo a ser solidario, porque si lo eres significa que estás de parte de quien ayudas, lo que también puede decir que te contagiaron un virus, etc. Tal vez no soy tan claro en esta parte, pero creo que lo seré más cuando hable del que para mí es uno de los mejores episodios de serie alguna: “The Monsters are due on Mapple Street”. Para los que han visto “La dimensión desconocida” – debo confesar que todavía no veo todos los capítulos –, este capítulo es parada obligatoria, además de ser uno de los mejor logrados. Que en un pueblo en donde todos se conocen – por lo mismo uno creería que se formaron ciertos lazos –, la paranoia, el miedo y la violencia se desarrollen tan rápido no solo es significativo, también nos dice mucho de nosotros mismos. Todo comienza porque en esta calle se va la energía de toda clase. Las luces no prenden, los televisores tampoco, incluso los autos han dejado de funcionar. Pero será un niño, Tommy, el que les diga a todos los vecinos que lo que sucede está siendo orquestado por extraterrestres; es más, ellos primero mandan algunos a preparar la invasión por delante, así que es mejor no huir. Al principio, como sería lo natural, las palabras del muchacho caen en el descrédito, pero con rapidez ante la falta de energía y la sensación de indefensión – después de todo el ser humano no es nada sin sus máquinas – la paranoia va en aumento. La calle Mapple se convertirá, poco a poco, en el escenario de la histeria y la persecución generalizada.

Si revisan la definición de Cultura del miedo en la Wikipedia en inglés, verán una cita de uno de los líderes nazis, Hermann Goring, en la que repara en la paradoja del deseo de la gente. Parafraseando, la gente quiere paz, pero los líderes pueden manipular a las personas a su interés: lo único que debe hacerse es plantear la idea de que están siendo atacados y denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y exposición del país al peligro. Goring incluso añade que esto funciona en todos los países. Arrogante o no, se puede aplicar su idea en muchos casos actuales: ¿Chelsea Manning hizo lo correcto al contactar a Wikileaks? ¿Qué hay de Edward Snowden? ¿Es un héroe o un traidor? Regresando al capítulo en cuestión, Steve, la voz de la razón, intenta que la situación no se convierta en lo que parece querer convertirse, una “caza de brujas”, en la que el miedo nubla la razón: cualquiera puede ser culpable, y debo acusar antes de que se me acuse. De manera acelerada, pero muy bien ejecutada, la acción se intensifica cuando uno de los vecinos más miedoso – y por lo mismo el que habla más alto y señala primero –, Charlie, le dispara a otro de los vecinos, que regresaba en la oscuridad de averiguar si el apagón se había extendido más allá de su calle. Ahora Charlie es el perseguido, pero la pelota rueda hacia Tommy, después hacia Steve y, como el juego de matagente, la comunidad se lanza la pelota sin pensarlo, mientras la cámara se aleja y solo se escuchan los característicos ruidos de vidrios rotos, armas disparadas y gritos. Por supuesto, el apagón no es una falla técnica: ha sido armado por extraterrestres. Estos, satisfechos, intercambian comentarios sobre cómo generar caos es lo que los ayudará a conquistar el planeta, región por región, sin usar ellos su armamento. Las palabras con las que cierra Rod Serling nos dicen mucho sobre el filo de los prejuicios y el miedo, final más que adecuado para un capítulo que me parece pasado directo de tantas ideas actuales y desgraciado profeta olvidado de muchas situaciones que vemos hoy.

