La segunda novela publicada por Martía Esther de Miguel, escritora argentina fallecida en 2003, Calamares en su tinta (1970), conjuga dos historias que recorren cierta parte de la historia durante el siglo XX (la europea —el nazismo— y la de Argentina, relacionada de alguna manera con éste y más genéricamente con el itinerario golpista de ese país), en donde la mujer como personaje principal se conoce y se reconoce como única y auténtica en el amor que ha tenido con los distintos hombres que han pasado por su vida. A pesar que la escritora, luego de Jaque a Paysandú (1987), que narra el asedio que se hizo a esa ciudad y la heroica resistencia, liderada por el coronel Leandro Gómez, se decantó por la novela histórica, aquí hay dos relatos que se unen, pero donde cada uno tiene su tiempo histórico particular, y este tiempo es una especie de plataforma para la puesta en escena de lo que ha sido la vida entera de una mujer.

CALAMARES EN SU TINTA

La novela entonces trata de las relaciones amorosas de Marcela, de dónde vienen y a dónde van y sobre lo que le pasa a ella. Desde su origen sin problemas económicos y su toma de conciencia social, hasta el conocimiento del amor y el compromiso. A veces no queda bien claro de quién se está hablando, hay alguna confusión al respecto (pienso que es hecho a propósito, para que algunas cosas, que son comunes a más de un personaje, puedan ser atribuidas a cualquiera de ellos). Su escritura, un poco enrevesada, intercala textos más breves con un estilo seudo epistolar —o epistolar mínimo, como si fueran pequeñas viñetas—, lo que la muestra como una escritura íntima, que revela cosas que no suelen decirse. En ese sentido es una confesión de debilidades y, por oposición, saldrán algunas fortalezas y decisiones impostergables.

Sucederá el amor, como si fuera un vendaval. Un amor prohibido: “una marea que sube, una leve bujía que se enciende en medio de la noche, disuelve las tinieblas…” (pág. 75). Y debemos tener presente que “los ojos no quieren otra cosa que detenerse en la placidez de un rostro, presentido alguna vez; pero el pudor tiene facetas extrañas, obliga a ocultar lo que se siente, pone falsas vestiduras y hace decir sólo aquello que mandan convenciones y estilo social, planeando vagamente por encima de todo lo verdadero que se quisiera expresar, mientras en el fondo del hombre empieza a escucharse la conmoción de una ternura que borra años de silencio y de dolor y soledad” (pág. 75).

Y también, luego del inevitable encuentro amoroso, él se preguntará —y nosotros con él—: “cómo puede amarse a una mujer y después dejar de amarla”. Y entonces nos veremos tentados a explicar y explicarnos. Todo puede ser, todo puede pasar entre el deseo y tal vez el amor. Porque mientras “Márquez se siente desmantelado”, y para siempre, para la que era ella el haber dormido “con la sonrisa de la muchacha iluminando el amanecer”, como una imagen beatífica realizada que permanecerá hasta el último desvelo. Y aún más.

La autora nos muestra, en esta parte de la novela, desde su condición femenina, a dos mujeres unidas por el mismo hombre —porque el hombre es casado—, en dos papeles distintos. Y a una de ellas la moverá el odio, irracional; a la otra, el amor, pero también una especie de compasión por la “erosión en la voluntad del hombre”, el profesor Márquez, para quien su desencanto social ha desembocado en la laboral y ahora en lo personal. La otra mujer (vista desde el hombre): “Beatriz, Beatriz, ordenando las formas de un amor inexistente”, o “intentando sostener una estructura deshecha”. Y un vago sentimiento de culpa, vago porque no se expresa con claridad, pero que lo mantiene apagado, ausente.

El conflicto queda planteado entre el odio de su mujer (y los hijos que “conmueven, aprisionan, cuando dicen “papá” ”), y el amor de la amante que, lúcida, no puede escapar a la realidad, la estudia y la enfrenta. Aunque tenga que tomar sus propias decisiones, vitales, necesarias.