Epílogo del episodio de The Twilight Zone

Como ya escribí en otro post, me encantan las situaciones intertextuales. Claro, no todo puede ser considerado una intertextualidad directa, pero de hecho heredamos ideas aunque no estemos enterados de las mismas. Acabo de recordar “The mist”, mientras escribía este post, por ejemplo. ¿Vio Stephen King “La dimensión desconocida”? Ni idea, pero por edad podría creer que sí. Puedo, es verdad, pensar que como Michael Moore es estadounidense, como también lo es la serie discutida párrafos arriba, de hecho Moore debió verla. Ahora, no significa eso que asegure que de ahí sacó la idea para su documental. La conexión para esta nota la estoy haciendo yo y la estoy haciendo porque, por mucho que nos moleste, lo que sucede en Estados Unidos afecta al resto del mundo en mayor o menor grado. Aunque Michael Moore ya tiene su tiempo como documentalista y yo vi uno de los suyos hace algunos años, no había escuchado sobre “Bowling for Columbine” sino hasta hace unos meses. Siento incluso un poco de vergüenza, porque en un momento de mi vida me puse a leer mucho sobre lo que sucedió en Columbine y fue, como no, a raíz de una película, en este caso “Elephant”, de Gus Van Sant. Gracioso, porque la película es de un año después que el documental. En fin, que me puse a averiguar qué había sucedido, vi un documental sobre Eric Harris y Dylan Klebold y llegué a la conclusión de que los muchachos tenían muchos problemas, pero que habían sido orillados a una situación de desesperación tan aguda que lo único que atinaron a hacer es responder con violencia. He visto situaciones de abuso escolar muy fuertes, pero parece que en el país en donde todo el mundo es atlético y al mismo tiempo la dieta y clásico es la hamburguesa, el abuso escolar es mucho mucho peor. El problema es la indiferencia ante el abuso y esa adoración al más fuerte que se vive en las escuelas estadounidenses, pensaba, y lo pensé más todavía cuando vi el documental de Terry Zwigoff, “Crumb”, en donde el caricaturista habla de su hermano mayor y cómo fue maltratado delante de mucha gente en la escuela. Creo que todos soñamos, en algún momento, ese instante en el que la araña radioactiva nos ayudará a librarnos del matón de turno, pero lo único que hace una araña si te pica es, fuera de comportarse como otra matona, dejarte una roncha, en el mejor de los casos. Está de más decir que no pienso ni por un segundo que lo que hicieron mi tocayo y Dylan fuera lo correcto: entender no es lo mismo que aprobar. Dicho esto, cuando comencé a ver el documental de Moore lo hice pensando que vería algo nuevo sobre Eric y Dylan, a quienes, a diferencia de la mayoría de gente, supongo, les tenía mucha lástima.

Lo que no esperaba es encontrarme con un documental muy bien hecho sobre la cultura de armas en Estados Unidos y, sobre todo, la cultura del miedo. Al principio pensé, “Oh, un documental sobre cómo estos gringos defienden a capa y espada el hecho de tener armas”, pero cuando llegó a la parte de Canadá supe que estaba viendo algo más. Ya no era solo la condena a la NRA (Asociación Nacional del Rifle) y a su líder, Charlton Heston, a quien no podía reconciliar con el filosófico Taylor de “El Planeta de los simios”; se había convertido en el análisis de la cultura estadounidense, en la que el miedo y el consumismo – palabras muy bien empleadas de Marilyn Manson – eran el combustible y la cadena de todos sus habitantes. Canadá tiene un número parecido de armas con ellos, son un país que disfruta de la caza como deporte – aquí no discutiré eso, aunque diré que, bueno, qué idiotez – y, contrario a lo que se esperaría, su tasa de homicidios es prácticamente nula. ¿Qué sucedía en Canadá? ¿Era que sus pobladores se habían vuelto Hare Krishna? ¿Era que, como dijo una muchacha en Estados Unidos, la mayor población era blanca en Canadá y eso los purificaba de conflicto? No, porque como lo señaló Moore, existe una importante parte de la población de otros colores. ¿Cuál era la respuesta? Lo primero que nos hace observar Moore es lo siguiente: los canadienses no son expuestos diaria y sistemáticamente a la cultura del miedo. Sus noticias no eran sobre persecuciones, asesinatos y robos; incluso llegaban tan lejos para no cerrar con cerrojo sus puertas. Moore se aseguró de ir a algunas casas y comprobar lo de las cerraduras y sí, no estaban cerradas. Los pobladores hablaron con él, Moore se disculpó por la invasión y siempre fueron amables. ¿Qué? Pero, ¿y si me roban? Nada, esos canadienses son unos hippies, unos irresponsables, no puedes ir por la vida siendo tan cándido. Entre las mejores respuestas a este tipo de preguntas – que no se dieron, obviamente –, estuvo la de tres muchachos canadienses que entendían la política de Estados Unidos como una de ataque y agresión, mientras la canadiense se fundaba en la idea de que existen derechos básicos que no pueden ser alienados; la de un hombre que respondía ante el cuestionamiento de cerrar la puerta en las noches: mientras los estadounidenses pueden verlo como asegurar que nadie entre a invadir tu casa, ellos lo consideran como encerrarse uno dentro; y, al final, la del alcalde de Sarnia, en Canadá, que asegura que nadie gana a menos que todos ganen y señala la diferencia entre un sistema que golpea a los más desprotegidos, mientras que les da beneficios a quienes no lo necesitan. Recordé, en aquel momento, los sorteos que hacen algunos bancos: sortean departamentos y miles de dólares, pero entre usuarios de cuentas Premium; es decir, lo hacen entre quienes ya tienen miles de dólares y propiedades. El dinero, a fin de cuentas, debe fluir solo entre algunas personas, es obvio.

Canadá, En Bowling for Columbine

Este documental tiene mucho para analizar: el programa “Cops” y los negros que son arrestados todo el tiempo, aumentando el miedo de la población blanca hacia la población negra; la relación “sutil” entre la histeria por las abejas asesinas africanas, agresivas e indóciles, y las más gentiles abejas europeas; las provocaciones de Heston ante las muertes por armas de fuego y su discursito de la libertad, que contrasta con la huida ante las preguntas incómodas de Moore; la indiferencia de personajes como Dick Clark ante las desgracias de la gente pobre que trabaja para su grupo. Me he dedicado más a la cultura del miedo porque es el tema que escogí hoy y porque es un tópico que se ha ido agudizando, saturándonos de tal modo que estamos hartos. Y esto se puede observar en el tercer material que escogí, el video de los muchachos de WHYMAPS ante el cambio climático. No voy a tocar el tema del C.C aquí, aunque sí he de decir que no solo estoy convencido de que nuestro planeta enfrenta una crisis climática, además pienso que quien dice lo contrario o es idiota o está encubriendo intereses. Manifestada así mi opinión, el video nos dice algo más: la gente no quiere saber sobre el cambio climático o no quiere creer que existe. ¿Por qué? ¿Qué clase de persona debes ser para no querer darte cuenta que tu planeta está en peligro e indignarte por esa misma razón? En realidad, la respuesta no es una simple. La pregunta que hice al principio, no sé si la recuerdan, pero era acerca de cómo vemos las noticias. Estamos saturados, hartos, y eso nos ha hecho inmunes a la sensación de peligro. Empeora incluso, y me duela admitirlo, por el tipo de libros y películas que salen hoy en día. Estos están inscritos en el popular género distópico. Sí, ahora debo hablar de la distopía.

Como amante de la distopía, que llegó a mi vida de la mano de Aldous Huxley y su conocido “Un mundo feliz”, me duele que sea este género el que, sin quererlo, ha contribuido a una visión romántica de nuestro futuro adverso. Leemos “1984”, y sacamos “El gran hermano” como programa de TV; Philip K. Dick – con quien tengo una deuda pendiente – nos trajo obras que fueron adaptadas en la pantalla grande, y observamos con ansia el retorno de Harrison Ford, mientras mejoramos las posibilidades de acompañantes virtuales como Alexa, que además dirijan nuestras vidas. El problema de la distopía, presentado de manera elocuente en el video citado, es el siguiente: la distopía plantea un mundo con problemas que pueden ser, a la larga, vencidos – en algunos casos, no en todos –, pero no te dicen qué resultará del mundo una vez aplicada la solución. Si vemos “Los juegos del hambre” – la película –, el mundo se libra de estos juegos, Katniss de un flechazo mata a Julianne Moore y listo. ¿Pero y después? ¿Cómo las naciones pueden reconciliarse? ¿De qué forma evitar que vuelva a suceder? Nos hemos vuelto expertos en describir la lucha contra un sistema injusto, incluso nuestra sofisticada imaginación puede crear nuevos sistemas crueles y alienantes que tienen algo de profético, pero fallamos en ir más allá del “felices para siempre”, si es que nos decidimos a plantearlo. Es así que las continuas advertencias de un mundo jodido nos hacen subestimar, cuando no romantizar, el peligro. Vemos advertencias en el arte, pero no proyectos de mejora. El video termina hablando sobre la popular película de Kubrick, “2001: Odisea en el espacio”: el director les dio libertad a los diseñadores de la Nasa que ayudarían con el proyecto y les dijo que hicieran lo que quisieran que sucediera. Si bien “2001…” no es una utopía en el sentido estricto, plantea avances tecnológicos que pueden tomarse como adelantos de una humanidad más reconciliada o menos temerosa. Tomás Moro, en “Utopía”, plantea un mundo diferente, en cierto modo es un escritor de ciencia ficción, y eso es a lo que creo que deberíamos aspirar. No me refiero a modelar mundos perfectos sin problemas, sino a plantear problemas que solucionamos brindando una propuesta nueva, fresca, más allá de la victoria sobre el sistema opresor. El arte puede hacer eso, tengo la esperanza de que puede ir más allá del auto volando al final de la escena de “Grease”.

Video de WhyMaps sobre el cambio climático

Pepe Mujica, en una entrevista, dice algo sobre que los mejores líderes son los que dejan buenas bases para que su política continúe. En el arte, yo diría que un buen artista es aquel que no solo detecta nuevos problemas, sino que puede, aunque sea parcialmente, proponer una manera de solucionarlos. Hasta la próxima.

 

Anuncios