Descubierta la infelicidad por una de esas mujeres que están pegadas al visillo entreabierto de la persiana, Esther de Miguel se larga a contarnos, en página y media, la historia entera de esa mujer, reafirmando su papel vitalicio de vigilante. La caracterización de la mujer, con sus dos hijas (que van por el mismo camino, al menos una de ellas), al que el marido abandonó, por la síntesis lograda merece especial destaque. Y pone una nota costumbrista en el relato.

Tras haberse desparramado la noticia sobre la infidelidad, la intachable moralidad occidental y cristiana, y de ciudad-pueblo (con esos aires conservadores y mojigatos), a ella no le quedará más remedio que irse, irse de todo lo que significó su vida hasta el momento, hasta que Márquez, años después, liberado por la locura de su mujer, que ha sido internada, tras su muerte intenta volver, recuperar ese amor de pueblo chico y de infierno grande (San Miguel). Pero el tiempo pasado ha terminado con todo vestigio. Cuando algo se rompe en el amor, y aquí fue la decisión del hombre, con su distanciamiento (provocado en parte por su mujer y el influjo de los hijos), es difícil, sino imposible, volver a establecer un equilibrio en la situación, o volver atrás al tiempo anterior.

Pero después el tiempo restaura las heridas, y cuando uno es joven todo pasa más rápido. Es allí, en la ciudad a donde va, cuando conoce a otro hombre, Martín Branski, sobreviviente de un campo de concentración, con toda su familia muerta. “Un pájaro en llamas cava en mi vientre el pasado”, dice o piensa ella. Y él: “tu cuerpo es un brocal por donde he visto el cielo”. Y ese amor, distinto al primero, parece ir hacia el pasado, imperceptiblemente, o, en todo caso, parece negar el futuro.

Y si bien cuando se es joven las cosas duelen menos, o uno se recupera más rápido, debemos saber que más tarde “en vano es decirse que los años amortiguan los dolores; pasan, por cierto, pero tras su espeso vendaje las heridas siguen sin cicatrizar, el descanso no llega” (pág. 88), aunque la muerte sí, para algunos. Esto es así por el tipo de experiencia que ha tenido quien sufre. Y en el caso de Branski el dolor es muy grande.

“La memoria (porque es de la memoria y los mecanismos de la memoria de lo que habla la novela, y de la justicia necesaria para honrarla)… la memoria está preñada de tantos recuerdos, otros lugares y tiempos regresan, se abren en la evocación como un abanico y uno se ve, pálido, con las grandes ojeras cavadas por repetidas vigilias” (pág. 123). Es que el dolor ha venido del horror visto y padecido, y sus imágenes se vuelven casi imposibles de borrar.

Es por ello que hará falta algo, y la novela entonces nos habla sobre la justicia, sobre la necesidad de que la justicia se abra paso allí donde debe estar, justamente para evitar la barbarie. Es por eso que Branski va a testificar contra su ex carcelero, Hans, antes que prescriba el delito de crímenes de guerra. Lo hace desde el convencimiento íntimo, pero cuando llega al lugar y ve al sujeto, con quien se había liado a golpes de puño cuando muchacho, algo distinto se revuelve en su interior: “vio que era un hombre muerto, pura cáscara vacía…”. Entonces toda su sed de justicia queda ahíta, y como si no hubiera habido nada más que hacer, desde algún rincón remoto surge un perdón no previsto. Porque, de forma irreversible, “sólo existe el tiempo que tenemos entre las manos”; lo demás es aire.

Por supuesto que por cumplir con su conciencia perderá todo lo que había llegado a construir, incluso Marcela saldrá de su vida y desaparecerá de las nuestras, pero hay requerimientos que si no se cumplen no podrán traer la paz y la tranquilidad. Para estar, en definitiva, más allá del bien y del mal.

Quizá ahora empiece el olvido a hacerse real.

(Calamares en su tinta, María Esther de Miguel, Editorial Losada, 1968, Buenos Aires, 141 páginas)


 

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